• 14
  • Nov
  • 2016

El conocido economista norteamericano Joseph Stiglitz, escribió un artículo en la web Project Syndicate en la que analiza el contexto que enfrenta el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, planteando la interesante idea de que se presenta como el encargado de cerrar el círculo político-económico abierto por Reagan a comienzos de los 80, pero al mismo tiempo debe confrontar con una premisa de hierro: la Historia no vuelve para atrás.

Lo que la economía de Estados Unidos necesita de Trump

Por Joseph Stiglitz

trump sLa asombrosa victoria de Donald Trump en la elección presidencial de Estados Unidos ha dejado una cosa en claro: demasiados estadounidenses, particularmente varones blancos americanos, se sienten abandonados. No es sólo un sentimiento; muchos estadounidenses realmente han quedado atrás. Se puede observar en los datos con la misma claridad que en su ira. Y, como he sostenido en repetidas ocasiones, un sistema económico que no “entregue” beneficios para grandes sectores de la población es un sistema económico fallido. Entonces, ¿qué debe el presidente electo Trump hacer al respecto?

Durante el último tercio de siglo, las reglas del sistema económico de Estados Unidos fueron re-escritas de manera que sirvieran a unos pocos en la parte superior de la escala social, mientras se perjudicó a la economía en su conjunto, y en especial al 80% de la parte inferior. La ironía de la victoria de Trump es que fue el mismo Partido Republicano, que ahora llega al poder el que impulsó la globalización extrema y sin tomar en cuenta los marcos políticos que podrían haber mitigado el trauma asociado a ella. Sin embargo, la historia importa: China e India están ahora integrados en la economía mundial. Además, la tecnología ha avanzado tan rápido que el número de puestos de trabajo a nivel mundial en la fabricación está en declive.

chinaLa realidad es que no hay manera de que Trump puede aportar un número significativo de puestos de trabajo industriales bien remunerados de regreso a los EEUU. Se pueden traer de vuelta las fábricas, incluso la fabricación avanzada, pero habrá pocos puestos de trabajo. Él puede traer nuevamente trabajos, pero serán puestos de trabajo con salarios bajos, no los empleos bien remunerados de la década de 1950.

Si Trump es serio en su postura por luchar contra la desigualdad, debe reescribir las reglas una vez más, de manera que sirvan para toda la sociedad y no sólo para las personas como él.

El primer punto del orden del día es impulsar la inversión, restaurando así el robusto crecimiento a largo plazo. En concreto, Trump debería hacer hincapié en el gasto en infraestructura e investigación. Sorprendentemente para un país cuyo éxito económico se basa en la innovación tecnológica, la participación en el PBI de la inversión en investigación básica es menor de lo que era hace medio siglo.

Mejorar la infraestructura mejoraría el regreso de la inversión privada, que se ha ido deteniendo. Asegurar un mayor acceso financiero a las pequeñas y medianas empresas, incluidas las encabezadas por mujeres, también estimularía la inversión privada. Por otra parte un impuesto sobre el carbono proporcionaría una trifecta de bienestar: un mayor crecimiento ya que las empresas deberían modificar sus plantas para abandonar los mayores costes de las emisiones de dióxido de carbono; un medio ambiente más limpio; y los ingresos del impuesto con los que se podrían financiar la infraestructura y los esfuerzos directos para reducir brecha económica de Estados Unidos. Sin embargo, dada la posición de Trump que niega la existencia del cambio climático, es poco probable que tome ventaja de este accionar (que también podría significar que el mundo comience a imponer aranceles contra los productos estadounidenses hechos en forma que violan las reglas globales sobre el cambio climático).

wallTambién es necesario un enfoque integral para mejorar la distribución del ingreso en Estados Unidos, que es uno de los peores entre las economías avanzadas. Trump ha prometido aumentar el salario mínimo pero esto es poco probable sin llevar a cabo otros cambios críticos, como el fortalecimiento de los derechos de negociación colectiva y el poder de negociación de los trabajadores, al mismo tiempo que una restricción sobre los ingresos de los CEOs y un control a la financierización de la economía.

La reforma regulatoria debe ir más allá de la limitación de los daños que el sector financiero puede provocar y garantizar que el sector sirva realmente la sociedad.

En abril, el Consejo de Asesores Económicos del presidente Barack Obama dio a conocer una muestra del aumento de la concentración del mercado en muchos rubros. Eso significa menos competencia y precios más altos, camino seguro para la reducción de ingresos reales y una reducción directa de los salarios. Los EEUU tiene que hacer frente a estas concentraciones de poder en manos del mercado, incluyendo a las más recientes manifestaciones de la llamada economía colaborativa.

Existe un sistema fiscal regresivo en Estados Unidos, ayudando a que los ricos, y nadie más, se enriquezcan aún más, y debe ser reformado. Un objetivo obvio debe ser eliminar el tratamiento especial a las ganancias de capital y los dividendos. Otra es la de asegurar que las empresas paguen impuesto, tal vez mediante la reducción de la tasa de impuestos corporativos para las empresas que invierten y crean puestos de trabajo en los Estados Unidos, y el aumento de la pena para aquellos que no lo hacen. Sin embargo las promesas de Trump están destinadas a no beneficiar a los estadounidenses comunes; como de costumbre con los republicanos, los cambios fiscales tienden a beneficiar en gran medida a los ricos.

Trump probablemente tampoco está a la altura de la necesidad de mejorar la igualdad de oportunidades. Garantizar la educación preescolar para todos y una mayor inversión en las escuelas públicas es esencial si los EEUU quieren evitar convertirse en un país neo-feudal, repercutiendo en las ventajas y desventajas que se transmiten de una generación a la siguiente. Pero Trump ha mantenido silencio sobre este tema.

La restauración de la prosperidad para todos requeriría políticas que amplíen el acceso a una vivienda asequible y a la atención médica, una jubilación segura con un mínimo de dignidad, y que permitan a todos los estadounidenses, independientemente de su riqueza, proporcionar una educación post-secundaria acorde con sus capacidades e intereses. Sin embargo, aunque se puede ver en Trump, un magnate de bienes raíces, el apoyo a un programa de vivienda masiva (cuyos mayores beneficios irán al sector de los desarrolladores inmobiliarios como él mismo), la derogación que ha prometido de la Ley de Asistencia Asequible  (Obamacare) dejaría a millones de estadounidenses sin seguro de salud, aunque luego de la elección sugirió que se moverá con cautela en esta área.

econLos problemas planteados por los descontentos estadounidenses, como resultado de décadas de abandono, no serán resueltos rápidamente ni mediante herramientas convencionales. Una estrategia eficaz tendrá que considerar soluciones menos convencionales, cosa poco probable teniendo en cuenta los intereses corporativos republicanos. Por ejemplo, los individuos pueden ser autorizados a aumentar la seguridad de su jubilación poniendo más dinero en sus cuentas de la Seguridad Social, con los correspondientes aumentos en las prestaciones. Y las políticas integrales para la familia y la salud ayudarían a los estadounidenses a lograr un equilibrio trabajo/vida menos estresante.

Del mismo modo, sería deseable una opción pública para la financiación de la vivienda que permita a cualquier persona que ha pagado impuestos con regularidad generar  una hipoteca de pago inicial del 20%, en consonancia con su capacidad de pagar el crédito, a una tasa de interés ligeramente superior a aquella en que el gobierno puede pedir prestado para su propia deuda, canalizando los pagos a través de la declaración de impuestos a las ganancias.

Mucho ha cambiado desde que el presidente Ronald Reagan comenzó el vaciamiento de la clase media y aumentó sesgadamente los beneficios del crecimiento a los de arriba. Pero desde el rol de la mujer en la fuerza de trabajo al aumento de la actividad de Internet y el crecimiento de la diversidad cultural, los Estados Unidos del siglo XXI son fundamentalmente diferentes a los Estados Unidos de los años 1980.

Si Trump realmente quiere ayudar a aquellos que se han quedado atrás, tiene que ir más allá de las batallas ideológicas del pasado. La agenda que acabo de describir no es sólo acerca de la economía: se trata de alimentar una sociedad dinámica, abierta, y justa que cumpla la promesa de sostener los valores más preciados de los estadounidenses. Pero si bien esto es, en cierto modo, algo coherente con las promesas de campaña de Trump, de muchas otras maneras, es la antítesis de ellos.

Mi muy nublada bola de cristal muestra una reescritura de las reglas, pero no para corregir los graves errores de la revolución de Reagan, un hito en el sórdido viaje que dejó a tantos atrás. Por el contrario, las nuevas normas pueden empeorar la situación, sin incluir a más personas en el sueño americano.

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  • 1
  • Nov
  • 2016

En Estados Unidos la cadena de cafeterías Starbucks acaba de sorprender a sus clientes sacando un vaso de color verde en lugar del tradicional,  esperado para estas fechas, vaso rojo navideño.

Ante la sorpresa generalizada, y no poco enojo de los clientes, el CEO de Starbucks declaró: “Durante un momento de división en nuestro país, Starbucks quería crear un símbolo de unidad como un recordatorio de nuestros valores compartidos, y la necesidad de ser buenos unos con otros.”

En Estados Unidos hasta la profunda grieta social y política que divide a su sociedad sirve para ganar dinero.

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  • 8
  • Oct
  • 2016

El Caso Trump ocupa hoy gran parte de los análisis políticos internacionales, y la mayoría de esos análisis increíblemente están mirando un escenario que ya no es.

trabajoLa presencia de Trump con posibilidades de acceder a la presidencia de Estados Unidos se malinterpreta como una disputa entre un lado luminoso y un lado oscuro de aquel país, como si los misóginos, xenófobos y racistas solamente estuvieron de un solo lado de la boleta electoral.

Analizar el Caso Trump con los viejos anteojos del bipartidismo norteamericano es no observar el cambio de paradigma de los últimos 30 años, del que Estados Unidos no ha quedado excluido. El paradigma de la dualización social, de un sistema que alimenta desigualdades pornográficas, que divide, separa, expulsa y margina a gran parte de la población. En el caso de los Estados Unidos la sierra que dividió el país ha sido la de la desindustrialización producto de la deslocalización y externalización de la economía y el viraje hacia una economía de servicios con empleo intensivo de bajos salarios, creando una América A, que se queda con los beneficios del sistema, y una América B, que sufre su degradación producto del mismo sistema.

Me pareció muy interesante la lectura de un artículo publicado en la revista The Nation en el mes de junio que analiza este fenómeno, rompiendo los análisis políticamente correctos habituales y anuncia que Trump no es el problema, sino lo que pueda venir después de Trump si Estados Unidos persiste en querer arrojar a un costado a la América B.

Ofrezco la traducción del artículo.

 

Donald Trump no es el candidato presidencial que debe preocuparnos

El verdadero peligro es el político neofascista, más listo y más capaz, que inevitablemente aparecerá.

Por John Feffer

Para The Nation, 27 de junio 2016

 

Los votantes se comprometieron a tomar venganza en las urnas. Habían perdido esa prosperidad de la que alardea el país. Estaban disgustados con la política liberal de la administración anterior. Eran anti-aborto y pro-religión. Ellos sospechaban de los inmigrantes, intelectuales, y de las intrusas instituciones internacionales. Y tenían muchas ganas de que su nación sea grande otra vez.

jobsHabían perdido una gran cantidad de elecciones. Pero esta vez, ganaron.

Hablo de Polonia.

En dos elecciones del año pasado, el partido conservador Ley y Justicia (PiS) ganó la presidencia polaca y, a continuación, por un margen más convincente aún obtuvo mayoría parlamentaria.

Y esto no fue solo una victoria para PiS, fue también una victoria para Polonia B.

Desde su transición poscomunista Polonia es a menudo descripta como dividida en dos partes, conocidas comúnmente como “Polonia A” y “Polonia B.” Polonia A une un archipiélago de ciudades y sus habitantes más jóvenes y más ricos. Polonia B abarca las zonas más pobres y de mayor edad de la población, muchos agrupados en el campo, sobre todo en el extremo este del país, cerca de la antigua frontera soviética.

Después de 1989, cuando se pusieron en práctica una serie de reformas económicas de ajuste, Polonia A despegó económicamente. Para el año 2010, Varsovia, la capital, se había convertido en uno de los lugares más caros para vivir en Europa, superando incluso a Bruselas y Berlín. Los nuevos empresarios y directivos de las empresas se aprovecharon de una gran cantidad de oportunidades económicas, sobre todo después de que Polonia se unió a la Unión Europea en 2004.

En el interior, por el contrario, Polonia B retrocedió más y más. Fábricas cerradas y muchas granjas que no podían seguir adelante. Los empleos desaparecieron y varios millones de polacos emigraron al extranjero en busca de mejores oportunidades económicas. En otras palabras, los buenos tiempos campeaban en Polonia A, mientras languidecía Polonia B.

Hasta las elecciones de 2015, los liberales de Polonia dominaron la vida política, económica, y cultural. A pesar de que pueden no ser exactamente “liberales” en el sentido norteamericano del término, donde los liberales son los que apoyan programas de ayuda social del gobierno, por lo general son menos religiosos, son más tolerante de las diferencias, y más abiertos al mundo que sus homólogos conservadores. Los liberales polacos se han enfrentado a los habitantes de Polonia B sobre temas tales como el papel de la Iglesia católica en la vida pública, el número de inmigrantes que el país debería permitir, y lo cerca que Polonia debiera estar de la Unión Europea.

3633be0Se pude encontrar el equivalente de Polonia A y B también en otros países de Europa del Este. Las capitales de la región como Praga, Bratislava o Budapest, disfrutan de un PBI per cápita muy por encima de la media europea, mientras que las zonas rurales sufren. Las poblaciones B, sin embargo, no han aceptado su rol de ciudadanos de segunda clase en voz baja. A lo largo de la región se han levantado para votar por los populismos, a menudo rabiosos, de los partidos de derecha como Fidesz y Jobbik en Hungría y GERB y Ataka en Bulgaria que manifiestan su indignación y juran que van a hacer a sus países más grandes. Estos partidos son consistentemente anti-liberales en el sentido europeo, oponiéndose tanto a un mercado no regulado como a las sociedades tolerantes y abiertas.

Incluso en los países centrales de Europa occidental, se puede ver una Europa B con tendencia a seguir a nacionalistas, partidos anti-inmigrantes como el Frente Nacional en Francia, el Partido por la Independencia del Reino Unido de Gran Bretaña, el Partido Demócrata de Suecia, y el Partido de la Libertad de Austria (cuyo líder acaba de perder la presidencia del país por solo un 0,6 por ciento de los votos). Mientras Europa A intenta mantener el espectáculo de la Unión Europea, Europa B se dirige hacia las salidas, como el caso del Brexit en Inglaterra.

No hay duda de que Estados Unidos ya no es inmune a esta tendencia. Con el auge de una versión agresiva del populismo de derecha estadounidense, Estados Unidos está descubriendo a una línea divisoria que se está volviendo más aguda cada día. Donald Trump ha sido noticia con su charla de construir un muro entre los Estados Unidos y México, pero su campaña ha puesto de manifiesto una división más importante: entre América A y América B.

101761_600En respuesta a la atracción irresistible de la cultura de las celebridades y con exclusión de cualquier otra cosa, los medios estadounidenses se han centrado en la persona de Donald Trump. Mucho más importante, sin embargo, son las personas que lo apoyan.

AMÉRICA B

En el discurso que lo hizo famoso, el de la apertura en la Convención Nacional Demócrata de 2004, Barack Obama desafió “a los expertos para desmenuzar nuestro país”, que tiene adentro una América negra y una blanca, una América liberal y una conservadora, y, la más famosa división, en estados rojos y estados azules según la definición de afiliación al partido Republicano o Demócrata respectivamente. Vivimos, sin embargo, en una América roja, aunque Obama sugiriera que “todos juramos a las barras y estrellas, todos nosotros defendemos a los Estados Unidos de América.”

Ese encendido discurso puso a Obama en el mapa, pero recibiría su castigo. Una vez que llegó a la Casa Blanca los representantes de los estados rojos republicanos lucharían sin cesar contra todas las iniciativas del presidente, tanto en lo que hace a la atención médica como con el acuerdo nuclear de Irán. Como resultado, durante su mandato los Estados Unidos se convirtió en una país más políticamente dividido que antes.

En cierto sentido, sin embargo, la intención del Obama de 2004 fue correcta. La línea divisoria fundamental en los Estados Unidos tenía poco que ver con republicanos contra demócratas, ricos versus pobres, o liberales versus conservadores. Para explotar estas oposiciones convencionales llegaría un populista republicano multimillonario, que había sido un sólido demócrata y ofreciendo un programa político que mezclan ideas liberales y conservadores, teorías conspirativas y animosidad racial, pero por encima de todo exhortando a la América B a levantarse y volver a tomar el país. De hecho, el triunfo de Trump en las primarias republicanas estuvo basado, en parte, en su llamamiento a la antigua clase obrera blanca demócrata y a los independientes, con feroces ataques a la corriente principal republicana, y su burla a la opinión convencional acerca de su escasa  elegibilidad, enviando a los expertos de regreso a sus centros de investigación para averiguar qué demonios estaba pasando con los votantes estadounidenses.

Trump era, concluyeron, sui generis, una mutación particular del sistema político estadounidense generada por el acoplamiento de los reality shows televisivos con el Tea Party. Pero Trump no es, de hecho, un producto de la naturaleza, refleja las tendencias que tienen lugar en todo el mundo. Él es, en gran medida, una expresión de la América B.

untitledHa sido muy difícil caracterizar el espacio Trump aunque es mucho más fácil identificar a las personas que nunca van a votar por él: los latinos enfadados por sus insultos racistas sobre los inmigrantes mexicanos, mujeres indignadas por sus insinuaciones sexuales y misóginas, y prácticamente todo el mundo con estudios avanzados. La suma de estos espacios, en particular las mujeres que constituían el 53 por ciento del electorado en 2012, deberían condenar a la candidatura presidencial de Trump.

Sin embargo, Trump está demostrando ser un placer culposo para muchos votantes, como a quien le atrae ver un programa de televisión sobre un asesino en serie o comer un cuarto kilo de helado de primera calidad que obstruye las arterias. Las ganas de votar por él es algo que algunos estadounidenses nunca admitirían fuera de la privacidad de la cabina de votación. Es el equivalente electoral de un día en el polígono de tiro, una forma de desahogarse políticamente.

Los votantes de Trump tienden a ser su gran mayoría blancos, de mediana edad, hombres de bajos ingresos cuya educación se detuvo en la escuela secundaria. Ellos no son tontos, ni son, como dice Thomas Frank sobre los votantes republicanos de la clase trabajadora en su libro ¿Qué pasa con Kansas?, votantes en contra de sus propios intereses económicos. Trump puede ser un multimillonario, pero se ha montado una política económica que diverge de la plutocracia desnuda del anterior candidato republicano Mitt Romney.

27688591731_7d08b64f66_zSe ha opuesto a los acuerdos comerciales que expulsan empleos de Estados Unidos, ha apoyado impuestos más altos para los “gerentes de fondos financieros”, y declaró su compromiso para salvar la Seguridad Social, el Medicare y el Medicaid. Sí, por supuesto, Trump también ha hecho declaraciones que contradicen directamente estas posiciones o se ha alineado con los políticos que toman las posturas opuestas. Sin embargo, el multimillonario ha construido una imagen de sí mismo como la versión del triunfo de un “ciudadano medio” (con miles de millones en dinero en el bolsillo) que juega bien en los Estados Unidos B. Sea conscientemente o no, él ha tomado nota del libro de Europa B combinando posiciones de los escépticos del libre mercado sin trabas con una gran cantidad de bravatas nacionalistas. Tiene un aire familiar con el fascismo, pero la variante americana está firmemente anclada en el tipo de iniciativa individual tan celebrada en el reality El aprendiz.

Lo que también establece Trump es su compromiso de hacer “América grande otra vez.” Sus oponentes han tratado de argumentar que Estados Unidos ya es grande, ha sido grande, y siempre será grande. Pero la verdad es que para muchos estadounidenses las cosas no han sido tan grandes durante al menos las últimas dos décadas.

Esto, más que las diatribas destempladas de Trump, es lo que en última instancia distingue América A de la América B. En un momento en que la economía estadounidense está creciendo a un ritmo respetable y la tasa de desempleo está por debajo del 5 por ciento por primera vez desde 2008, América B no se ha beneficiado de la prosperidad. Ha sufrido en lugar de beneficiarse de  la gran transformación que el país ha atravesado desde 1989, y aún peor, se vio particularmente afectada por la crisis económica de 2007-08.

Después de todo, no fue solo el antiguo mundo comunista el que experimentó una transición al final del siglo XX.

La transición en EE.UU.

En la década de 1990, Estados Unidos cambió su política económica. No fue tan dramático como los cambios de régimen que tuvieron lugar a través de Europa del Este y la ex Unión Soviética, pero tendrán profundas consecuencias para el reajuste de los patrones de votación en Estados Unidos.

90Durante esa década del 90, la economía de Estados Unidos aceleró su abandono de la producción industrial, y junto a ello la caída de los bien pagados empleos industriales y su traslado al sector de los servicios, sector económico que se volvió dominante en la economía norteamericana. En términos de empleo lo empleos industriales se redujeron de 18 millones en 1990 a 12 millones en 2014, mientras que los salarios industriales se desplomaron también. Durante ese mismo período, el sector ligado a la atención de la salud y la asistencia social creció de 9,1 millones a más de 18 millones de puestos de trabajo. Mientras tanto en el extremo del espectro económico el 1 %, ocupado en los servicios financieros, ganaba sumas estratosféricas. En el otro extremo estaban las personas que tuvieron que añadir turnos en McDonald o Walmart para sus puestos de trabajo a tiempo completo o bien obtener beneficios económicos de su tiempo libre mediante la conducción de Uber, sólo para hacer lo que ellos o sus padres en su momento ganaban con un solo puesto de trabajo en la fábrica local.

América no estaba sola al momento de someterse a este cambio. Gracias a las innovaciones tecnológicas como computadoras y robótica, un mayor acceso a mano de obra barata en lugares como México y China, el auge de Internet, y la desregulación del mundo financiero, la economía mundial se estaba transformando de manera similar. Los obreros dejaron de jugar un rol vital en cualquier economía avanzada.

En los Estados Unidos la imaginación de América A ya no necesita el músculo de América B.

En un momento de su historia, los programas gubernamentales redujeron la brecha entre ganadores y perdedores de la economía a través de los impuestos y los programas de ayuda social. Pero la idea del “gobierno pequeño”, que tenía muy poco que ver con la reducción de tamaño sino con barrer el poder del Estado en la década de 1980, con el primer gobierno del republicano Ronald Reagan, continuado en la idea de “reinventar el gobierno” practicada por el Partido Demócrata en la década de 1990, que terminaría recortando la asistencia a personas de bajos ingresos; terminó generando un realineamiento político (y económico) creando algunas notorias ironías, como el hecho de que Richard Nixon, con sus controles salariales y de precios, y sus políticas ambientales, terminase siendo un presidente mucho más liberal en la década de 1970 que lo que fue el Partido Demócrata en la década de 1990 con Bill Clinton.

Debido a esta realineación, todo un grupo de estadounidenses ya no pudo contar con el apoyo ni del Partido Republicano ni del Partido Demócrata. Ellos perdieron buenos puestos de trabajo durante la expansión económica de los años de Clinton, y no se beneficiaron significativamente de los recortes de impuestos de la era de George W. Bush. En cambio, durante los años de Obama, los encontramos trabajando más horas y llevándose a casa menos dinero. Mientras tanto, estaba surgiendo un nuevo consenso liberal-conservador. Tanto los liberales yuppies como el 1% conservador, en desacuerdo sobre muchos asuntos políticos y culturales, terminaron acordando abandonar a la América B.

Desplazada en lo económico y sintiéndose traicionada por los políticos de ambos partidos, la América B podría haberse movido hacia la izquierda si los Estados Unidos tuviesen una fuerte tradición socialista. En la campaña de las primarias de 2016, muchos de económicamente ansiosos, apoyaron a Bernie Sanders, en particular los descendientes más jóvenes de América A temerosos de ser deportados a la América B. A diferencia de Europa B, sin embargo, la América B ha tenido siempre una tendencia mayor al individualismo que a la solidaridad de clase. Sus habitantes prefieren comprar un billete de lotería y orar por un gran premio que confiar en la ayuda de Washington ( como Medicare o la Seguridad Social). Donald Trump, políticamente hablando, es su boleto de lotería.

Por encima de todo, los habitantes de América B están molestos. Están disgustados con la política de siempre en Washington y con la élite política hipócrita y santurrona. Están indignados por cómo los ricos se separaron de manera efectiva de la sociedad americana aislándose en sus barrios privados y mandando su dinero al extranjero. Y han centrado su resentimiento sobre aquellos que ven como ocupantes de su trabajo: inmigrantes, negros, mujeres. Están tan desesperados por alguien que “diga las cosas como son” que van a mirar hacia otro lado cuando se trata de los vínculos de Donald Trump con la élite que tanto hizo para ensanchar la brecha entre las dos Américas.

Dejando atrás

hitA medida que avanza el tiempo el Partido Demócrata se desprende de las luchas de la primaria, tratando de destacar tanto la importancia de la unidad como  la urgencia de las próximas elecciones. De hecho, los expertos están llamando 2016 “tal vez el más importante voto presidencial en nuestra vida” (Bill O’Reilly) y “uno de los momentos más cruciales de nuestro tiempo” (Sean Wilentz).

Pero si Polonia es una referencia, las elecciones presidenciales de este año no será la elección crítica. A pesar de que Donald Trump puede hablar en nombre de América B, es un candidato débil. Sus negativos son altos, tiene un triste récord en su pasado, y una tendencia a dispararse en los pies y causar innumerables heridas autoinfligidas. Incluso si se las arregla para ganar en noviembre, todavía enfrentará a un partido Republicano dividido, un partido demócrata hostil, y una élite político-económica en Washington y en Wall Street que empujará hacia atrás todas sus propuestas irrealizables y desagradables.

Esa es la situación que el Partido Ley y Justicia (PiS) enfrentó en 2005 en Polonia, cuando por primera vez logró alcanzar el poder. El Parlamento polaco estaba dividido y no fue capaz de implementar la agenda populista del partido. Dos años más tarde, la oposición liberal volvió al poder, donde permaneció durante ocho años más.

Pero cuando PiS ganó nuevamente el año pasado, las condiciones habían cambiado. Finalmente tenía una cómoda mayoría parlamentaria con la que emprender la transformación de Polonia. Por otra parte, estaba en su apogeo la idea de los euroescépticos y la onda anti-inmigrante, que prácticamente habían inundado el continente.

América B tiene una atracción por Donald Trump y su audacia casi infantil. En este momento, sus seguidores van detrás de un individuo, en lugar de una plataforma o un partido. A muchos de sus seguidores no les importa si Trump dice lo que dice. Si pierde, se desvanecerá y no dejar nada atrás, políticamente hablando.

El verdadero cambio vendrá cuando un político más sofisticado, con una máquina política auténtica, se disponga a conquistar a la América B. Tal vez el partido democrático se decida a volver a sus raíces más populistas de mediados de siglo XX. Tal vez el Partido Republicano abandone su compromiso con los programas de ayuda social para el 1%.

Pero lo más probable es que una fuerza política mucho más siniestra salga de las sombras. Y cuando ese nuevo partido neofascista encuentre un candidato presidencial carismático, esa será la elección más importante de nuestras vidas.

Mientras se deja a la América B abandonada de la modernidad, inevitable tratará de retornar al país a una nueva edad de oro imaginaria de un pasado del que todos esos “otros” secuestraron el rojo, blanco y azul de la bandera. Donald Trump ha enganchado su locomotora presidencial al vagón de la América B. Pero sin embargo, la verdadera pesadilla es probable que aparezca en el año 2020 o en fecha posterior, si un político mucho más capaz, que abraza posiciones retrógradas similares, lleva a la América B a Washington.

Entonces no importará demasiado la cantidad de liberales y conservadores que hablen de votantes “estúpidos” y “locos”. Ni tendrán un Donald Trump al que patear. Al final, no van a tener a nadie más a quien culpar que a sí mismos.

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  • 1
  • Oct
  • 2016

En materia de comunicación, redes y política ha aparecido en el ámbito intelectual un nuevo concepto aplicado a la práctica política: la Shitstorm, que traducido literalmente sería “Tormenta de Mierda”, y dicho más académicamente, se trata de una Tormenta de Indignación en un medio de internet. Quien desarrolla con extensión la idea de la Shitstorm es el filósofo coreano Byung-Chul Han en su libro de 2013, “En el Enjambre”.

Screenshot_20160929-234604La Shitstorm es “sobretodo un fenómeno genuino de la comunicación digital (…) que hace posible un transporte inmediato del afecto” y la emoción, situación que impacta también en el respeto, que es una relación de distancia y de orden simétrico, es decir entre iguales, a la inversa que la asimétrica relación de poder.

Si bien “el respeto se otorga con frecuencia a modelos o superiores, en principio es posible un respeto recíproco, que se basa en una relación simétrica de reconocimiento” entre las personas, pero la presencia de “la Shitstorm, que hoy crece por doquier, indica que vivimos en una sociedad sin respeto recíproco”.

Según Carl Schmitt, un filósofo jurídico que elaboró los principios jurídicos del nazismo alemán, sostenía que ser soberano (ejercer el poder) es decidir sobre el estado de excepción, y según Byung-Chul Han puede traducirse la idea de soberanía a lo acústico y decir que “es soberano el que tiene la capacidad de engendrar un silencio absoluto, de eliminar todo ruido, de hacer callar a todos de golpe”, aunque Schmitt, que falleció en 1985, no tuvo nunca la posibilidad experimentar en la comunicación en las redes fue una persona con aversión a las ondas electromagnéticas y en sus últimos años se parafraseó a sí mismo afirmando “después de la Primmedia-photo_57e846c7d17589f27a53fc7e_640wera Guerra Mundial dije: “es soberano el que decide sobre el estado de excepción”. Después de la Segunda Guerra Mundial, con la vista puesta en mi muerte, digo ahora: “Es soberano el que dispone sobre las ondas del espacio”.

Luego de la Revolución Digital, dice Han, deberíamos redactar de nuevo la frase de Schmitt sobre la soberanía: “Es soberano el que dispone sobre las shitstorms de la red”.

Como algunos saben soy un activo usuario de Twitter, y la semana pasada durante el timbreo organizado por Cambiemos el gobierno difundió en las redes fotos y videos del accionar político de Macri, de la mano de su pequeña hija.

A partir de ese momento hubo en Twitter algunas alusiones al uso político que el presidente hizo de su hija en la escenificación mediática del timbreo, y ante un tuit que descalificaba la opinión la cuenta DestapeWeb de que existía un manejo político respondí con la siguiente frase: “El que habilita a que hablen de la hija es Macri que la lleva a una escenificación política”.

El Nick del tuitero a quien respondí es Sushiplanero (@NunkMasKs), y ese fue mi error, Screenshot_20160929-235527se trata de un conocido troll de los equipos regenteados desde las dependencias de comunicación del gobierno comandadas por el joven maravilla, Marquitos Peña.

Con mi tuit este troll inició una Shitstorm citando mi tuit pero encabezandolo con el texto: “Así piensa el K @claudioateran “El que habilita la violación es la chica que lleva pollera corta”. #VerguenzaK Reportar RT”

De inmediato se sucedió una catarata de tuits entre agresivos, violentos, insultantes y descalificadores hacia mi persona, más de 150 RT y otros tantos directos, la mayoría interpretando que yo había tuiteado efectivamente lo que el troll “interpretó” de mi tuit. Esta tormenta duró más de 3 días en el que ninguno tuvo la más mínima intención de debatir sobre la cuestión del manejo político de Macri y su hija, todos simplemente estaban destinados a agredir, estando todos esos tuiteros identificados con nicks antiK, vinculados entre ellos (todos se siguen a todos), y siendo sus tuits una sucesión inacabable de descalificaciones al anterior gobierno.

Archivo_000 (1)De pronto por mi “error” de contestar a un Troll me vi adentro de una Shitstorm cuyo objetivo era que Twitter cerrase mi cuenta, por eso el Troll pedía que me reportaran, es decir que informaran a Twitter que yo estaba violando normas de la red, y seguramente muchos lo habrán hecho aunque mi cuenta sigue vigente. Incluso un segundo Troll tomó el RT del primero para incorporarme en listas tales como TuiterosK que tienen como objetivo juntar tuiteros que sostienen adhesión al anterior gobierno para que los trolls macristas y la maraña de tuiteros de los call centers puedan encontrar allí sus víctimas con mayor facilidad, como cazar en el zoológico. La Shitstorm tiene como meta intimidar y debilitar mediante el acoso la capacidad de reacción en la red y eventualmente desalentar a nuevas participaciones.

En un primer momento mi reacción fue de cierta angustia por verme insultado gratuitamente por decenas de personas que no conozco pero al tiempo comprendí en la situación que estaba metido y me pareció interesante la posibilidad de vivir una experiencia original y aprender de ella.

Si me piden un aprendizaje de ese viaje a través de la Shitstorm tuitera sería no responder nunca a un Troll, solo bloquearlo, y seguir adelante. Ignorar a estos detritos de la red es el mejor consejo.

El gobierno de Mauricio Macri destina anualmente 160 millones de pesos para redes, según datos de la Revista Noticias, exactamente el doble que lo invertido durante el último año por el kirchnerismo, con un muy denso equipo de comunicación en cabeza del Jefe de Gabinete de Ministros, Marcos Peña, amante declarado de la política digital y principal exponente de la neolengua del relato macrista.

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  • 11
  • Sep
  • 2016

“Transparencia” es la palabra mágica que el gobierno tiene como toda respuesta a cualquier cuestión política, y el principal abanderado del monoconcepto discursivo del PRO es el actual Jefe de Gabinete, Marcos Peña.

Transparencia from Claudio Alvarez Terán on Vimeo.

Posiblemente el joven maravilla del gobierno macrista nunca haya leído al filósofo coreano Byung-Chul Han que en 2012 publicó su libro LA SOCIEDAD DE LA TRANSPARENCIA, por eso bueno es revisar algunos  párrafos de la obra de Han para descubrir qué se esconde detrás de un concepto tan políticamente correcto:

“Ningún otro lema domina hoy tanto el discurso público como la transparencia. Esta se reclama de manera efusiva, sobre todo en relación la libertad de información.  La omnipresente exigencia de transparencia, que aumenta hasta convertirla en un fetiche y totalizarla, se remonta a un cambio de paradigma que no puede reducirse al ámbito de la política y de la economía.”

Las cosas se hacen  transparentes cuando abandonan cualquier negatividad cuando se alisan y allanan, cuando se insertan sin resistencia en el torrente liso del capital, la comunicación y la información. Las acciones se tornan transparentes cuando se hacen operacionales, cuando se someten a los procesos de cálculo, dirección y control”.

La sociedad de la transparencia es un infierno de lo igual”.

“La transparencia estabiliza y acelera el sistema por el hecho de que elimina lo otro o lo extraño. Esta coacción sistémica convierte a la sociedad de la transparencia en una sociedad uniformada. En eso consiste su rasgo totalitario: “Una nueva palabra para la uniformación: transparencia”.”

“Sin duda el alma humana necesita esferas en la que pueda estar en sí misma sin la mirada del otro. Lleva inherente una nueva impermeabilidad (…) La espontaneidad, lo que tiene la índole de un acontecer y la libertad, rasgos que constituyen la vida en general, no admiten ninguna transparencia.”

“La política es una acción estratégica. Y, por esta razón, es propia de ella una esfera secreta. Una transparencia total la paraliza (…) el final de los secretos sería el final de la política.”

“(los partidos de la transparencia) continúan el desarrollo para la pospolítica, que equivale a una despolitización. Son antipartidos (…) solamente opiniones exentas de ideología. Las opiniones carecen de consecuencias. No son tan radicales y penetrantes como las ideologías. Les falta la negatividad perforadora. Así, la actual sociedad de la opinión deja intacto lo ya existente.”

“La transparencia forzosa estabiliza muy efectivamente el sistema dado. La transparencia es en sí positiva, no mora en ella ninguna negatividad que pudiera cuestionar de manera radical el sistema económico-político que está dado. Es ciega frente al afuera del sistema. Confirma y optima tan solo lo que ya existe. Por eso, la sociedad de la transparencia va de la mano de la pospolítica. Solo es por entero transparente el espacio despolitizado.”

Transparencia y verdad no son conceptos idénticos. La verdad contiene negatividad en cuanto se impone declarando falso todo lo otro. Más información o una acumulación de información no hace por sí sola a una verdad. Le falta la dirección, el sentido. La hiperinformación y la hipercomunicación dan testimonio de la falta de verdad, e incluso de la falta de ser. Más información, más comunicación no elimina la fundamental imprecisión del todo. Más bien la agrava.”

“La hipercomunicación anestésica reduce la complejidad para acelerarse. Es esencialmente más rápida que la comunicación del sentido. Este es lento. Es un obstáculo para los círculos acelerados de la información y comunicación. Así, la transparencia va unida a un vacío de sentido. La masa de la información y la comunicación brota de un horror vacui.”

La transparencia y el poder se soportan mal. Al poder le gusta encubrirse en secretos”.

“La confianza solo es posible en un estado medio entre saber y no saber. Confianza significa: a pesar del no saber en relación con el otro, construir una relación positiva con él. La confianza hace posibles acciones a pesar de la falta de saber. Si losé todo de antemano, la confianza está de más, y la transparencia es un estado en el que se elimina todo no saber. Donde domina la transparencia no se da ningún espacio para la confianza. En lugar de decir “la transparencia construye confianza”, debiera decirse “la transparencia destruye la confianza”. La exigencia de transparencia se hace oir precisamente cuando ya no hay ninguna confianza”.

La sociedad de la transparencia es una sociedad de la desconfianza y de la sospecha, que a causa de la desaparición de la confianza, se apoya en el control. La potente exigencia de transparencia indica precisamente que el fundamento moral de la sociedad se ha hecho frágil, que los valores morales, como la honradez y la lealtad, pierden cada vez más significación.”

Fragmentos extraídos de “La Sociedad de la Transparencia” de Byung-Chul Han. Herder Editorial. 2013.

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  • 1
  • Sep
  • 2016
En España se cumplió una nueva reunión parlamentaria buscando nombrar al nuevo Presidente, y en ella hicieron uso de la palabra los líderes partidarios.
Cuando le tocó el turno a Pablo Iglesias, líder de Podemos, este volvió a describir los errores del gobierno de Rajoy, el principal candidato a acceder nuevamente a la presidencia, y puso énfasis en reiterar uno de sus argumentos centrales que es el aumento de la pobreza al decir “Con ustedes, mientras la mayor parte de la gente veía empeorar sus condiciones de vida, peligrar su futuro o se asomaba al abismo de la pobreza, el número de millonarios aumentaba en España”.
A su turno Mariano Rajoy le respondió diciendo: “¿No cree que está desfasado el discurso de los ricos y los no ricos?” y mediante un magnífico giro lingüístico Rajoy hizo desaparecer de su relato a los pobres que pasaron a ser “los no ricos”.
No Ricos 1
El filósofo Byung Chul Han sostiene que el principal rasgo de nuestro tiempo es la anulación de la negatividad de los conceptos, el fin de la dialéctica, el triunfo de la absoluta positividad, la anulación de los conflictos, el reino del consenso, “el infierno de lo igual”.
Rajoy cumple con este precepto al eliminar de su discurso el elemento negativo de la riqueza, que es la pobreza; para la visión neoliberal el mundo ya no está compuesto de ricos y pobres, sino solo de ricos, con diferencia de grados, los más rico, los menos ricos y eventualmente los no ricos.
El discurso de la derecha española hizo el milagro, a partir de hoy España no tiene más pobres, Pobreza Cero… In your face Mauricio.

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  • 21
  • Ago
  • 2016

El diario británico The Guardian publicó un artículo del analista Martin Jacques en el que plantea que el neoliberalismo nacido en la década de 1980 en Gran Bretaña y Estados Unidos ha comenzado a agonizar en esos mismos países, siendo el Brexit y la candidatura de Donald Trump la evidencia de dicha decadencia.

La lectura del artículo resulta muy recomendable para entender cuan diferentes se ven las cosas sobre la economía neoliberal en el centro del mundo de lo que se muestra desde Latinoamérica.

La muerte del neoliberalismo y la crisis de la política occidental

Martin Jacques[1]

A principios de la década de 1980 el autor fue uno de los primeros en anunciar el dominio emergente del neoliberalismo en el oeste. Aquí se argumenta que esta doctrina está fallando. Pero, ¿qué pasa después?

En occidente la crisis financiera de 2007/8 fue la peor desde 1931, sin embargo, sus repercusiones inmediatas fueron sorprendentemente modestas. La crisis desafió las piedras angulares de la ideología neoliberal dominante, que parecía que saldrían de ella en gran medida indemnes. Los bancos fueron rescatados; casi no hubieron banqueros procesados por sus crímenes a ambos lados del Atlántico; y el precio de su comportamiento fue debidamente pagado por el contribuyente. La política económica posterior, especialmente en el mundo anglosajón, se ha apoyado abrumadoramente en el monetarismo y ha fallado. La economía occidental se ha estancado y ahora se acerca a su década perdida, sin final a la vista.

Trump intenta un regreso a los Años Felices de la década de 1950 y 1960

Trump intenta un regreso a los Años Felices de la década de 1950 y 1960

Después de casi nueve años, por fin estamos empezando a cosechar el torbellino político de la crisis financiera. Pero, ¿cómo el neoliberalismo logró sobrevivir prácticamente incólume durante tanto tiempo? A pesar de que no pasó la prueba del mundo real, legando el peor desastre económico en las últimas siete décadas, política e intelectualmente seguía siendo el único espectáculo en la ciudad. Partidos de derecha, centro e izquierda compraron el pensamiento neoliberal en su totalidad, suponiendo que no había otra manera de pensar o de hacer: el neoliberalismo se había convertido en el sentido común. Era, como decía Antonio Gramsci, hegemónico. Pero una hegemonía que no puede sobrevivir a la prueba del mundo real.

El primer indicio de los efectos de las consecuencias políticas se hizo evidente en el giro de la opinión pública en contra de los bancos, los banqueros y los empresarios. Durante décadas parecían no poder hacer nada malo: eran agasajados como los modelos de conducta de nuestra época, los solucionadores de todos los problemas sean de la educación, la salud y todo lo demás. Ahora, sin embargo, su estrella está en fuerte descenso, junto con la imagen de la clase política. El efecto de la crisis financiera empezó a socavar la fe y la confianza en la competencia de las elites gobernantes. Esto marcó el comienzo de una crisis política más amplia.

Pero las causas de esta crisis política, manifiestamente evidentes a ambos lados del Atlántico, son mucho más profundas que simplemente una crisis financiera, ya que la recuperación prácticamente ha muerto en la última década. Las causas van al corazón del proyecto neoliberal, que data de finales de los años 70 con el ascenso político de Reagan y Thatcher, que se abrazaron centralmente a la idea de un libre mercado global de bienes, servicios y capital, desmantelando el sistema de regulación bancaria, cosa que sucedió en los EE.UU. en la década de 1990 y en Gran Bretaña en 1986, creando así las condiciones para la crisis de 2008. La igualdad fue despreciada, la idea de la economía del goteo alabada, el gobierno condenado por el mercado, encadenado y debidamente reducido, la inmigración activada, las regulaciones llevadas a su mínima expresión, los impuestos reducidos y haciendo la vista gorda frente a la evasión de las corporaciones.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan, hacedores políticos del neoliberalismo en los 80.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan, hacedores políticos del neoliberalismo en los 80.

Cabe señalar que, en términos históricos, la era neoliberal no ha tenido una particular buena trayectoria. El periodo más dinámico de crecimiento occidental de posguerra fue que entre el final de la guerra y los años 70, la era del capitalismo del bienestar y el keynesianismo, cuando la tasa de crecimiento fue el doble que en el periodo neoliberal desde 1980 hasta la actualidad.

Pero, con mucho, la característica más desastrosa del período neoliberal ha sido el enorme crecimiento de la desigualdad. Hasta hace muy poco, esto había sido prácticamente ignorado. Con extraordinaria rapidez, sin embargo, ha surgido como el tema político más importante en ambos lados del Atlántico, más dramáticamente en los EE.UU.. La desigualdad es, sin excepción, la cuestión que está impulsando el descontento político que ahora se cierne sobre occidente. Dada la evidencia estadística, es desconcertante, sorprendente incluso, que se ha hecho caso omiso a esta problemática durante tanto tiempo; la explicación sólo puede estar en la gran extensión de la hegemonía del neoliberalismo y sus valores.

Pero ahora la realidad ha alterado esta fortaleza doctrinal. En el período 1948-1972, todos los sectores de la población estadounidense experimentaron incrementos muy similares y de tamaño considerable en su nivel de vida; entre 1972-2013, un 10% experimentó la caída del ingreso real, mientras que a otro 10% le ha ido mucho mejor que a todos los demás. En los EE.UU., la mediana de ingreso real de los trabajadores de sexo masculino a tiempo completo es ahora menor de lo que era hace cuatro décadas: los ingresos de la parte inferior del 90% de la población se ha estancado desde hace más de 30 años

trumpEl cuadro no es tan diferente en el caso del Reino Unido, y el problema se ha vuelto más grave desde la crisis financiera. En promedio, entre el 65 y 70% de los hogares en 25 países de ingresos altos experimentaron un estancamiento en sus ingresos reales o una caída entre 2005 y 2014.

Grandes sectores de la población, tanto en los EE.UU. como en el Reino Unido están ahora en rebelión contra su suerte. Las razones no son difíciles de explicar, la era de la hiper-globalización se ha aplicado sistemáticamente a favorecer al capital contra el trabajo: los acuerdos comerciales internacionales, elaborados en gran secreto, excluyendo de su tratamiento a las empresas más pequeñas, los sindicatos y los ciudadanos, la Asociación Trans-Pacífico (TPP) y el Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP) son los ejemplos más recientes; el ataque político-legal a los sindicatos; el fomento a la inmigración a gran escala, tanto en los EE.UU. como en Europa ayudaron a socavar el poder de negociación de los trabajadores nacionales, y la incapacidad de reciclar a los trabajadores desplazados.

Como Thomas Piketty ha mostrado, en ausencia de presiones compensatorias, el capitalismo gravita naturalmente hacia el aumento de la desigualdad. En el periodo comprendido entre 1945 y finales de los 70, la competencia de la Guerra Fría fue sin duda la más grande de esas restricciones, de esas presiones compensatorias. Desde el colapso de la Unión Soviética, no ha habido ninguna otra. A medida que la reacción popular crece y se vuelve cada vez más irresistible, la presencia de los ganadores que se lo llevan todo se vuelve políticamente insostenible.

1466833529692Grandes sectores de la población, tanto en los EE.UU. como en el Reino Unido están ahora en rebelión contra su suerte, como gráficamente ilustran el apoyo a Trump y a Sanders en los EE.UU. y el voto Brexit en el Reino Unido. Esta revuelta popular se describe a menudo, de una manera denigratoria y desdeñosa, como populismo. O, como escribe Francis Fukuyama, en un excelente reciente ensayo para la revista Foreing Affaires: ” ‘populismo’ es la etiqueta que las élites políticas ponen a las políticas apoyadas por los ciudadanos comunes que a aquellas no les gusta”. El populismo es un movimiento en contra del status quo, representa el comienzo de algo nuevo, aunque por lo general es mucho más claro de qué cosa está en contra que de hacia dónde va. El populismo puede ser progresista o reaccionario, pero más generalmente es ambas.

El Brexit es un ejemplo clásico de tal populismo. Se llevó puesto a la piedra angular de la política del Reino Unido desde principios de 1970 y ostensiblemente respecto a Europa, se trata de mucho más que eso: un alarido de aquellos que sienten que han perdido y han quedado atrás, cuyo nivel de vida se ha estancado o empeorado desde la década de 1980, que se sienten dislocados por la inmigración a gran escala sobre las cuales no tienen ningún control y que se enfrentan a un mercado laboral cada vez más inseguro y precario. Su rebelión ha paralizado la élite gobernante, ya se ha cobrado un primer ministro, y pone al próximo a caminar a tientas en la oscuridad en busca de inspiración divina.

La ola de populismo marca el regreso de la clase como un factor central de la política, tanto en el Reino Unido como en los EE.UU.. Esto es particularmente notable en los EE.UU. donde durante muchas décadas la idea de la “clase obrera” era marginal en el discurso político estadounidense. La mayoría de los estadounidenses se consideran a sí mismos como de clase media, un reflejo del impulso aspiracional que anida en el corazón de la sociedad americana. De acuerdo con una encuesta de Gallup, en 2000 sólo el 33% de los estadounidenses se llamaban a sí mismos como parte de la clase obrera; en 2015 sin embargo la cifra fue de 48%, casi la mitad de la población.

globalizacin-hong-kong-china-2-705574El Brexit, también es, sobre todo, una rebelión de la clase obrera. Hasta ahora, a ambos lados del Atlántico, la categoría de clase ha estado en retirada a favor de la aparición de una nueva gama de categorías como las identidades, las cuestiones de género y la raza, la orientación sexual y el medio ambiente. El retorno de la clase como categoría de pertenencia debido a su gran alcance, tiene el potencial, como ningún otro tema, para redefinir el panorama político.

El resurgimiento de la clase sin embargo no se debe confundir con el movimiento obrero. No son sinónimos, esto es obvio en los EE.UU. y cada vez más en el caso del Reino Unido. De hecho, durante el último medio siglo, ha habido una creciente separación entre ambos conceptos en Gran Bretaña. El resurgimiento de la clase obrera como una voz política en Gran Bretaña, sobre todo en el voto Brexit, puede ser mejor descrito como una expresión incipiente de resentimiento y de protesta con un sentido muy débil de pertenencia al movimiento obrero.

De hecho, el Partido de la Independencia (UKIP) ha sido tan importante en la formación de opiniones como el partido Laborista. En los Estados Unidos, tanto Trump como Sanders han sido la expresión de la rebelión de la clase obrera, una clase sin pertenencia política cuya orientación lejos de estar predeterminada, como a la izquierda le gustaba pensar, es una función de la política.

La era neoliberal está siendo socavada desde dos direcciones. En primer lugar, si su historial de crecimiento económico nunca ha sido particularmente fuerte, ahora es pésimo. Europa es apenas un poco más grande de lo que era en la víspera de la crisis financiera en 2007; los Estados Unidos si bien lo ha hecho mejor su crecimiento ha sido anémico. Economistas como Larry Summers creen que la perspectiva para el futuro es muy probablemente la de un estancamiento de un siglo.

Peor aún, debido a que la recuperación ha sido tan débil y frágil, existe la creencia generalizada de que otra crisis financiera puede producirse. En otras palabras, la era neoliberal ha llevado a occidente de nuevo a la clase de mundo en crisis que no vivía desde la década de 1930. Con estos antecedentes, no es de extrañar que una mayoría crea que sus hijos van a estar peor de lo que ellos están. En segundo lugar, los que han perdido en la era neoliberal ya no están dispuestos a aceptar su destino y se han puesto abiertamente en rebelión. Estamos presenciando el fin de la era neoliberal, no está muerta aún, pero está en su agonía de una muerte temprana, al igual que la era socialdemócrata entró en decadencia en la década de 1970.

migrantes-eeuuUna señal segura del descenso de la influencia del neoliberalismo es el creciente coro de voces intelectuales que se alzan en su contra. Desde mediados de los años 70 y a través de los años 80, el debate económico fue dominado cada vez más por los monetaristas y los impulsores del libre mercado, pero desde la crisis financiera occidental, el centro de gravedad del debate intelectual ha cambiado profundamente. Esto es más evidente en los Estados Unidos, con economistas como Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Dani Rodrik y el cada vez más influyente Jeffrey Sachs. El libro del francés Thomas Piketty, El Capital en el siglo XXI, que analiza el problema de le desigualdad en el mundo ha sido un best seller global. Su trabajo y el de de Tony Atkinson y Angus Deaton han empujado a la cuestión de la desigualdad a lo alto de la agenda política. En el Reino Unido, Ha-Joon Chang es un economista que ha ganado muchos seguidores que piensan que la economía no es una rama de las matemáticas.

Mientras tanto, algunos de los que antes eran firmes defensores de un enfoque neoliberal, como Larry Summers y el analista del Financial Times Martin Wolf, se han convertido en extremadamente críticos. El viento sopla las velas de los críticos del neoliberalismo; los neoliberales y monetaristas están en retirada. Sin embargo en el Reino Unido, los medios de comunicación y los políticos van muy por detrás de esta realidad y pocos reconocen que estamos al final de una época. Actitudes y supuestos anclados en el pasado aún predominan, ya sea en la BBC, en la prensa de derecha o en los parlamentarios del Laborismo.

Tras la renuncia de Ed Miliband como líder del Laborismo prácticamente nadie previó el triunfo de Jeremy Corbyn en la elección por la conducción. Se suponía que volvería a suceder más de lo mismo, pero ciertamente no preveían a nadie como Corbyn. Pero el espíritu de la época había cambiado, y especialmente por la cantidad de jóvenes que se habían unido y querían una ruptura total con el llamado Nuevo Laborismo. Una de las razones por las que la izquierda no ha logrado liderar el nuevo estado de ánimo producto de la desilusión de la clase obrera es que la mayoría de los partidos socialdemócratas se convirtieron, en diversos grados, en alumnos del neoliberalismo y la súper-globalización. Las formas más extremas de este fenómeno fueron el Nuevo Laborismo en Gran Bretaña de la mano del Tony Blair y los demócratas norteamericanos bajo la dirección de Bill CLinton que a finales de los años 90 se convirtió en vanguardia de la aceptación del neoliberalismo a través de la llamada Tercera Vía.

Pero como David Marquand observa en una crítica para el New Statesman, ¿cuál es el objetivo de un partido socialdemócrata si no representa a los menos afortunados, los desfavorecidos y los perdedores? El Nuevo Laborismo desertó de quienes lo necesitan, a los que históricamente se suponía que debía representar. ¿Es sorprendente que una gran parte de la centroizquierda los haya abandonado? Blair, en su reencarnación como consultor económico obsesionado con un montón de presidentes y dictadores es un símbolo apropiado de la desaparición del Nuevo Laborismo.

Los contendientes rivales -Burnham, Cooper y Kendall- representaban continuidad y fueron arrollados por Corbyn, que ganó con casi el 60% de los votos. El Nuevo Laborismo que había aceptado la influencia del thatcherismo había muerto. El Laborismo, como todos los demás, está obligado a pensarse de nuevo.

El Laborismo puede estar en terapia intensiva pero la condición de los conservadores no es mucho mejor. David Cameron es el culpable de un enorme error de cálculo que irresponsablemente llevó al Brexit. Se vio obligado a renunciar en la más ignominiosa de las circunstancias y el partido quedó dividido irremediablemente sin tener idea de hacia qué dirección se mueve después del Brexit.

El Brexit ha dejado al país fragmentado y profundamente dividido, con la perspectiva muy real de que Escocia pueda optar por la independencia. Mientras tanto, los conservadores parecen tener poco entendimiento de que la era neoliberal está agonizando.

Si los sucesos del Reino Unido han sido dramáticos nada se compra con los de Estados Unidos. Casi de la nada Donald Trump se elevó para capturar la nominación republicana y burlar prácticamente a la totalidad de los expertos e incluso a las personalidades mñas importantes de su propio partido. Su mensaje es francamente anti-globalización, él cree que los intereses de la clase obrera han sido sacrificados en favor de las grandes corporaciones que se han dedicado a invertir en todo el mundo privando con ello a los trabajadores estadounidenses de sus puestos de trabajo. Además, argumenta que la inmigración a gran escala ha debilitado el poder de negociación de los trabajadores estadounidenses lo que sirvió para bajar sus salarios.

Trump propone que las empresas estadounidenses deberían estar obligados a invertir sus reservas de capitales en los EE.UU. y cree que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ha tenido el efecto de exportar empleos desde Estados Unidos a México. Por razones similares es que se opone a la TPP y el TTIP, y acusa a China de robar empleos norteamericanos, amenazando con imponer un arancel del 45% a las importaciones chinas.

Votantes-Donald-Trump-York-AFP_CLAIMA20160407_0090_28A la globalización Trump contrapone nacionalismo económico: “poner a Estados Unidos en primer lugar” es el lema. Su público es la clase trabajadora blanca que, hasta la llegada de Trump (y de Bernie Sanders) en la escena política, había sido ignorada en gran medida y no estaban representados desde la década de1980. Dado que sus salarios han estado cayendo durante la mayor parte de los últimos 40 años resulta inexplicable cómo sus intereses han sido descuidados por la clase política. Estos trabajadores blancos cada vez más han votado por los republicanos, pero los republicanos durante mucho tiempo han sido dominados por los super-ricos y los intereses hiper-globalizadores de Wall Street, dirigidos directamente en contra de los de la clase trabajadora blanca. Con la llegada de Trump encontró este sector finalmente un representante e impulsaron el triunfo de Trump en la nominación republicana.

El argumento del nacionalismo económico también ha sido perseguido vigorosamente por Bernie Sanders, que enfrentó a Hillary Clinton por la nominación demócrata y que probablemente hubiera ganado si no hubieran mediado unos 700 llamados a superdelegados que fueron escogidos de manera efectiva por la máquina demócrata para que se volcaran abrumadoramente al apoyo de Clinton. Al igual que en el caso de los republicanos, los demócratas han apoyado durante mucho tiempo una estrategia neoliberal favorable a la globalización, en contra de intereses de su base sindical. Tanto los republicanos como los demócratas ahora se encuentran profundamente polarizados entre los pro y los anti-globalizadores, un desarrollo totalmente nuevo desde que llegó el neoliberalismo bajo Reagan hace casi 40 años.

Otro de los pilares de la propuesta nacionalista de Trump: “Hacer grande a Estados Unidos de nuevo” es su posición sobre la política exterior. Él cree que en la búsqueda de de generar poder a nivel global los Estados Unidos han despilfarrado recursos de la nación. Sostiene que sistema de alianzas del país es injusto, con Estados Unidos que lleva la mayor parte del costo y sus aliados que contribuyen muy poco. Señala a Japón y Corea del Sur, y a los miembros europeos de la OTAN como claros ejemplos, y pretende reequilibrar estas relaciones o, en su defecto, salir de esas alianzas.

El precandidato presidencial republicano Donald Trump habla durante un acto proselitista la noche del lunes 8 de febrero de 2016, en Manchester, New Hampshire (Foto AP/David Goldman)

El precandidato presidencial republicano Donald Trump habla durante un acto proselitista la noche del lunes 8 de febrero de 2016, en Manchester, New Hampshire (Foto AP/David Goldman)

Como país en decadencia Trump sostiene que Estados Unidos ya no puede permitirse el lujo de sostener este tipo de carga financiera. En lugar de poner el dinero en el mundo cree que el dinero debe ser invertido en el país, señalando el estado ruinoso de la infraestructura de Estados Unidos. La posición de Trump representa una importante crítica a los Estados Unidos como potencia hegemónica del mundo, sus argumentos marcan una ruptura radical con el neoliberalismo, basado en la ideología hiper-globalización que ha reinado desde principios de 1980, y con la ortodoxia de la política exterior norteamericana de la mayor parte del período de posguerra. Estos argumentos deben ser tomadas en serio, no deben ser desdeñados por el simple hecho de que Trump sea su autor. Pero Trump no es un hombre de la izquierda, él es un populista de derecha. Se ha puesto en marcha un ataque racista y xenófobo conta los musulmanes y los mexicanos. La apelación de Trump es hacia una clase obrera blanca que siente que ha sido engañada por las grandes corporaciones, desplazada por la inmigración hispana, y que a menudo ve con resentimiento a los afroamericanos que durante demasiado tiempo han sido considerados inferiores.

La América de Trump marcaría la caída en el autoritarismo caracterizado por el abuso, la estrategia del chivo expiatorio, la discriminación, el racismo, la arbitrariedad y la violencia; Estados Unidos se convertiría en una sociedad profundamente polarizada y dividida. Su amenaza de imponer aranceles de 45% sobre los productos de China, en caso de aplicarse, sin duda provocaría represalias de parte de los chinos que anunciaría el comienzo de una nueva era de proteccionismo.

Pero Trump puede perder la elección presidencial, al igual que Sanders falló en su intento de alcanzar la nominación demócrata. Pero esto no significa que las fuerzas que se oponen a la hiper-globalización, a la inmigración sin restricciones, a los acuerdos de libre comercio TPP y TTIP, a la libre circulación de capitales y mucho más, pierdan sus argumentos. En poco más de 12 meses Trump y Sanders han transformado la naturaleza y los términos de la discusión. Lejos de entrar en decadencia los argumentos de los críticos de la hiper-globalización están ganando terreno a ritmo constante, proximadamente dos tercios de los estadounidenses están de acuerdo en que “no hay que pensar tanto en términos internacionales, sino concentrarse más en nuestros propios problemas nacionales”. Y, por encima de todo, lo que continuará impulsando la oposición a los hiper-globalizadores es la desigualdad.

 

Publicado por The Guardian. 21 de agosto de 2016

[1] Martin Jacques es el autor de Cuando China gobierna el mundo: El fin del mundo occidental y El nacimiento de un nuevo orden mundial

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  • 31
  • Jul
  • 2016

El gobierno macrista cree que la transparencia es un valor absoluto con capacidad de derramar su virtud absoluta sobre toda acción política que se adjetive como transparente.

La palabra transparencia ha vivido en los últimos años en todo el mundo su época de esplendor. Se habla de ser transparente, de vivir de modo transparente, de la necesidad de transparencia informativa o comercial, y claro, de transparencia política.

trans1En principio el término “transparencia política” se supone como opuesto a “corrupción” cuando el antónimo de corrupción es integridad y honestidad, no transparencia.

En el abordaje de este tema se incurre en un importante error semántico ya que se supone que la transparencia es sinónimo de verdad, lo cual es erróneo porque la verdad supone la existencia de lo falso mientras que lo transparente se opone a la idea de opacidad.

La transparencia no es un hecho en sí mismo sino una acción que requiere de un algo que sea transparente o no. Un pensamiento transparente, una transacción transparente, una política transparente. Pero existe una tendencia a convertir a la transparencia en una cosa en sí misma y por lo tanto portadora de un valor, siempre positivo y que se pretende absoluto.

En base a esta idea la transparencia aparece en general como la solución para el fenómeno de la corrupción, ya que su valor positivo absoluto predominaría sobre el acto político. Uno podría suponer que un proceder transparente evitaría actos de corrupción, pero no es así necesariamente; la administración está llena de procedimientos transparentes pasibles de actos corruptos: licitaciones, contratación de servicios, omisión de controles, declaraciones de emergencias, fideicomisos ciegos, etc.

trans2Por otra parte la transparencia política aparece como un oxímoron, es decir una conjunción de conceptos opuestos en sí mismos. Como sostiene Buyng Chul Han la política es esencialmente secreto, ocultamiento e incluso engaño, un juego de negociación en el que las partes esconden sus jugadas y dosifican sus argumentos, por lo tanto la pretendida política transparente no es política, por el contrario es apolítica, antipolítica y pospolítica.

La llamada transparencia política se vuelve un fenómeno conservador, ya que congela la política en lo que es dado, no transforma lo establecido, solo administra. Gestión y política transparente aparecen entonces como un mismo concepto de igual sentido, ya que se elimina la ideología, y solo se sostiene en la opción estática del me gusta o no me gusta.

trans4Como decíamos anteriormente la clave está en confundir la idea de transparencia como una cosa en sí misma, entendiendo que el mero hecho de volver transparente una medida política,cualquiera sea, la inviste a esta inmediatamente de virtud. La transparencia como cosa se ha convertido en una práctica del actual gobierno macrista.

El último caso es la normativa que establece el pase de la base de datos del ANSES a la Jefatura de Gobierno para uso comunicacional. El Jefe de Gabinete Marcos Peña ante el cuestionamiento general a la medida argumentó que no hay ninguna mala intención en ella y prueba de esto es que no ocultaron la medida, la publicaron en el Boletín Oficial, fueron transparentes.

Lo que dice Peña es que el acto virtuoso de la transparencia traslada su virtud al contenido accesorio de ese acto, que es otro acto, el de la acción política, el uso de la base de datos del ANSES. Como se observa estamos frente a dos cosas, una primera que es considerada investida de virtud absoluta, la transparencia, que vuelve virtuoso todo otro acto segundo.

trans3El Ministro Aranguren es transparente cuando dice que quien no tenga para comprar nafta que no compre, el Presidente del Banco Central se muestra transparente cuando sostiene que tiene millones de dólares en el exterior pero que no piensa traerlos porque no siente suficiente confianza, la ministra Bullrich es transparente cuando advierte que va a buscar uno por uno a tuiteros que amedrenten con sus mensajes, son transparentes los funcionarios o ideólogos neoliberales que le dicen a los pobres que vivían una ficción de creer que podían acceder a consumos y servicios solo reservados para otro nivel económico superior,  y también lo es el Presidente Macri cuando de manera transparente se incluye en un delito al afirmar ante inversores que “debemos” dejar de escondernos aludiendo a quienes evaden impuestos fugando plata.

En todos estos casos y tantos otros la transparencia es considerado un acto blanqueador de acciones de dudosa licitud, opacas o al menos controvertidas, como es el uso inadecuado de datos personales, la evasión, la persecución, la exclusión social.

Trans5El máximo exponente del uso del concepto transparencia como legitimador de acciones es la parte del discurso oficial que habla de “transparentar la economía”, que en el lenguaje del PRO significa que los aumentos de precios y tarifas, la apertura comercial, la toma de deuda y el despido de empleados del Estado, entre otras políticas, son acciones virtuosas en sí mismas porque han sido precedidas del acto/cosa de la transparencia.

La figura de transparentar la economía es la de un vidrio opaco, sucio, detrás del cual se encuentra la economía argentina, y el actual gobierno se tomó el trabajo de limpiar ese vidrio hasta volverlo completamente transparente para que detrás de él emerjan  visibles, en alta definición, las políticas neoliberales, que están allí, transparentes, luminosas, que siempre han estado allí pero que no podíamos verlas por la opacidad de otras políticas, erróneas claro, que no dejaban ver “la realidad”, la única realidad posible porque “eso es la economía”, políticas naturales, inevitables. En base a este pensamiento el gobierno no tiene responsabilidad por las consecuencias en la aplicación de las políticas económicas neoliberales sino que su única responsabilidad, por supuesto positiva, ha sido tomar la decisión virtuosa de transparentar la economía.

La transparencia vista como acción virtuosa absoluta se ha convertido en uno de los grandes ejes conceptuales del macrismo, un mega procedimiento/acción que baña con su positividad toda acción política consecuente. Es la Teoría del Derrame, tan cara al corazón de la derecha global, pero aplicada al discurso.

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