• 21
  • ago
  • 2016

El diario británico The Guardian publicó un artículo del analista Martin Jacques en el que plantea que el neoliberalismo nacido en la década de 1980 en Gran Bretaña y Estados Unidos ha comenzado a agonizar en esos mismos países, siendo el Brexit y la candidatura de Donald Trump la evidencia de dicha decadencia.

La lectura del artículo resulta muy recomendable para entender cuan diferentes se ven las cosas sobre la economía neoliberal en el centro del mundo de lo que se muestra desde Latinoamérica.

La muerte del neoliberalismo y la crisis de la política occidental

Martin Jacques[1]

A principios de la década de 1980 el autor fue uno de los primeros en anunciar el dominio emergente del neoliberalismo en el oeste. Aquí se argumenta que esta doctrina está fallando. Pero, ¿qué pasa después?

En occidente la crisis financiera de 2007/8 fue la peor desde 1931, sin embargo, sus repercusiones inmediatas fueron sorprendentemente modestas. La crisis desafió las piedras angulares de la ideología neoliberal dominante, que parecía que saldrían de ella en gran medida indemnes. Los bancos fueron rescatados; casi no hubieron banqueros procesados por sus crímenes a ambos lados del Atlántico; y el precio de su comportamiento fue debidamente pagado por el contribuyente. La política económica posterior, especialmente en el mundo anglosajón, se ha apoyado abrumadoramente en el monetarismo y ha fallado. La economía occidental se ha estancado y ahora se acerca a su década perdida, sin final a la vista.

Trump intenta un regreso a los Años Felices de la década de 1950 y 1960

Trump intenta un regreso a los Años Felices de la década de 1950 y 1960

Después de casi nueve años, por fin estamos empezando a cosechar el torbellino político de la crisis financiera. Pero, ¿cómo el neoliberalismo logró sobrevivir prácticamente incólume durante tanto tiempo? A pesar de que no pasó la prueba del mundo real, legando el peor desastre económico en las últimas siete décadas, política e intelectualmente seguía siendo el único espectáculo en la ciudad. Partidos de derecha, centro e izquierda compraron el pensamiento neoliberal en su totalidad, suponiendo que no había otra manera de pensar o de hacer: el neoliberalismo se había convertido en el sentido común. Era, como decía Antonio Gramsci, hegemónico. Pero una hegemonía que no puede sobrevivir a la prueba del mundo real.

El primer indicio de los efectos de las consecuencias políticas se hizo evidente en el giro de la opinión pública en contra de los bancos, los banqueros y los empresarios. Durante décadas parecían no poder hacer nada malo: eran agasajados como los modelos de conducta de nuestra época, los solucionadores de todos los problemas sean de la educación, la salud y todo lo demás. Ahora, sin embargo, su estrella está en fuerte descenso, junto con la imagen de la clase política. El efecto de la crisis financiera empezó a socavar la fe y la confianza en la competencia de las elites gobernantes. Esto marcó el comienzo de una crisis política más amplia.

Pero las causas de esta crisis política, manifiestamente evidentes a ambos lados del Atlántico, son mucho más profundas que simplemente una crisis financiera, ya que la recuperación prácticamente ha muerto en la última década. Las causas van al corazón del proyecto neoliberal, que data de finales de los años 70 con el ascenso político de Reagan y Thatcher, que se abrazaron centralmente a la idea de un libre mercado global de bienes, servicios y capital, desmantelando el sistema de regulación bancaria, cosa que sucedió en los EE.UU. en la década de 1990 y en Gran Bretaña en 1986, creando así las condiciones para la crisis de 2008. La igualdad fue despreciada, la idea de la economía del goteo alabada, el gobierno condenado por el mercado, encadenado y debidamente reducido, la inmigración activada, las regulaciones llevadas a su mínima expresión, los impuestos reducidos y haciendo la vista gorda frente a la evasión de las corporaciones.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan, hacedores políticos del neoliberalismo en los 80.

Margaret Thatcher y Ronald Reagan, hacedores políticos del neoliberalismo en los 80.

Cabe señalar que, en términos históricos, la era neoliberal no ha tenido una particular buena trayectoria. El periodo más dinámico de crecimiento occidental de posguerra fue que entre el final de la guerra y los años 70, la era del capitalismo del bienestar y el keynesianismo, cuando la tasa de crecimiento fue el doble que en el periodo neoliberal desde 1980 hasta la actualidad.

Pero, con mucho, la característica más desastrosa del período neoliberal ha sido el enorme crecimiento de la desigualdad. Hasta hace muy poco, esto había sido prácticamente ignorado. Con extraordinaria rapidez, sin embargo, ha surgido como el tema político más importante en ambos lados del Atlántico, más dramáticamente en los EE.UU.. La desigualdad es, sin excepción, la cuestión que está impulsando el descontento político que ahora se cierne sobre occidente. Dada la evidencia estadística, es desconcertante, sorprendente incluso, que se ha hecho caso omiso a esta problemática durante tanto tiempo; la explicación sólo puede estar en la gran extensión de la hegemonía del neoliberalismo y sus valores.

Pero ahora la realidad ha alterado esta fortaleza doctrinal. En el período 1948-1972, todos los sectores de la población estadounidense experimentaron incrementos muy similares y de tamaño considerable en su nivel de vida; entre 1972-2013, un 10% experimentó la caída del ingreso real, mientras que a otro 10% le ha ido mucho mejor que a todos los demás. En los EE.UU., la mediana de ingreso real de los trabajadores de sexo masculino a tiempo completo es ahora menor de lo que era hace cuatro décadas: los ingresos de la parte inferior del 90% de la población se ha estancado desde hace más de 30 años

trumpEl cuadro no es tan diferente en el caso del Reino Unido, y el problema se ha vuelto más grave desde la crisis financiera. En promedio, entre el 65 y 70% de los hogares en 25 países de ingresos altos experimentaron un estancamiento en sus ingresos reales o una caída entre 2005 y 2014.

Grandes sectores de la población, tanto en los EE.UU. como en el Reino Unido están ahora en rebelión contra su suerte. Las razones no son difíciles de explicar, la era de la hiper-globalización se ha aplicado sistemáticamente a favorecer al capital contra el trabajo: los acuerdos comerciales internacionales, elaborados en gran secreto, excluyendo de su tratamiento a las empresas más pequeñas, los sindicatos y los ciudadanos, la Asociación Trans-Pacífico (TPP) y el Acuerdo Transatlántico para el Comercio y la Inversión (TTIP) son los ejemplos más recientes; el ataque político-legal a los sindicatos; el fomento a la inmigración a gran escala, tanto en los EE.UU. como en Europa ayudaron a socavar el poder de negociación de los trabajadores nacionales, y la incapacidad de reciclar a los trabajadores desplazados.

Como Thomas Piketty ha mostrado, en ausencia de presiones compensatorias, el capitalismo gravita naturalmente hacia el aumento de la desigualdad. En el periodo comprendido entre 1945 y finales de los 70, la competencia de la Guerra Fría fue sin duda la más grande de esas restricciones, de esas presiones compensatorias. Desde el colapso de la Unión Soviética, no ha habido ninguna otra. A medida que la reacción popular crece y se vuelve cada vez más irresistible, la presencia de los ganadores que se lo llevan todo se vuelve políticamente insostenible.

1466833529692Grandes sectores de la población, tanto en los EE.UU. como en el Reino Unido están ahora en rebelión contra su suerte, como gráficamente ilustran el apoyo a Trump y a Sanders en los EE.UU. y el voto Brexit en el Reino Unido. Esta revuelta popular se describe a menudo, de una manera denigratoria y desdeñosa, como populismo. O, como escribe Francis Fukuyama, en un excelente reciente ensayo para la revista Foreing Affaires: ” ‘populismo’ es la etiqueta que las élites políticas ponen a las políticas apoyadas por los ciudadanos comunes que a aquellas no les gusta”. El populismo es un movimiento en contra del status quo, representa el comienzo de algo nuevo, aunque por lo general es mucho más claro de qué cosa está en contra que de hacia dónde va. El populismo puede ser progresista o reaccionario, pero más generalmente es ambas.

El Brexit es un ejemplo clásico de tal populismo. Se llevó puesto a la piedra angular de la política del Reino Unido desde principios de 1970 y ostensiblemente respecto a Europa, se trata de mucho más que eso: un alarido de aquellos que sienten que han perdido y han quedado atrás, cuyo nivel de vida se ha estancado o empeorado desde la década de 1980, que se sienten dislocados por la inmigración a gran escala sobre las cuales no tienen ningún control y que se enfrentan a un mercado laboral cada vez más inseguro y precario. Su rebelión ha paralizado la élite gobernante, ya se ha cobrado un primer ministro, y pone al próximo a caminar a tientas en la oscuridad en busca de inspiración divina.

La ola de populismo marca el regreso de la clase como un factor central de la política, tanto en el Reino Unido como en los EE.UU.. Esto es particularmente notable en los EE.UU. donde durante muchas décadas la idea de la “clase obrera” era marginal en el discurso político estadounidense. La mayoría de los estadounidenses se consideran a sí mismos como de clase media, un reflejo del impulso aspiracional que anida en el corazón de la sociedad americana. De acuerdo con una encuesta de Gallup, en 2000 sólo el 33% de los estadounidenses se llamaban a sí mismos como parte de la clase obrera; en 2015 sin embargo la cifra fue de 48%, casi la mitad de la población.

globalizacin-hong-kong-china-2-705574El Brexit, también es, sobre todo, una rebelión de la clase obrera. Hasta ahora, a ambos lados del Atlántico, la categoría de clase ha estado en retirada a favor de la aparición de una nueva gama de categorías como las identidades, las cuestiones de género y la raza, la orientación sexual y el medio ambiente. El retorno de la clase como categoría de pertenencia debido a su gran alcance, tiene el potencial, como ningún otro tema, para redefinir el panorama político.

El resurgimiento de la clase sin embargo no se debe confundir con el movimiento obrero. No son sinónimos, esto es obvio en los EE.UU. y cada vez más en el caso del Reino Unido. De hecho, durante el último medio siglo, ha habido una creciente separación entre ambos conceptos en Gran Bretaña. El resurgimiento de la clase obrera como una voz política en Gran Bretaña, sobre todo en el voto Brexit, puede ser mejor descrito como una expresión incipiente de resentimiento y de protesta con un sentido muy débil de pertenencia al movimiento obrero.

De hecho, el Partido de la Independencia (UKIP) ha sido tan importante en la formación de opiniones como el partido Laborista. En los Estados Unidos, tanto Trump como Sanders han sido la expresión de la rebelión de la clase obrera, una clase sin pertenencia política cuya orientación lejos de estar predeterminada, como a la izquierda le gustaba pensar, es una función de la política.

La era neoliberal está siendo socavada desde dos direcciones. En primer lugar, si su historial de crecimiento económico nunca ha sido particularmente fuerte, ahora es pésimo. Europa es apenas un poco más grande de lo que era en la víspera de la crisis financiera en 2007; los Estados Unidos si bien lo ha hecho mejor su crecimiento ha sido anémico. Economistas como Larry Summers creen que la perspectiva para el futuro es muy probablemente la de un estancamiento de un siglo.

Peor aún, debido a que la recuperación ha sido tan débil y frágil, existe la creencia generalizada de que otra crisis financiera puede producirse. En otras palabras, la era neoliberal ha llevado a occidente de nuevo a la clase de mundo en crisis que no vivía desde la década de 1930. Con estos antecedentes, no es de extrañar que una mayoría crea que sus hijos van a estar peor de lo que ellos están. En segundo lugar, los que han perdido en la era neoliberal ya no están dispuestos a aceptar su destino y se han puesto abiertamente en rebelión. Estamos presenciando el fin de la era neoliberal, no está muerta aún, pero está en su agonía de una muerte temprana, al igual que la era socialdemócrata entró en decadencia en la década de 1970.

migrantes-eeuuUna señal segura del descenso de la influencia del neoliberalismo es el creciente coro de voces intelectuales que se alzan en su contra. Desde mediados de los años 70 y a través de los años 80, el debate económico fue dominado cada vez más por los monetaristas y los impulsores del libre mercado, pero desde la crisis financiera occidental, el centro de gravedad del debate intelectual ha cambiado profundamente. Esto es más evidente en los Estados Unidos, con economistas como Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Dani Rodrik y el cada vez más influyente Jeffrey Sachs. El libro del francés Thomas Piketty, El Capital en el siglo XXI, que analiza el problema de le desigualdad en el mundo ha sido un best seller global. Su trabajo y el de de Tony Atkinson y Angus Deaton han empujado a la cuestión de la desigualdad a lo alto de la agenda política. En el Reino Unido, Ha-Joon Chang es un economista que ha ganado muchos seguidores que piensan que la economía no es una rama de las matemáticas.

Mientras tanto, algunos de los que antes eran firmes defensores de un enfoque neoliberal, como Larry Summers y el analista del Financial Times Martin Wolf, se han convertido en extremadamente críticos. El viento sopla las velas de los críticos del neoliberalismo; los neoliberales y monetaristas están en retirada. Sin embargo en el Reino Unido, los medios de comunicación y los políticos van muy por detrás de esta realidad y pocos reconocen que estamos al final de una época. Actitudes y supuestos anclados en el pasado aún predominan, ya sea en la BBC, en la prensa de derecha o en los parlamentarios del Laborismo.

Tras la renuncia de Ed Miliband como líder del Laborismo prácticamente nadie previó el triunfo de Jeremy Corbyn en la elección por la conducción. Se suponía que volvería a suceder más de lo mismo, pero ciertamente no preveían a nadie como Corbyn. Pero el espíritu de la época había cambiado, y especialmente por la cantidad de jóvenes que se habían unido y querían una ruptura total con el llamado Nuevo Laborismo. Una de las razones por las que la izquierda no ha logrado liderar el nuevo estado de ánimo producto de la desilusión de la clase obrera es que la mayoría de los partidos socialdemócratas se convirtieron, en diversos grados, en alumnos del neoliberalismo y la súper-globalización. Las formas más extremas de este fenómeno fueron el Nuevo Laborismo en Gran Bretaña de la mano del Tony Blair y los demócratas norteamericanos bajo la dirección de Bill CLinton que a finales de los años 90 se convirtió en vanguardia de la aceptación del neoliberalismo a través de la llamada Tercera Vía.

Pero como David Marquand observa en una crítica para el New Statesman, ¿cuál es el objetivo de un partido socialdemócrata si no representa a los menos afortunados, los desfavorecidos y los perdedores? El Nuevo Laborismo desertó de quienes lo necesitan, a los que históricamente se suponía que debía representar. ¿Es sorprendente que una gran parte de la centroizquierda los haya abandonado? Blair, en su reencarnación como consultor económico obsesionado con un montón de presidentes y dictadores es un símbolo apropiado de la desaparición del Nuevo Laborismo.

Los contendientes rivales -Burnham, Cooper y Kendall- representaban continuidad y fueron arrollados por Corbyn, que ganó con casi el 60% de los votos. El Nuevo Laborismo que había aceptado la influencia del thatcherismo había muerto. El Laborismo, como todos los demás, está obligado a pensarse de nuevo.

El Laborismo puede estar en terapia intensiva pero la condición de los conservadores no es mucho mejor. David Cameron es el culpable de un enorme error de cálculo que irresponsablemente llevó al Brexit. Se vio obligado a renunciar en la más ignominiosa de las circunstancias y el partido quedó dividido irremediablemente sin tener idea de hacia qué dirección se mueve después del Brexit.

El Brexit ha dejado al país fragmentado y profundamente dividido, con la perspectiva muy real de que Escocia pueda optar por la independencia. Mientras tanto, los conservadores parecen tener poco entendimiento de que la era neoliberal está agonizando.

Si los sucesos del Reino Unido han sido dramáticos nada se compra con los de Estados Unidos. Casi de la nada Donald Trump se elevó para capturar la nominación republicana y burlar prácticamente a la totalidad de los expertos e incluso a las personalidades mñas importantes de su propio partido. Su mensaje es francamente anti-globalización, él cree que los intereses de la clase obrera han sido sacrificados en favor de las grandes corporaciones que se han dedicado a invertir en todo el mundo privando con ello a los trabajadores estadounidenses de sus puestos de trabajo. Además, argumenta que la inmigración a gran escala ha debilitado el poder de negociación de los trabajadores estadounidenses lo que sirvió para bajar sus salarios.

Trump propone que las empresas estadounidenses deberían estar obligados a invertir sus reservas de capitales en los EE.UU. y cree que el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) ha tenido el efecto de exportar empleos desde Estados Unidos a México. Por razones similares es que se opone a la TPP y el TTIP, y acusa a China de robar empleos norteamericanos, amenazando con imponer un arancel del 45% a las importaciones chinas.

Votantes-Donald-Trump-York-AFP_CLAIMA20160407_0090_28A la globalización Trump contrapone nacionalismo económico: “poner a Estados Unidos en primer lugar” es el lema. Su público es la clase trabajadora blanca que, hasta la llegada de Trump (y de Bernie Sanders) en la escena política, había sido ignorada en gran medida y no estaban representados desde la década de1980. Dado que sus salarios han estado cayendo durante la mayor parte de los últimos 40 años resulta inexplicable cómo sus intereses han sido descuidados por la clase política. Estos trabajadores blancos cada vez más han votado por los republicanos, pero los republicanos durante mucho tiempo han sido dominados por los super-ricos y los intereses hiper-globalizadores de Wall Street, dirigidos directamente en contra de los de la clase trabajadora blanca. Con la llegada de Trump encontró este sector finalmente un representante e impulsaron el triunfo de Trump en la nominación republicana.

El argumento del nacionalismo económico también ha sido perseguido vigorosamente por Bernie Sanders, que enfrentó a Hillary Clinton por la nominación demócrata y que probablemente hubiera ganado si no hubieran mediado unos 700 llamados a superdelegados que fueron escogidos de manera efectiva por la máquina demócrata para que se volcaran abrumadoramente al apoyo de Clinton. Al igual que en el caso de los republicanos, los demócratas han apoyado durante mucho tiempo una estrategia neoliberal favorable a la globalización, en contra de intereses de su base sindical. Tanto los republicanos como los demócratas ahora se encuentran profundamente polarizados entre los pro y los anti-globalizadores, un desarrollo totalmente nuevo desde que llegó el neoliberalismo bajo Reagan hace casi 40 años.

Otro de los pilares de la propuesta nacionalista de Trump: “Hacer grande a Estados Unidos de nuevo” es su posición sobre la política exterior. Él cree que en la búsqueda de de generar poder a nivel global los Estados Unidos han despilfarrado recursos de la nación. Sostiene que sistema de alianzas del país es injusto, con Estados Unidos que lleva la mayor parte del costo y sus aliados que contribuyen muy poco. Señala a Japón y Corea del Sur, y a los miembros europeos de la OTAN como claros ejemplos, y pretende reequilibrar estas relaciones o, en su defecto, salir de esas alianzas.

El precandidato presidencial republicano Donald Trump habla durante un acto proselitista la noche del lunes 8 de febrero de 2016, en Manchester, New Hampshire (Foto AP/David Goldman)

El precandidato presidencial republicano Donald Trump habla durante un acto proselitista la noche del lunes 8 de febrero de 2016, en Manchester, New Hampshire (Foto AP/David Goldman)

Como país en decadencia Trump sostiene que Estados Unidos ya no puede permitirse el lujo de sostener este tipo de carga financiera. En lugar de poner el dinero en el mundo cree que el dinero debe ser invertido en el país, señalando el estado ruinoso de la infraestructura de Estados Unidos. La posición de Trump representa una importante crítica a los Estados Unidos como potencia hegemónica del mundo, sus argumentos marcan una ruptura radical con el neoliberalismo, basado en la ideología hiper-globalización que ha reinado desde principios de 1980, y con la ortodoxia de la política exterior norteamericana de la mayor parte del período de posguerra. Estos argumentos deben ser tomadas en serio, no deben ser desdeñados por el simple hecho de que Trump sea su autor. Pero Trump no es un hombre de la izquierda, él es un populista de derecha. Se ha puesto en marcha un ataque racista y xenófobo conta los musulmanes y los mexicanos. La apelación de Trump es hacia una clase obrera blanca que siente que ha sido engañada por las grandes corporaciones, desplazada por la inmigración hispana, y que a menudo ve con resentimiento a los afroamericanos que durante demasiado tiempo han sido considerados inferiores.

La América de Trump marcaría la caída en el autoritarismo caracterizado por el abuso, la estrategia del chivo expiatorio, la discriminación, el racismo, la arbitrariedad y la violencia; Estados Unidos se convertiría en una sociedad profundamente polarizada y dividida. Su amenaza de imponer aranceles de 45% sobre los productos de China, en caso de aplicarse, sin duda provocaría represalias de parte de los chinos que anunciaría el comienzo de una nueva era de proteccionismo.

Pero Trump puede perder la elección presidencial, al igual que Sanders falló en su intento de alcanzar la nominación demócrata. Pero esto no significa que las fuerzas que se oponen a la hiper-globalización, a la inmigración sin restricciones, a los acuerdos de libre comercio TPP y TTIP, a la libre circulación de capitales y mucho más, pierdan sus argumentos. En poco más de 12 meses Trump y Sanders han transformado la naturaleza y los términos de la discusión. Lejos de entrar en decadencia los argumentos de los críticos de la hiper-globalización están ganando terreno a ritmo constante, proximadamente dos tercios de los estadounidenses están de acuerdo en que “no hay que pensar tanto en términos internacionales, sino concentrarse más en nuestros propios problemas nacionales”. Y, por encima de todo, lo que continuará impulsando la oposición a los hiper-globalizadores es la desigualdad.

 

Publicado por The Guardian. 21 de agosto de 2016

[1] Martin Jacques es el autor de Cuando China gobierna el mundo: El fin del mundo occidental y El nacimiento de un nuevo orden mundial

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  • 31
  • jul
  • 2016

El gobierno macrista cree que la transparencia es un valor absoluto con capacidad de derramar su virtud absoluta sobre toda acción política que se adjetive como transparente.

La palabra transparencia ha vivido en los últimos años en todo el mundo su época de esplendor. Se habla de ser transparente, de vivir de modo transparente, de la necesidad de transparencia informativa o comercial, y claro, de transparencia política.

trans1En principio el término “transparencia política” se supone como opuesto a “corrupción” cuando el antónimo de corrupción es integridad y honestidad, no transparencia.

En el abordaje de este tema se incurre en un importante error semántico ya que se supone que la transparencia es sinónimo de verdad, lo cual es erróneo porque la verdad supone la existencia de lo falso mientras que lo transparente se opone a la idea de opacidad.

La transparencia no es un hecho en sí mismo sino una acción que requiere de un algo que sea transparente o no. Un pensamiento transparente, una transacción transparente, una política transparente. Pero existe una tendencia a convertir a la transparencia en una cosa en sí misma y por lo tanto portadora de un valor, siempre positivo y que se pretende absoluto.

En base a esta idea la transparencia aparece en general como la solución para el fenómeno de la corrupción, ya que su valor positivo absoluto predominaría sobre el acto político. Uno podría suponer que un proceder transparente evitaría actos de corrupción, pero no es así necesariamente; la administración está llena de procedimientos transparentes pasibles de actos corruptos: licitaciones, contratación de servicios, omisión de controles, declaraciones de emergencias, fideicomisos ciegos, etc.

trans2Por otra parte la transparencia política aparece como un oxímoron, es decir una conjunción de conceptos opuestos en sí mismos. Como sostiene Buyng Chul Han la política es esencialmente secreto, ocultamiento e incluso engaño, un juego de negociación en el que las partes esconden sus jugadas y dosifican sus argumentos, por lo tanto la pretendida política transparente no es política, por el contrario es apolítica, antipolítica y pospolítica.

La llamada transparencia política se vuelve un fenómeno conservador, ya que congela la política en lo que es dado, no transforma lo establecido, solo administra. Gestión y política transparente aparecen entonces como un mismo concepto de igual sentido, ya que se elimina la ideología, y solo se sostiene en la opción estática del me gusta o no me gusta.

trans4Como decíamos anteriormente la clave está en confundir la idea de transparencia como una cosa en sí misma, entendiendo que el mero hecho de volver transparente una medida política,cualquiera sea, la inviste a esta inmediatamente de virtud. La transparencia como cosa se ha convertido en una práctica del actual gobierno macrista.

El último caso es la normativa que establece el pase de la base de datos del ANSES a la Jefatura de Gobierno para uso comunicacional. El Jefe de Gabinete Marcos Peña ante el cuestionamiento general a la medida argumentó que no hay ninguna mala intención en ella y prueba de esto es que no ocultaron la medida, la publicaron en el Boletín Oficial, fueron transparentes.

Lo que dice Peña es que el acto virtuoso de la transparencia traslada su virtud al contenido accesorio de ese acto, que es otro acto, el de la acción política, el uso de la base de datos del ANSES. Como se observa estamos frente a dos cosas, una primera que es considerada investida de virtud absoluta, la transparencia, que vuelve virtuoso todo otro acto segundo.

trans3El Ministro Aranguren es transparente cuando dice que quien no tenga para comprar nafta que no compre, el Presidente del Banco Central se muestra transparente cuando sostiene que tiene millones de dólares en el exterior pero que no piensa traerlos porque no siente suficiente confianza, la ministra Bullrich es transparente cuando advierte que va a buscar uno por uno a tuiteros que amedrenten con sus mensajes, son transparentes los funcionarios o ideólogos neoliberales que le dicen a los pobres que vivían una ficción de creer que podían acceder a consumos y servicios solo reservados para otro nivel económico superior,  y también lo es el Presidente Macri cuando de manera transparente se incluye en un delito al afirmar ante inversores que “debemos” dejar de escondernos aludiendo a quienes evaden impuestos fugando plata.

En todos estos casos y tantos otros la transparencia es considerado un acto blanqueador de acciones de dudosa licitud, opacas o al menos controvertidas, como es el uso inadecuado de datos personales, la evasión, la persecución, la exclusión social.

Trans5El máximo exponente del uso del concepto transparencia como legitimador de acciones es la parte del discurso oficial que habla de “transparentar la economía”, que en el lenguaje del PRO significa que los aumentos de precios y tarifas, la apertura comercial, la toma de deuda y el despido de empleados del Estado, entre otras políticas, son acciones virtuosas en sí mismas porque han sido precedidas del acto/cosa de la transparencia.

La figura de transparentar la economía es la de un vidrio opaco, sucio, detrás del cual se encuentra la economía argentina, y el actual gobierno se tomó el trabajo de limpiar ese vidrio hasta volverlo completamente transparente para que detrás de él emerjan  visibles, en alta definición, las políticas neoliberales, que están allí, transparentes, luminosas, que siempre han estado allí pero que no podíamos verlas por la opacidad de otras políticas, erróneas claro, que no dejaban ver “la realidad”, la única realidad posible porque “eso es la economía”, políticas naturales, inevitables. En base a este pensamiento el gobierno no tiene responsabilidad por las consecuencias en la aplicación de las políticas económicas neoliberales sino que su única responsabilidad, por supuesto positiva, ha sido tomar la decisión virtuosa de transparentar la economía.

La transparencia vista como acción virtuosa absoluta se ha convertido en uno de los grandes ejes conceptuales del macrismo, un mega procedimiento/acción que baña con su positividad toda acción política consecuente. Es la Teoría del Derrame, tan cara al corazón de la derecha global, pero aplicada al discurso.

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  • 29
  • jul
  • 2016

Este filósofo francés es el único que puede explicar el fenómeno Donald Trump

Por Jedd Legum para Think Progress

TrumpWWE31Donald Trump tiene perplejos a los expertos políticos.

Los expertos han estado prediciendo su caída durante meses. Cada “metida de pata” que supuestamente iba a destruir su apoyo sólo lo ha hecho más fuerte. Trump sigue dominando las urnas.

Usted no encontrará a Roland Barthes en las mesas de análisis de la carrera presidencial en los diarios del domingo por la mañana. Barthes es un filósofo francés que murió en 1980. Sin embargo, su trabajo puede ser la clave para entender la popularidad de Trump y su poder de permanencia.

Barthes es mejor conocido por su trabajo en la semiótica, el estudio de los signos y símbolos. Pero no se limita a largos tratados esotéricos. Más bien, Barthes publicó gran parte de su trabajo en piezas cortas y accesibles para descomponer los elementos de la cultura popular.

Su más famoso ensayo, publicado en su libro Mitologías 1957, se centra en la lucha libre profesional. ¿Podría un ensayo acerca de la lucha libre profesional ser la clave para la comprensión de la cuestión Trump? Vale la pena señalar que, antes de que fuera candidato presidencial, Trump fue un participante activo en la WWE (una empresa de entretenimiento deportivo en la que se agrupan uno de los más populares staff de lucha libre televisiva de Estados Unidos). En 2013, Trump fue incluido en el Salón de la Fama de la WWE.TrumpWWE4-638x441

En su ensayo, Barthes contrasta la lucha libre profesional con el boxeo.

El público sabe muy bien la distinción entre la lucha libre y el boxeo. Se sabe que el boxeo es un deporte basado en una demostración de la excelencia. Uno puede apostar sobre el resultado de un combate de boxeo, pero apostar en la lucha libre no tendría ningún sentido. Una pelea de boxeo es una historia que se construye ante los ojos del espectador; la lucha libre, por el contrario, debe enfocarse en cada momento, no importa el paso del tiempo, no importa su transcurrir. La conclusión lógica de la lucha no le interesa al fanático, mientras que por el contrario un combate de boxeo siempre implica una ciencia del futuro. En otras palabras, la lucha libre es una suma de espectáculos, uno tras otro, cada momento impone el conocimiento total de una pasión que consiste en mantenerse en pie y solo, sin tener necesariamente que esperar hasta el momento culminante de un resultado.

En la actual campaña, Trump se está comportando como un luchador profesional, mientras que los oponentes de Trump están llevando a cabo la carrera como si fuese un combate de boxeo. A medida que el resto mide su siguiente golpe, Trump se cubre la cabeza con una silla de metal.

TrumpWWE2Otros en el campo republicano se manejan en base a las normas y la construcción de una estrategia que, según dichas normas, dará lugar a la nominación. Pero Trump no se ocupa de esas cosas. En su lugar, Trump se centra en cada momento y la obtención de la máxima cantidad de pasión en ese momento. Sus partidarios lo aman.

La clave para generar la pasión, según Barthes señala, es posicionarse para hacer justicia contra las fuerzas del mal por cualquier medio necesario. “Los luchadores saben muy bien cómo manejar la capacidad de indignación del público llevando al límite el concepto de Justicia”, escribe Barthes.

Trump sabe cómo definir su oponente: China, los “ilegales”, los gestores de fondos financieros,  y se compromete a ir tras ellos con una violencia desenfrenada. Si para lograrlo se deben cruzar algunos limites, mejor que mejor.

Para un luchador profesional, la energía lo es todo. Un fanático de lucha libre está menos interesado en lo que está sucediendo, o en la coherencia de cómo un hecho conduce al siguiente, que en el hecho de que algo está pasando. Es en ese sentido que Trump se entrega por completo. Él es omnipresente en la televisión, y cuando no puede hacerlo en frente de la cámara, llamará a los medios para saliral aire. Cuando no está en la televisión, está twitteando alardes, insultos e incongruencias. Cuando se queda sin cosas que decir, hace retweets de comentarios al azar de sus seguidores.

A lo largo de esas manifestaciones el insulto favorito de Trump – que ha empleado en varias ocasiones contra Jeb Bush y, más recientemente, contra Ben Carson – es que sus oponentes tienen “baja energía”.

TrumpWWE1-638x432La acción frenética es suicida para un boxeador, y también para un político tradicional. Pero Trump no está afectado por estas limitaciones. El puede decir la cosas más locas, Trump puede sugerir a una popular presentadora de Fox News que le hizo una pregunta difícil que estaba menstruando, por ejemplo, y a los partidarios de Trump les encanta.

Algunas peleas, entre los luchadores más exitosos, están coronadas por una escena final, una especie de fantasía sin límites, donde las reglas, las leyes del género, se suprimen, desaparece el árbitro y los límites del ring, desbordando hacia el pasillo y llevando a todos afuera en tropel, a luchadores, segundos, el árbitro y los espectadores.

Pero ¿por qué no pueden ver los votantes que lo que ofrece Trump es sólo una actuación? Como ilustra Barthes, eso es hacer la pregunta equivocada.

Es evidente que en tal circunstancia ya no importa si la pasión es genuina o no. Lo que el público quiere es la imagen de la pasión, no la pasión misma. La verdad no es un problema en la lucha libre ni en el teatro.

Esta analogía revela por qué los ataques a Trump son tan ineficaces. Recientemente, Rand Paul y otros han empezado a llamar a Trump como un “actor”, en lugar de un candidato legítimo. Esto es como correr en el medio del ring durante una pelea de WWE gritando: “¡Todo esto es falso!”. Estás en lo correcto, pero no tendría ningún sentido ni será bien recibido.

Uno de los puntos centrales del análisis de Barthes es que el boxeo -con sus reglas tradicionales y el decoro- no es moralmente superior a la lucha libre profesional. De hecho, a pesar de su artificio, se podría argumentar que la lucha libre hoy en día expresa una búsqueda más noble que el boxeo, que es una actividad irremediablemente corrupta y dominada por abusadores domésticos y misoginos.

Del mismo modo, Trump es capaz de tomar ventaja de la disfunción evidente del sistema político tradicional. En 2016, los candidatos se han visto ensombrecidos por la financiación  masiva que a menudo dependen de unos pocos grandes donantes. Muchos candidatos republicanos tienen posiciones compatibles con esta élite de aportantes, pero no el electorado en general.

En comparación con este sistema, las cosas que Trump está ofreciendo: pasión, energía, sentido de justicia, pueden no parecer tan malas.

Roland Barthes ha muerto hace 35 años, pero tiene algo que decir.

 

 

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  • 10
  • jul
  • 2016

En estos siete meses de gobierno macrista aquellos que no lo votamos nos hemos visto desagradados y sorprendidos no ya por sus políticas económicas, sociales o culturales, que eran previsibles, y seguramente por eso no lo votamos, sino por las manifestaciones públicas de funcionarios de gobierno o caracterizados adherentes que han ejercido un discurso llano y directo que inclusive ha impactado, positiva o negativamente, en gran parte de sus propios votantes: el discurso de la derecha.

derechaEs tiempo de asumir como ciudadanos que en lugar de escandalizarnos con ese discurso debemos comprender que estamos siendo gobernados por un grupo de dirigentes con ideas de derecha, con convicciones de derecha, que no son oportunistas o que no están acorralados para ejecutar esas políticas como sucedió en otros tiempos de nuestra historia, sino que lo hacen sin tapujos suponiendo honestamente que eso es lo que se debe hacer. Quizás en lugar de cuestionar al gobierno por ser de derecha debiéramos pensar qué cosa anida en nuestra sociedad para decidirse a elegir un gobierno de derecha.

Escuchamos al Ministro de Energía decir que si a una persona el precio de la nafta le resulta caro debe dejar de comprar, o a la Vicepresidenta decir que hay que decirle a la gente pobre que era una mentira que podía vivir de “esa forma” eternamente, o a un clásico ideólogo de la derecha económica como Javier Gonzalez Fraga decir que se le había hecho creer al “empleado medio” que se podía comprar plasmas o tener celulares de última tecnología, o al Ministro de Finanzas sostener que un brutal aumento de tarifas equivale a “dos pizzas” o afirmar que “el trabajo sucio” (por el ajuste y la fabulosa transferencia de recursos a los más ricos) ya estaba hecho, o la visión de descartar cualquier tipo de intención delictiva en la acción de sacar dinero del país para depositarlo en paraísos fiscales.

Todo esto nos escandaliza cuando debiera resultarnos normal, porque son ideas de la derecha en un gobierno de derecha. ¿Qué otra cosa podríamos esperar?

michettPero ¿por qué nos escandalizamos? Porque aunque suene sorprendente la Argentina no ha tenido gobiernos de derecha elegidos democráticamente desde la Ley Saenz Peña para aquí, y aquellos que siendo elegidos viraron hacia políticas de derecha, como sucedió con Frondizi o Menem, lo hicieron manteniendo una discursiva alejada de ese entramado ideológico.

Incluso hasta buena parte de las diversas dictaduras que supimos conseguir en el siglo XX ocultaban su impronta de derecha detrás de un discurso bañado por la retórica de la defensa de la nacionalidad en peligro y la construcción del ser argentino.

El actual gobierno encabezado por Mauricio Macri es claramente un gobierno de derecha, que prometió ejecutar políticas de derecha y que con más del 50% de las voluntades electorales se siente legítimamente avalado para no esconder lo que piensa, y decirlo; aún cuando ni la mayor parte de los funcionarios de gobierno y la mayor parte de sus votantes no se asuman a sí mismos como de derecha, lo cual sería materia de análisis de algún psicólogo.

vdalA algunos les resultará chocante que en los siete párrafos anteriores haya utilizado catorce veces la palabra “derecha”, porque como nos han dicho repetidas veces no existen más las derechas y las izquierdas… Al menos eso es lo que la “inteligencia” global nos viene explicando desde 1980, que las ideologías han muerto y que la Historia ha llegado a su fin en el mejor sistema posible, que es la democracia liberal…de derecha.

El filósofo italiano Ernesto Bobbio, escribió en 1994 un interesante y breve libro llamado “Derecha e Izquierda”, bien avanzada ya la ola neoliberal global que nos indicó que felizmente no hay otra alternativa a este mundo de hoy, y que la sociedad no existe porque somos seres libres capaces de llevar adelante nuestra vida responsablemente en base a nuestras exclusivas decisiones, porque  “Sí, se puede”.

macri villaVolviendo  a Bobbio, él analiza como las diferencias entre derecha e izquierda siguen existiendo y explica con especial claridad en qué consisten esas diferencias, basadas en dos cuestiones centrales del pensamiento político: la igualdad y la libertad.

Para Bobbio la forma de distinguir entre políticas de izquierda y de derecha es identificar cuál es su posición frente al ideal de la igualdad, entendiendo que frente a la problemática de la igualdad uno debe hacerse tres preguntas:

  1. Entre quiénes nos proponemos repartir bienes o impuestos.
  2. Qué bienes o impuestos vamos a repartir.
  3. Qué criterio utilizaremos para repartirlos.

Es decir que ningún proyecto político “puede evitar responder a estas tres preguntas: «Igualdad sí, pero ¿entre quién, en qué, basándose en qué criterio?»”.

Las respuestas a estas tres preguntas pueden ser variadas: “los sujetos pueden ser todos, muchos o pocos, o incluso uno solo; los bienes a repartir pueden ser derechos, ventajas o facilidades económicas, posiciones de poder; los criterios pueden ser la necesidad, el mérito, la capacidad, la clase, el esfuerzo, y otros más”. Inclusive se puede tomar la posición extrema de responder a la última pregunta con la respuesta “sin ningún criterio”, es decir, dar a todos lo mismo, que sería el llamado “igualitarismo”, que es claramente una visión utópica de la igualdad, la “igualdad de todos en todo”, una mera declaración de intenciones sin aplicación real posible. Del mismo modo ponerse en la otra posición extrema de una feroz desigualdad nos lleva a una sociedad distópica, la utopía al revés, un sistema cruel y apocalíptico.

Por eso debemos concentrarnos en cómo un proyecto político responde a las tres preguntas sobre el ideal de igualdad, ya que “cuando se le atribuye a la izquierda una mayor sensibilidad para disminuir las desigualdades no se quiere decir que ésta pretenda eliminar todas las desigualdades o que la derecha las quiera conservar todas, sino como mucho que la primera es más igualitaria y la segunda es más desigualitaria”.  “Por una parte están los que consideran que los hombres son más iguales que desiguales, por otra los que consideran quantropologa-poltica-bobbio-3-728e son más desiguales que iguales”.

A esta distinción debe sumársele la posición que entiendo más sustancial en este análisis de qué significa la derecha política, que es la valoración que hace la derecha sobre la desigualdad abrazándose a la idea de una igualdad-desigualdad natural en lugar de una igualdad-desigualdad social.

La izquierda parte “de la convicción de que la mayor parte de las desigualdades que lo indignan, y querría hacer desaparecer, son sociales y, como tales, eliminables”, la derecha en cambio “parte de la convicción opuesta, que las desigualdades son naturales y, como tales, ineliminables”.

La derecha se afirma en el criterio de que las diferencias entre las personas son naturales o bien se afirman en una “segunda naturaleza que es la costumbre, la tradición, la fuerza del pasado”. La desigualdad entonces tiene motivaciones naturales o está consagrada por la fuerza de la tradición, por lo establecido, y por ende indubitable. De esta conclusión se extiende que la pobreza no puede transformarse sino solo gestionarse.

Otro factor que permite identificar el pensamiento de derecha además del de la desigualdad es el ideal de libertad.

En general cuando se establecen políticas que son proclives a ampliar los espacios de igualdad estas políticas restringen en mucho o poco la libertad de elección del ámbito privado, es decir, aplicar decisiones a favor de mayor igualdad afecta la libertad de algunos para beneficiar el acceso en igualdad de otros.

Lo particular es que la libertad es un principio intrínsecamente desigual, porque “la libertad privada de los ricos es inmensamente más amplia que la de los pobres. De esto surge que la pérdida de libertad golpea naturalmente más al rico que al pobre, al cual la libertad de elegir el medio de transporte, el tipo de escuela, la manera de vestirse, se le niega habitualmente, no por una pública imposición, sino por la situación económica interna de la esfera privada”.  Por eso la derecha suele hacer centro de su discurso más a las políticas de libertad que a las de igualdad, porque las políticas de igualdad tienen “como efecto el delimitar la libertad tanto al rico como al pobre, pero con esta diferencia: el rico pierde la libertad de la que gozaba efectivamente, el pobre pierde una libertad potencial” que en la realidad le es muy difícil practicar.

bobbioEste desarrollo que hace Bobbio para identificar en qué consiste el pensamiento de la derecha política permite claramente relacionar el pensamiento del gobierno de Macri con esa derecha.

Es la derecha que dice que los pobres no tienen derecho a consumos de otras clases superiores en realidad no está insultando a los pobres sino declarando lo que piensa y entiende sobre la vida de una sociedad.

La derecha no pretende modificar la vida de los que menos tienen, sino convencerlos de que en base al uso de su libertad podrán salir de su subordinada condición, de cuya responsabilidad son los propios arquitectos. “Sí, se puede”, y si no se puede es porque no saben hacer uso de la libertad para lograrlo, por lo tanto son responsables de su suerte; no es la sociedad la que genera pobres y desiguales, sino los propios pobres son los causantes de su condición y por ende culpables de su posición social, y por supuesto los ricos serían exitosos por sus capacidades de utilizar su libertad para enriquecerse.

El gobierno macrista se hizo las tres preguntas de Bobbio, ¿entre quién, en qué, basándose en qué criterio?, para decidir sus políticas: Entre quién, entre los poderosos, en qué, los recursos que estaban siendo absorbidos por el Estado, con qué criterios, el del mérito y la responsabilidad individual.

Por eso no es la indignación o el enojo lo que corresponde frente a las políticas del macrismo, sino el adecuado encuadramiento ideológico, el macrismo es la ordinaria expresión de la derecha liberal.

Durante décadas en la Argentina hemos hablado de la derecha, esa que nadie parece querer asumir, hoy la tenemos gobernando, es tiempo de comprenderlo, con la ignominia no alcanza.

(Texto entrecomillado extraído de Bobbio, Norberto, “Derecha e Izquierda. Razones y significados de una distinción política”. Taurus, Madrid, 1995) 

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  • 25
  • jun
  • 2016

El FMI pidió este miércoles que el país “combata su elevada pobreza y creciente desigualdad y advirtió que ambos factores pueden frenar el potencial de su economía” y advirtió “sobre severas señales que, sostuvo, pueden bloquear el camino del futuro crecimiento si no son atendidas rápidamente”.

ECORRECTION / IMF Managing Director Christine Lagarde smiles during a press conference at the International Monetary Fund (IMF) in Washington, DC, on February 19, 2016. Lagarde, who battled financial fires across Europe as managing director of the International Monetary Fund, was officially named to a second five-year term. / AFP / Andrew Caballero-Reynoldsl Fondo Monetario expresó que se presenta una “perturbadora caída de la productividad y falta de inversiones en trabajadores y en capital físico” y que “esa tendencia se exacerba con el crecimiento de la desigualdad y la persistente elevada pobreza” según señala en un reporte oficial.

El informe sostiene que “hay una necesidad urgente de abordar la pobreza. Los últimos datos muestran que uno de cada siete personas viven en la pobreza, incluyendo uno de cada cinco niños. Alrededor de un 40% de esos pobres tiene trabajo. Un complemento salarial más generoso combinado con un salario mínimo federal mayor ayudaría a aliviar la pobreza”, señala el informe.

“La distribución de la riqueza y los ingresos está cada vez más polarizada y la pobreza ha aumentado”, dijo el FMI y remarcó que el país tiene “una urgente necesidad de atacar la pobreza”, además de que “los ingresos por trabajo se redujeron 5% en los últimos 15 años y que la clase media es la menor en 30 años”.

“La pobreza no sólo crea significativas tensiones sociales sino que además corroe la participación en la fuerza laboral y debilita la capacidad de invertir en educación y mejorar la atención de la salud”, dijo Christine Lagarde, Directora Gerente del FMI, en una declaración.

Por otro lado, “la actualización de los programas sociales para apoyar a los pobres que no trabaja también sería un paso hacia adelante. Además sería positivo incrementar y mejorar la inversión en la educación infantil, la subvención de cuidado de niños para las familias de menores ingresos, y la expansión de la educación terciaria y profesional, cuyos efectos pueden ser importantes a la hora de reducir la desigualdad de ingresos y la pobreza cuando se mira a un horizonte a más largo.

Para finalizar indica el reporte del FMI que “Estados Unidos debería invertir más en educación e infraestructura y extender su apoyo a los pobres mediante reformas impositivas, elevar el salario mínimo y aplicar mejores programas de atención a la niñez que permitan a los pobres conseguir y mantener sus trabajos.”

Ahhh… perdón no les aclaré, habla de Estados Unidos

 

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  • 17
  • jun
  • 2016

Cuando se habla de las “cortinas de humo” muchas veces suelen parecer exageraciones de teorías conspirativas propio de mentes perversas.

Pues bien, aquí José Luis Espert, economista estrella del establishment argento, propone sin medias tintas usar una cortina de humo.

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