Entradas del mes febrero, 2010

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En el programa “Ratones Coloraos” del lunes 15 de febrero en la televisión de Andalucía, Jesús Quintero entrevistó a la escritora española Angeles Caso y abordaron el tema de las “pateras” y la inmigración ilegal, manifestando algo que no es políticamente correcto y que realmente da que pensar: es todavía increible que los inmigrantes lleguen pacíficamente buscando solo trabajo desde las naciones desesperadas a los países de la opulencia en lugar de llegar de mala manera a exigir la igualdad de un mundo obscenamente injusto.

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Los próceres no dejan de ser héroes si se recuperan sus rasgos humanos. Por el contrario, como argumenta aquí María Rosa Lojo, su figura mítica se construye a partir del rango de simple mortal. Martín Kohan escribe a su vez sobre el héroe nacional.
Los héroes emergen en los mitos de todas las tradiciones culturales, desde los comienzos de la imaginación humana, como lo ha señalado el estadounidense Joseph Campbell en su ya clásico libro El héroe de las mil caras. A través de ellos los distintos pueblos negocian con el mundo sus terrores y sus deseos y avanzan sobre lo desconocido. Pero las figuras heroicas no se quedan en los viejos mitos ni en leyendas remotas. Aun en las desarrolladas y secularizadas sociedades occidentales, sus figuras de potente pregnancia simbólica reaparecen en nuestros sueños y bajo formas y reelaboraciones diversas –del cartoon a las animaciones digitales, de los cuentos de hadas al cine– ocupan el imaginario estético y la fantasía colectiva.

Los héroes míticos abandonan las seguridades hogareñas, se lanzan a la aventura o, sin saber bien cómo, se encuentran en el medio de ella. Vivos o muertos, entran en las tinieblas y sufren todo tipo de pruebas, caen en precipicios o pelean con monstruos, pero surgen nuevamente a la luz, dueños ya de los secretos que guarda la oscuridad y de un modo u otro transmiten su revelación a los demás humanos. Traen el cambio, la regeneración, la renovación a una comunidad estancada y menesterosa. Y en un sentido más amplio (psicológico y también metafísico), son los campeones del autoconocimiento, los exploradores de la condición humana y de sus límites, los ladrones del fuego sagrado (o los descubridores de que ese fuego está oculto, y a disposición de quien se anime a rescatarlo, en el núcleo elusivo de cada ser).

Si bien en las tradiciones mitológicas hay heroínas que descienden a los infiernos (Psique baja en busca de su amado Cupido), por lo general las figuras heroicas combatientes están actuadas por imágenes masculinas. Las mujeres suelen ocupar en este imaginario otros papeles. Más que buscadoras ellas mismas, son las madres, las esposas, las ayudantes (sabia pitonisa, hada madrina) o las oponentes (bruja malvada) del buscador. Lo femenino se instala sobre todo como representación del mundo que se desea dominar o de la realidad que se aspira a conocer (doncella rescatada de las garras del guardián del tesoro). Aunque también hay heroínas guerreras entre los arquetipos tradicionales y el último descubrimiento del héroe, más allá de las apariencias de lo real manifiesto, lo llevará a concluir que lo masculino y lo femenino son dos caras de la misma moneda (como lo son también la eternidad y el tiempo), que la Divinidad se encuentra más allá de las contradicciones y los opuestos, y los incluye.

Dentro del fantasy contemporáneo, en libros, en filmes, en historietas, en juegos de rol, obras como La Guerra de las Galaxias, El señor de los anillos, las Crónicas de Narnia, recogen y resignifican en sus sagas, con variados matices, las situaciones del mito del héroe, así como lo hace Harry Potter, héroe infantil y juvenil, con sus dos fieles ayudantes: Ron (la acción valerosa) y Hermione (el estudio reflexivo y la inteligencia). Los juegos de video (The Legend of Zelda, por nombrar sólo uno) siguen los mismos moldes; la saga de Tomb Raider, con el personaje de Lara Croft, presenta la novedad de que el papel desempeñado usualmente por un héroe varón se encarna en una heroína exploradora que une un gran coraje y habilidad físicas a los conocimientos científicos.

Si bien los héroes luchan contra lo que se considera el mal no son, precisamente, figuras sujetas a los estándares morales ordinarios. La fuerza, el poder, el coraje, la astucia, la clarividencia los caracterizan por sobre todo, aunque no sean demasiado prolijos ni considerados en los métodos que emplean para conseguir sus objetivos. El “mal” también resulta un ámbito de difícil definición. Los mismos lugares horrendos y aparentemente infernales que atraviesan en sus pruebas pueden revelarles una faz esplendorosa y entregar sus dones escondidos, si, vencedores del miedo, insisten en el conocimiento de lo que sólo se ve como siniestro y ominoso. Tampoco la belleza importa demasiado en estas figuras, sino su inagotable energía. Así, el ancestral héroe irlandés Cuchulain (casi anticipando las distorsiones del “increíble Hulk”) se convierte en un ser extraño y deforme que espanta tanto a amigos como a enemigos, cuando lo arrebata el frenesí de la batalla.

Héroes de la Historia

Los héroes viven en el tiempo sagrado del mito, donde los busca, tan a menudo, la fantasía, pero no por eso deja de reclamarlos también el relato de la Historia. Los primitivos héroes cosmogónicos, mezcla de hombres y de seres fabulosos, se vuelven cada vez más humanos y crean la cultura y las culturas en particular. Los imperios y las naciones han apelado siempre a ellos cuando se trata de exhibir antepasados ilustres, empezando por Roma, que proclama, en laEneida virgiliana, su descendencia de Eneas, el héroe troyano.

La inquietante confusión entre el plano mítico-simbólico y los procesos históricos ha llevado a interpretaciones por cierto peligrosas. Ya entrado el siglo XIX, el escocés Thomas Carlyle (De los héroes) propuso que la Historia de la humanidad podía y debía leerse como la biografía de unos pocos hombres excepcionales, elegidos por un Destino trascendente. Como lo vieron Chesterton y Borges, de aquí a las concepciones nazi-fascistas del héroe providencial sólo había un paso, que algunos líderes políticos e ideólogos no trepidaron en dar.

Si el mito heroico, como lo ha estudiado la psicología profunda de Carl G. Jung y sus discípulos, representa la gran aventura humana en cada uno de nosotros (varones y mujeres, ya que los roles e imágenes simbólicas masculino-femeninas funcionan en la psique de cada individuo), otra cosa muy diferente es la identificación de falibles seres de carne y hueso con los predestinados que conducirán a los pueblos a la victoria final. Si para el mito todos somos héroes, depositarios de posibilidades ignoradas, para estas ideologías la gesta de los seres anónimos, los intereses y reivindicaciones que los mueven, se difuminan tras la iniciativa del “hombre superior” que usualmente pretende saber mucho mejor que ellos lo que en verdad necesitan.

La formación de un imaginario para las naciones modernas no excluye el recurso a los héroes siempre serviciales, que suelen enmascarar bajo su faz augusta los partidismos y los sueños de gloria de los políticos o historiadores (o de los políticos historiadores), según advierte León Pomer (La construcción de los héroes). La creación de un “padre de la patria” no es automática ni espontánea. Suele precederla un intenso debate, como ocurre en la Argentina en el caso de San Martín, que estuvo lejos de ser héroe indiscutido para muchos de sus contemporáneos. Ni Alberdi, ni Sarmiento, ni Vicente Fidel López, ni siquiera Mitre lo eximen de críticas, algunas de ellas graves. Pero, como concluye Martín Kohan en su estudio sobre el prócer y su figura heroica (Narrar a San Martín), héroe nacional por excelencia no es el que no merece ninguna crítica, sino aquel que parece capaz de soportarlas y trascenderlas todas. Más allá de las antinomias, San Martín termina imponiéndose a las divisiones de cualquier índole, y garantiza, por lo tanto, la homogeneidad de una nación cuyos miembros deben reconocerse entre sí como hermanos. Se coloca así en el centro y por encima de un “panteón nacional”, que también integran otras figuras consagradas por la llamada historiografía liberal (como Sarmiento, Rivadavia, Belgrano, Mitre, entre otros), éstas sí sometidas a los periódicos embates del revisionismo. En general, el resultado de la polémica no ha sido tanto el de expulsar a estos héroes del imaginario nacional, cuanto el de relativizar sus méritos y ampliar el panteón, instalando en él también a líderes de otras orientaciones políticas, como algunos caudillos federales.

¿Cómo han sido representados habitualmente nuestros próceres? El aparato didáctico en la enseñanza escolar supo instaurar un verdadero “culto laico” de los héroes patrios, de los fundadores de la Nación, que se empeñó en eludir algunos componentes básicos de la heroicidad: no sólo la vulnerabilidad humana (si el héroe fuera indestructible, si no padeciera, si no vacilase, poco valor tendrían sus empresas), sino también ese costado de ambigüedad que les reconoce el mito; no es la moral irreprochable (degradada no pocas veces en moralina), lo que define a un héroe sino su energía revolucionaria y fundadora. Semejante proceso los despojó de carnadura, de verosimilitud, y por supuesto, de interés para los estudiantes, como bien lo recuerda Arturo Jauretche en su libro de memoriasPantalones cortos: “Es que ningún héroe argentino ha tenido dolores, ni se ha calentado con una china ni le ha jugado una onza a una carta. Esa historia tal como se enseñaba en mi infancia tenía todo el opio que se le niega a San Martín y así los chicos preferían saber la de otros países, mucho más entretenida, por humana.”

Hay cierto consenso en atribuir tal “normalización” de los héroes a los planes pedagógicos que surgen alrededor del Centenario. La historiadora Diana Quattrochi-Woisson apunta a concepciones como las de Ricardo Rojas (La Restauración Nacionalista) o la de Juan P. Ramos (Historia de la Instrucción Primaria en la Argentina, 1809-1909). Una resolución inspirada por un informe de Pablo Pizzurno impone un minucioso ritual, un coherente despliegue de íconos, gestos y actos significativos: lectura de los hechos heroicos, efemérides del día, coro patriótico, himno a la bandera, conmemoración de todas las fechas patrias, visita al museo histórico, visita a todo tipo de monumentos y reliquias, retratos y cuadros de los héroes en las escuelas, concursos de composición, de lecturas y recitaciones de textos y temas patrióticos. Tal programática un tanto abrumadora se explica, en su momento, por la necesidad de homogeneizar y “nacionalizar” a los novísimos argentinos del aluvión inmigratorio. La indudable utilidad inmediata de tal práctica, arrojó efectos secundarios indeseables en cuanto a la obturación de una lectura crítica, matizada y objetiva del pasado y sus protagonistas.

Del mito y la Historia, a la novela

Mito y ficción narrativa, mito y novela estuvieron desde siempre vinculados, como que la ficción reescribe, en la vida de sus personajes, los hitos simbólicos del periplo mítico, sin que se reduzca por ello la singularidad estética de cada obra a una grilla arquetípica. Desde ya, se trata de un fenómeno literario universal, al que no escapa la literatura argentina. De Adán Buenosayres a Rayuela, de Los siete locos a Sobre héroes y tumbas o Eisejuaz, es posible seguir, con diversas inflexiones y resultados, este crucial itinerario. Sobre héroes y tumbas trabaja doblemente sobre el paradigma: los héroes novelescos que luchan por encontrar un sentido a sus vidas en el presente del relato, y los héroes de la Historia nacional, en el plano evocado. Pero Lavalle, figura del panteón escolar, no es contemplado en su acción victoriosa, sino en la derrota y en la huida de los suyos, y juzgado (a la vez que compadecido) en sus errores. Paralelamente, en el primer nivel narrativo, el ingenuo Martín va perdiendo su ingenuidad y su fragilidad, y el “héroe negro”, Fernando Vidal Olmos, ingresa en un viaje tenebroso hacia el autoconocimiento.

Los personajes de la Historia, aplanados y manipulados por las necesidades y maniobras de la hora política, suelen recuperar en el ámbito polisémico de la literatura personalidades mucho más ricas, ambiguas y complejas. Los poderes de la ficción les han jugado trampas a los mismos que, desde una óptica de partido, se lanzaban a la condena o la apología. El célebre Facundo sarmientino resulta en esto emblemático. Como héroe narrativo, el caudillo riojano está cerca del héroe titánico fundacional, en cuanto a su carácter de numen poderoso, más allá de la moral corriente; se hermana tanto a personajes míticos fascinantes y siniestros (la Medusa) como al tigre que le da su apodo, y es también el representante antropológico de “la manera de ser de un pueblo”. En otro mundo, en otro tiempo –concede Sarmiento–, sus cualidades innatas hubieran hecho de él un Napoleón o un César. En los salvajes llanos argentinos, en medio de una sociedad disuelta, no llega a ser un ciudadano, sometido a una ley objetiva, superior a su arbitraria voluntad, pero sí posee (como lo reconoce en su meditación del Día de los Muertos de 1885) la estatura de un héroe primitivo: un Ayax o un Aquiles.

Muy lejos del prócer se halla el Rosas construido por José Mármol enAmalia. Sin embargo, el héroe “bueno” de la novela, Daniel Bello, está peligrosamente cerca de este “villano” memorable: ambos comparten ciertos rasgos de carácter (determinación fría, capacidad de cálculo), de conducta (utilizar cualquier medio para conseguir sus fines) e incluso hábitos y prácticas que relacionan a ambos con el horizonte de la vida rural gauchesca.

Ni personajes míticos ni figuras plenamente humanas instaladas en el mundo real, con sus intereses económicos y sus contradicciones, nuestros héroes reconocidos quedaron a la espera de un debate que en efecto se produjo en las últimas décadas, tanto de la mano de la novela histórica, como de la historiografía académica y de divulgación, para “humanizarlos” y reinsertarlos junto a los actores populares en los procesos históricos concretos. La novela contemporánea ha estado dispuesta a ver los claroscuros de los héroes tradicionales, a crear para las figuras del panteón establecido espacios de intimidad donde no se permitían o eran inexistentes (un caso notorio: Ese Manco Paz, de Andrés Rivera), así como a incluir en la épica nacional, con relieves individuales, a las figuras del “bajo pueblo” (aun a los esclavos) borradas, o presentes apenas como telón de fondo, en la memoria oficial. También se ha preocupado por develar otro lado en sombra: la participación histórica de las mujeres, no sólo como madres y esposas, ayudantes y oponentes de los héroes, sino como heroínas cofundadoras.

Histórica o no, la novela sigue reescribiendo el difícil itinerario de los seres humanos a través de las pruebas de la vida. Desde luego, la (auto) revelación no siempre es el premio, o bien, existe, pero es trágica y oscura. Jacobo Deza, el intérprete de vidas y anticipador de conductas, protagonista de la trilogía Tu rostro mañana, de Javier Marías, descubre en ese rostro futuro su propia e insospechada capacidad para el mal. También entiende que, como en la vieja épica, aunque a menudo en clave paródica y grotesca, la mayor pulsión que mueve a los hombres es la de realizar “hazañas” que merezcan ser contadas, para sobrevivir en el relato. En un mundo donde el “ojo de Dios” y su Eterna Memoria han desaparecido, el producir hechos que permanezcan en la memoria de los otros humanos (aunque estos hechos se hallen en las antípodas de lo elogiable) parece ser el último refugio del melancólico “héroe de nuestro tiempo”.

Revista Ñ – 20 de febrero 2010

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  • 2010

En El sentimiento de inseguridad. Sociología del temor al delito (publicado por Siglo XXI Editores), el sociólogo argentino Gabriel Kessler analiza las razones de una problemática tan ligada a los delitos reales como a las condiciones de posibilidad de los mismos. Durante la entrevista, bien lejos de la dicotomía “sensación de inseguridad versus inseguridad de hecho”, el autor traza un mapa comparativo del tema en el mundo contemporáneo. Consultado sobre la noción de defensa personal, Kessler reubica el temor cerca del odio y del amor y se atreve a pensar la inseguridad informática en las redes sociales.

Ante todo, pero al final de la conversación, Gabriel Kessler sostiene que, a su juicio, en la clase política argentina hay de todo: hay expertos en seguridad que saben mucho, son respetables y merecen atención, y hay otros que no saben nada. Ante las preguntas sobre algunos nombres encargados de ese área a nivel nacional, provincial y municipal, Kessler dice que el tema es complejo. O molesto: “a algunos es un tema que les molesta. A otros no” señala y plantea la necesidad de que haya más presencia en la Argentina de políticas de seguridad innovadoras, diferentes del clásico hincapié en la acción policial y en las medidas legales.

¿Cómo sintetizaría la noción de inseguridad que más circula hoy en la sociedad argentina?

En principio, inseguridad no es sinónimo de ruptura de la ley, de delito, ni siquiera de todos los delitos violentos y se experimenta como una especie de amenaza aleatoria que puede abatirse sobre cualquiera (en particular, sobre los cuerpos pero también sobre los bienes) en el espacio público o privado. Lo central de la definición de inseguridad en el caso argentino, a diferencia de lo que sería esa definición en otros países latinoamericanos, es esta idea de aleatoriedad: la idea de que no hay ningún lugar seguro ni inseguro. Y también lo que yo llamo la “desidentificación relativa”: es decir, el objeto de temor en muchos casos está bien definido respecto a algunas figuras históricamente estigmatizadas, como por ejemplo jóvenes varones de sectores populares; también hay una sensación de que “cualquiera puede robarte”, como solían decirme en las entrevistas. Entonces, en countries se relatan robos de personas vestidas con saco y corbata, como si fuera un vecino más; en algunos negocios de barrios populares, habíanse producido robos por parte de parejas de ancianos o de una chica con un bebé en brazos. Entonces, esta “desindentificación relativa” y esta deslocalización, si uno lo compara con las tasas de delito reales, no es tan así: o sea, uno puede marcar en cada ciudad argentina cuáles son las zonas en las que se producen más delitos y cuáles en las que menos. Esta idea no coincide necesariamente con lo que uno ve en los datos objetivos. Pero la inseguridad no es ni totalmente objetiva ni totalmente subjetiva. Por ende, frente a esa diferendo “político – mediático” de hace bastante tiempo sobre si la inseguridad es una sensación o es algo real, son las dos cosas: esa diferenciación no tiene sentido, porque la inseguridad, dado que no es igual a delito ni es sinónimo de todos los delitos, siempre expresa una demanda sobre lo que se considera un umbral insatisfecho y mayor del riesgo que se vive en el espacio público. Siempre tiene un costado político, en el sentido que expresa hacia el Estado una insatisfacción con una no aceptabilidad de lo que se percibe como un nivel dado de delito. Y siempre tiene un costado de sensación – tal como el amor y el odio, por ejemplo, son sensaciones y no por eso son menos reales – y ése es el rasgo central del sentimiento de inseguridad.

¿Qué otras “inseguridades” sufre hoy el mundo occidental?

Si el rasgo central de la inseguridad en Argentina tiene que ver con esta aleatoriedad del delito – la imagen de un delito poco organizado, que no respetaría en apariencia códigos de dosificación de violencia del pasado – en otros lugares de América Latina, por ejemplo en México, en Brasil, en Colombia y en algunos lugares de América Central, la sensación de inseguridad ligada al delito no tiene que ver con la aleatoriedad, sino que está más ligada al crimen organizado en sus distintas dimensiones: el narcotráfico y las formas que tiene la venta de drogas, por ejemplo. Esto hace, a mi entender, que más allá de que las tasas de delito conocieron en las dos últimas décadas un incremento importante (alrededor del 250% en nuestro país), yo creo que la imposibilidad de fijar en determinados lugares, en determinados grupos, la mayoría del riesgo, contribuye a que la sensación de inseguridad sea muy fuerte. Porque la sensación es que no se puede fijar un espacio: es un tema central para marcar un primer punto de diferenciación con otros lugares de América Latina, en donde también aparece una sensación de inseguridad muy fuerte respecto a catástrofes naturales (que en Argentina aparecen ahora con respecto a las inundaciones en algunas regiones del país). En Europa, y en EE.UU. por supuesto, aparece la idea de la inseguridad ligada a esa supuesta (o real) amenaza terrorista (y eso quizá marca la agenda política). Y en Europa también la sensación es un poco más difusa: en algunos países la amenaza terrorista aparece tematizada (Inglaterra, España, países que han sufrido algún tipo de atentado terrorista); y hay también una superposición de distintos tipos de temores: temores vinculados a las crisis del mercado de trabajo, o a lo que se ha llamado – desde hace ya más de una década y media – la “desestabilización de los estables”. Esto es: la inseguridad laboral. Ese tema sigue presente: no es novedoso, pero sigue siendo central. Y una cierta imbricación, bastante nefasta, entre xenofobia, temor a la inmigración, al delito (como por ejemplo uno ve con una virulencia increíble en países como Italia). Pero de un modo u otro, esa combinación, esas imágenes estereotipadas y prejuiciosas, aparecen dependiendo de cada país.

¿Qué relación podría existir entre las patologías del miedo contemporáneo y la presencia del tema de la inseguridad en los medios?

Antes, en muchos medios, había toda una estética para contar el tema. Pienso en el antiguo diario Crítica, en Fray Mocho. Es decir, especialistas en contarle a la sociedad lo que estaba pasando. En ese sentido, no es novedosa la presencia del delito en los medios. Sí quizás la forma: ahora los medios tienen la posibilidad de estar en vivo y en directo en cualquier lado. Puede haber entonces una presencia muy fuerte en el lugar del crimen; las víctimas pueden hablar. También los medios digitales, que mantienen al delito que se está produciendo en un lugar determinado constantemente, contribuyen a mantener una especie de omnipresencia del hecho. El delito era algo que estaba más ligado a lo macabro, con figuras que estaban en la frontera de lo humano y eran monstruosas. Es decir, el delito era la excepción y no la regla. Pero cuando empieza a ser considerado un problema de toda la sociedad, y a forjarse la idea de la inseguridad, ahí hay un cambio. Y en el caso argentino, esto se da en los años 90, con el aumento del delito vinculado a la cuestión social. A mi sorprendía algo que yo veía en pueblos o ciudades del interior en donde no pasaba prácticamente nada malo (y había consenso sobre eso), la presencia del noticiero presentando desde Buenos Aires el saldo de inseguridad de la jornada, contribuía a avizorar un futuro temible, una especie de angustia futura. Ahí podría haber alguna relación. Pero cada época tuvo temores diferentes.

¿Qué inseguridad puede generar la Web y, sobre todo, las redes sociales, en las que millones de usuarios vuelcan sus datos reales e incorporan materiales de sus vidas?

A mi me parece que Internet preserva el cuerpo, hasta que uno desee lo contrario. Y preserva determinadas partes de la intimidad: uno puede mostrar ciertas partes de sí, sin poner en riesgo el cuerpo que es donde reside la sensación de inseguridad. En ese sentido, yo creo que con la inseguridad pasa algo que no es como lo que en general se dice, que es que genera que los jóvenes se encierren, y tengamos una generación de gente temerosa que hace su vida entre muros; sino que, lo que uno ve en aquellos que se han criado con la inseguridad, es que con la Web encuentran una manera de gestionar riesgos, usando determinadas estrategias. Los jóvenes no dejan de vivir el espacio urbano – con todo lo que éste implica en materia de promesa de lo diverso- pero tienen resguardos. Y las redes sociales permiten eso. Es lo que yo llamo, retomando a unos antropólogos ingleses, “presunción generalizada de peligrosidad” (esto es: la primacía de la sospecha sobre la confianza). Los usuarios se toman un lapso de tiempo para poder identificar la identidad del otro, y emplean numerosas formas de gestión personal de un servicio como Internet. Muchas personas no lo usan. Pero la mayoría ya si, y se resguardan. Yo conocí el caso de algunos psicoanalistas que recibieron supuestos pacientes nuevos que terminaron robándoles una vez que llegaron a “la sesión”. Entonces, hoy crecieron los reaseguros, el chequeo de la identidad verdadera. Y eso mismo se ve en todos lados. No hay una tendencia unívoca hacia una mayor sociedad de control: hay un juego, como en casi todas las épocas.

¿Qué reflexión le merecen las actividades de “defensa personal”?

Ha aparecido una especie de “boom” de las actividades de defensa personal, pero no creo que haya aumentado realmente eso. Justamente, la idea de defensa personal encierra una contradicción: implica un potencial riesgo. Y en el “decálogo” que circula habitualmente se dice que no hay que oponer resistencia ante el delito. Entonces, me parece que todo lo que ponga en juego el cuerpo marca diferencias de clase. En los sectores altos, el hecho de perder algo tiene un valor un poco menos grave que en los sectores populares, donde muchas veces eso no puede recobrarse. Esto lo vi en mis investigaciones: frente a la pregunta “¿Qué haría frente a un delito?”, en general los sectores medios – altos responden “Entregaría todo” y en los sectores populares, solían responder “Depende”. Hay una cultura diferencial, un lenguaje diferencial de clases.

¿Y la cuestión genérica? ¿Inseguridad es un sustantivo femenino, y seguridad también?

Pero miedo es masculino. La verdad, temor y género es todo un tema. Y de profundas controversias. Todas las mediciones en Argentina y en otros lugares del mundo dan que las mujeres son más temerosas que los hombres, mientras que son las menos victimizadas. Y ahí se da una de las mayores paradojas. Pero es aparente, y hay muchas controversias irresueltas. Muchos dicen que las encuestan no captan formas de victimización cotidiana de las mujeres, en las calles. Hay otras mediciones que muestran que a igualdad de horas de exposición en la calle, los números son iguales para hombres y mujeres. La cuestión de la agresión sexual también tiene importancia. Y también se ha trabajado mucho el hecho de que supuestamente a los hombres les cuesta más declarar que sienten temor: lo que yo he visto investigando en Argentina, es que cuando la inseguridad aparece para todos como un diagnóstico compartido de la realidad, se habilita a los varones para declarar el temor. Pero los varones no dicen “Tengo miedo”, sino “Sentí temor”. Y lo hacen como con una “emoción lógica”. Entonces, hay para mí una forma sexuada de hablar del temor en varones y mujeres. Y cuando se analizan las acciones en contra de la inseguridad (comprar alarmas, por ejemplo) las mujeres no toman esas decisiones. Un dato que cuestiona el supuesto mayor temor femenino, es que en los hogares donde viven mujeres solas se compran menos dispositivos que en donde hay hombres. Hay una diferenciación entre lo que se llaman “reglas de sentir” y “reglas de expresión”.

Publicado por Revista Ñ – Febrero 2010

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  • 19
  • feb
  • 2010

Por Pablo Camogli, Historiador

En El crimen de la guerra, Juan Bautista Alberdi denuncia lo que por aquel entonces ya se había consolidado como método de interpretación y construcción historiográfica: la transformación de los actores bélicos en héroes y próceres. El autor de las Bases no pretendió efectuar una crítica literaria, sino, más bien, una reflexión política ante una realidad nacional que emergía de la violencia y que se pretendía reflejar en un panteón de próceres extremadamente cercanos a esa misma violencia.

En aquel libro, el autor fustigaba casi por igual a San Martín como a sus contemporáneos Mitre y Sarmiento. Al primero, porque lo consideraba simplemente un soldado y, por lo tanto, un hombre incapaz de alcanzar la altura política de un Washington, ya que la gloria de éste provenía de la libertad y no de la guerra. A los segundos, porque los creía culpables del doble crimen de la guerra del Paraguay y del sangriento conflicto interno que, con las montoneras jordanistas, cerraba su ciclo histórico.

Para la conciencia política de la élite liberal que por aquel entonces daba forma a la Argentina moderna, la Nación no sólo se fundaría desde la instauración de lo que Natalio Botana denominó como el “Orden conservador”, sino que, además, sería necesario revestirla de un simbolismo que justificara aquel período genesíaco. De allí la búsqueda de héroes y la configuración de próceres que reflejaran un ideal que, por momentos, parecía surgido del “seno de una leyenda fantástica”, tal la definición de Joaquín V. González.

La necesidad de crear próceres para la naciente patria desembocó en equívocos sobre la valía, el prestigio y los méritos de los individuos para alzarse con el ropaje de la gloria; en definitiva, no siempre un héroe se vestirá de prócer ni un prócer necesariamente será un héroe. Y ello se debe a una dimensión insoslayable del fenómeno: un héroe surge y se consolida en el seno de un pueblo que lo imagina hercúleo; un prócer sólo se materializa allí donde hay una acción institucionalizada que lo sustenta y lo impulsa como icono.

Quizás el ejemplo paradigmático de esto lo encontremos en los perfiles de Martín Miguel de Güemes y de Andrés Guacurarí y Artigas. Blanco hacendado y líder de gauchos el primero; jefe del pueblo guaraní en armas el segundo, ambos cumplieron el mismo rol durante el período independentista: servir de antemural frente al imperio español (Güemes) y al imperio portugués (Andresito). Nuestras actuales fronteras del norte se deben a ellos y es indudable que, tanto uno como el otro, fueron vistos como héroes por sus contemporáneos más directos: los gauchos en el caso de Güemes y los indios en el de Guacurarí.

Pese a ello, uno es un prócer indiscutido de nuestra historia y el otro todavía deambula en el ostracismo historiográfico, más allá del esfuerzo de algunos historiadores misioneros por rescatarlo.

Quizás Alberdi, enfrascado en la polémica frente a quienes ya le habían ganado la partida política en su país, vislumbró que era necesario desarticular aquel panteón que se gestaba al calor del positivismo decimonónico. Claro que ello sólo se lograría en la medida en que el orden que gestó esos próceres fuera cuestionado por la propia sociedad, la que, necesariamente, recurriría a nuevos héroes para avanzar hacia su próxima utopía.

Hay una figura que parece haber sobrevivido a todos los revisionismos: la de José de San Martín.

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  • 19
  • feb
  • 2010

Por Martín Kohan

¿Cuál es el San Martín verdadero? ¿El anglófilo o el anglófobo? ¿El cristiano o el masón? “Admite todas las versiones –sostiene Kohan– incluso si se contradicen.”

Los libros sobre San Martín que no dicen nada nuevo no son menos indispensables que los libros que aparecen para decir algo que no había sido dicho antes o que no se recordaba que se hubiese dicho antes. Hay libros que aportan una novedad o que al menos lo pretenden; así, por ejemplo, el libro de Rodolfo Terragno que consignaba que el plan colosal de cruzar la cordillera de los Andes para luego liberar a Chile y por fin liberar a Perú fue tomado por San Martín de un inglés llamado Maitland; o por ejemplo la pretensión de José Ignacio García Hamilton de que nuestro Padre de la Patria no fue hijo regular de quienes siempre creímos que era, sino hijo irregular de su rival Alvear y de una india de ocasión. En estos libros había una novedad, o una ambición de novedad por lo menos, y en ese aporte encontraban en gran medida la justificación de su existencia. Pero no están menos justificados los libros que aparecen y no innovan, los que no hacen explotar entre sus páginas alguna revelación inesperada, los que vuelven sobre lo dicho y narran lo ya narrado. Porque la vida de San Martín es un cuento que siempre queremos que nos cuenten otra vez. Queremos que nos lo repitan, queremos oírlo de nuevo, queremos leerlo de nuevo. Y no para encontrar otra cosa; queremos oír de nuevo lo mismo, queremos leer de nuevo lo mismo. Queremos de nuevo la misma historia de siempre.

El libro que publica John Lynch cumple con este vital requisito. John Lynch es profesor emérito de la Universidad de Londres y director de su Instituto de Historia de América Latina; en libros anteriores se ha ocupado de la colonización española de América Latina, del reinado de Carlos V y de la vida de Simón Bolívar. Ahora ofrece San Martín. Soldado argentino, héroe americano. ¿Qué clase de San Martín nos propone Lynch? El mismo de siempre, que es el que importa. ¿Y qué hace Lynch con él? Nos lo confirma, lo ratifica, refuerza la dosis, subraya y asienta. ¿En qué héroe está pensando este historiador inglés en su libro: en el San Martín de la escuela o en el San Martín verdadero? La disyuntiva es vana y engañosa, porque el San Martín de la escuela es el San Martín verdadero. ¿De qué sirve preguntarse si hay verdad en el mito, cuando lo poderoso del mito es que produce verdad y no que sea verdad? El mito del héroe es la verdad del héroe; el bronce sanmartiniano es la prueba de su autenticidad.

La versión de John Lynch es versión en sentido estricto: variación sobre lo mismo. Con las garantías de la documentación fehaciente y el atractivo de la amenidad narrativa, nos procura a un San Martín que es otra vez el héroe de miras más altas, el paladín sin ambiciones personales, el mártir de los renunciamientos, el sacrificado que relegó la vida familiar, el prócer ecuánime que no quiso derramar sangre fraterna, el complemento simétrico de Simón Bolívar (mejorado por la modestia y el sentido de la discreción). Es la historia que conocemos del prócer que conocemos; es la historia de su vida y es también la historia de nuestro mito de origen. La vibración épica que imprime parejamente sobre una historia plagada de hazañas heroicas y de abnegaciones no menos heroicas nos señala a cada momento, como si hubiese que parafrasear al prócer, lo que somos y lo que debemos ser.

Decir fábula en este caso no supone decir falsedad, ni tampoco tergiversación. Esa clase de lucha, la de la verdad contra la mentira, la dirime cada historiador con su respectivo arsenal de pruebas y con la estrategia de validación que escoge o que le toca. Decir fábula supone decir también verdad, pero otra forma de verdad, una verdad de otra especie. Que se agrega a la verdad de los hechos, a la verdad constatada, y se combina con ella. Porque con relatos de esta índole, los relatos de la vida de un héroe nacional, la verdad de lo que fue se vuelve imposible de separar de la verdad de lo que significa. Aunque no se trate de literatura ni quieran serlo, participan a su manera del mundo del artificio narrativo, y las cosas que se cuentan resultan indisociables de la forma en que son contadas. En la verdad de lo acontecido existe José de San Martín, pero es sólo con la potencia fabulosa de la verdad de la significación que un Padre de la Patria emerge y se consagra.

John Lynch ajusta y actualiza el régimen de verdad que va a respaldar su relato. Distingue fuentes seguras de premisas establecidas pero discutibles, recusa documentos apócrifos o denuncia falta de pruebas, distribuye dudas y credibilidades; distingue a lo lejos un más allá de la certeza: lo que “no se sabe”, y en el medio un territorio lo menos extenso posible donde habita lo conjetural, lo que hay que suponer, lo que es solamente probable. Llegado el caso, recurre a Mitre, pero si hace falta también cuestiona sus exageraciones. Apela a miradas de aquel tiempo, como la del General Paz, pero también a perspectivas contemporáneas como la de Patricia Pasquali o la de Rodolfo Terragno. Es decir, en fin, que como todo historiador meticuloso establece su propio dispositivo de certidumbres y consistencias, para que en ese pedestal se sostengan tanto su biografía como su biografiado.

Ahora bien, en esto como en todo, no existe repetición sin que exista diferencia. Lynch nos provee su San Martín no para que lo conozcamos, sino para que lo reconozcamos: a eso apuntará por necesidad cualquier lectura argentina de su libro. Pero a la vez, si bien confirma, también modula inflexiones que son muy propias. El San Martín que compone John Lynch es expresamente un “anglófilo San Martín”, que marcadamente “puso sus ojos en Gran Bretaña” y que obtuvo a cambio la recompensa de que “siempre hubo un sesgo británico a favor de San Martín”. A lo largo de la narración de Lynch, los habituales testigos y allegados británicos de su entorno se multiplican hasta el punto de dar la impresión de que casi no hubo acontecimiento que no se viese registrado por una mirada británica (un comodoro inglés, un viajero inglés, un general inglés, un cirujano inglés, un ministro británico, el cónsul británico, un oficial de la marina británica, otro viajero inglés, un viejo amigo de Londres, otro comodoro inglés, un capitán inglés, un observador inglés, un marinero escocés, una inglesa que lo conoció en Chile, un agente británico, un amigo irlandés) y que es por ese registro en gran parte que llega hasta nosotros.

Resulta igualmente notoria la disposición de Lynch a asegurar a un San Martín recatado (para lograrlo, administra sus fuentes: prefiere al recio soldado de José Pacífico Otero antes que al “santo de la espada” de Ricardo Rojas). Lynch decide un San Martín sin infidelidades para con la pobre Remedios, y desestima por “chismosos” los rumores en sentido contrario: ni amoríos con la atractiva criada mulata en Mendoza, ni un hijo no reconocido con Rosa Campusano en Lima. El esmero de John Lynch por hacer de San Martín un héroe perfectamente recto en su vida personal, con más celo aun en ese rubro que el que tuvieron sus apólogos vernáculos, entra en consonancia con su marcada voluntad de alejarlo de la masonería y aproximarlo lo más posible a la religiosidad cristiana. Para Lynch no existen pruebas de que San Martín “llegara realmente a formar parte” de la Logia de Cádiz; el carácter masónico de esas logias le parece dudoso; y su incidencia en la revolución de independencia, relativo o nulo. Apartando la influencia historiográfica de Mitre sobre esta cuestión, Lynch aparta a San Martín de la masonería; a cambio subraya que “parece haber acogido bien” el modelo de “un general cristiano, apostólico y romano” que le inspirara Belgrano, y que si bien pudo dar muestras de “una actitud sardónica hacia la Iglesia institucional”, no lo hizo respecto de la religión en sí misma.

La visión de un San Martín masón puede herir susceptibilidades religiosas. Como puede también herir la sensibilidad de los nacionalistas anglófobos esta visión de un San Martín anglófilo. ¿Cuál es el San Martín verdadero? ¿El anglófilo o el anglófobo? ¿El cristiano o el masón? ¿El libertador republicano o el monarquista de alma? ¿El prócer al que visita Sarmiento, para la historia liberal, o el prócer que dona su sable corvo a Rosas, para la historia revisionista? Acaso convenga advertir que el verdadero San Martín no es uno u otro, sino un héroe de la plasticidad: un héroe que admite y soporta todas las versiones necesarias, incluso si se contradicen. Su potencia heroica y su eficacia simbólica tal vez no radiquen en la fijeza inamovible de tal o cual posición, sino en la capacidad de su figura para asumir posiciones bien distintas. De ahí su predominio: no hay ninguna versión de la argentinidad que no pueda o que no deba remitirse ante todo a él. Todas las argentinidades posibles: la que rompe con España o la que se deriva de ella, la que odia a Inglaterra o la que la ve como una aliada en las guerras de independencia, la que exalta el militarismo o la que lo limita, la que se expande con ambición o la que se reivindica anticolonialista, la que traza la trilogía San Martín-Belgrano-Sarmiento o la que traza la trilogía San Martín-Rosas-Perón, la que recupera el pasado indígena o la que lo anula; todas, en fin, las argentinidades posibles, pueden contar con San Martín y señalarlo en el lugar de la fundación de su identidad. Esa clase de verdad, que no es una sino muchas, lo consagra una y otra vez, lo diseña invulnerable.

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  • 15
  • feb
  • 2010

 

Las autoridades de Londres ordenan retirar un mural de Banksy

Consideran que se trata de un grafiti –y no de una obra de arte–, y por lo tanto no cumple con las normativas de Westminster City, el distrito de la capital británica donde fue pintado. El mural del enigmático y popular artista, del que se desconoce la identidad, deberá ser cubierto o retirado del lugar.

Un conocido mural de 7 metros de altura de Banksy tendrá que ser retirado de un edificio de Correos de Londres porque las autoridades de la ciudad consideran que es grafiti, según informaron hoy medios locales.

La obra muestra en grandes letras blancas la leyenda “One nation under CCTV” (“Una nación bajo las cámaras de vigilancia”) junto a un par de figuras: un niño subido a una escalera que pinta la frase, y un policía acompañado por un perro, que fotografía al niño-pintor.

El pasado mes de octubre, las autoridades del distrito de Westminster City decidieron que el mural, que se realizó sobre una pared desnuda, debía ser retirado en cumplimiento de las normas vigentes en la ciudad.

Robert Davis, representante del distrito, manifestó que “aprobar este grafiti –porque lo consideramos un grafiti– es aprobar el resto de grafiti que se ven garabateados por el resto de la ciudad”.

Existe la opción de que el mural de Banksy permanezca, pero en ese caso el servicio de Correos tendría que cubrirlo para cumplir con las normativas del distrito de Westminster City.

Un portavoz del Royal Mail declaró a la agencia de noticias PA: “Desgraciadamente, las autoridades del distrito nos han dicho que tenemos que retirar o cubrir el mural”.

Por ello, de momento, se ha optado por instalar un andamio para cubrir el dibujo, a la espera de adoptar una decisión definitiva.

Banksy es el pseudónimo de un popular artista del grafiti, del que sólo se sabe que nació en el sur de Inglaterra posiblemente en 1974.

Su trabajo consiste por lo general en piezas sobre política, cultura pop, moralidad y etnias, combinando escritura con grafiti y representaciones gráficas realizadas con plantillas.

Nunca ha realizado ninguna exposición, pero sus obras se han hecho populares al ser visibles en varias ciudades del mundo, especialmente en Londres.

Fuente: EFE

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  • 13
  • feb
  • 2010

Se han borrado los límites entre legalidad y crimen, dice el historiador y sociólogo italiano

Elisabetta Piqué para La Nación – 3/2/10

No llevan más coppola y lupara, el tradicional sombrero y el clásico fusil de los mafiosos. No son más simples asesinos o delincuentes que escapan de la justicia. Son empresarios y managers de la nueva economía global, que saben idiomas, llevan laptops y se mueven con lógica empresarial.
Según el historiador y sociólogo Francesco Forgione, ex presidente de la Comisión Parlamentaria Antimafia de Italia, así son los padrinos de las mafias italianas del siglo XXI, que él define como “la otra cara de la globalización”.
“La mafia es mafia por su relación con la política y las instituciones”, dice Forgione. El es calabrés, de 49 años, autor de Mafia export , un libro recién salido en Italia que, por primera vez, cuenta cómo las tres principales mafias italianas -la Ndranghetta calabresa (hoy la más global y potente), la Cosa Nostra siciliana y la Camorra se han trasnacionalizado.
“La mafia es el único producto made in Italy que no conoce la crisis”, dice irónicamente Forgione, periodista y escritor comprometido desde hace años en la lucha contra la criminalidad organizada, que debe moverse con escolta desde hace 15 años.
“Las mafias italianas, por medio de su sistema de empresa, su coparticipación accionaria en sociedades e institutos de crédito y una extraordinaria capacidad de movimientos financieros de un rincón a otro del mundo, han conquistado un lugar protagónico en la globalización”, afirma.
¿De qué forma?
Las mafias contribuyen, como si fueran pequeños Estados, en la formación de ese PBI mundial que se alimenta de la denominada economía canalla. Ndranghetta, Camorra y Mafia registran una facturación anual de entre 120 y 180 mil millones de euros. Sólo un 40 o 50% de esta gran masa de riqueza se reinvierte para regenerar las actividades criminales: contrabando, tráfico de droga y armas, pago de “salarios” a los afiliados, asistencia a los arrestados y sus familias; el resto, en mil formas y mil modos, entra en la economía legal.
Usted en su libro menciona a la Argentina…
Desde la Argentina las rutas de la cocaína van hacia las costas africanas, donde hay lugares que se han convertido en verdaderos puertos francos para el arribo y para la partida de la droga hacia el Mediterráneo.
¿Pero hubo un salto cuantitativo de la Argentina?
No. A medida que se determina una forma de represión mayor que el narcotráfico en Colombia o en Brasil, los puntos de partida se corren hacia la Argentina, o viceversa. No hay una regla.
Usted dijo que en la crisis al único made in Italy que no le va mal es a la mafia…
Claro, porque las mafias tienen una cantidad de riqueza líquida, producida sobre todo por el tráfico de cocaína y de droga, en momentos en que la economía es de papel. Por eso hay que estar muy atentos en esta fase de crisis para tratar de entender adónde, también gracias al concurso de algunos bancos, terminan los capitales criminales y los capitales mafiosos.
¿Es decir que también los bancos son un problema?
¡Los bancos son el verdadero problema! El sistema bancario, detrás de la exigencia del secreto en los movimientos de las transacciones financieras, ha representado el instrumento fundamental que las mafias han tenido para reinsertar su dinero en la economía legal.
Usted dice que el mafioso no es más el que tiene la coppola y la lupara…
Claro. No sería pensable esta fuerza económica de las mafias sin la connivencia de un estrato burgués de escribanos, contadores, profesionales, “inmobiliaristas”. Esta es la otra cara de las mafias.


¿Y también la relación con los políticos?

Esto es fundamental. Si no hubiera habido una relación con la política y las instituciones, no habríamos tenido mafias, sino formas normales de criminalidad. Se convierten en mafias porque tienen conexiones con el poder político, con el poder económico y con el poder financiero.
__________________________
FRANCESCO FORGIONE
Historiador y sociólogo
Edad: 49 años.
Nació en: Calabria, Italia.
Profesor: enseña Historia y Sociología de las Organizaciones Criminales en la Universidad de LAquila.
Vigilado: por el tenor de sus libros (entre ellos, Amigos como antes. Historias de mafia y política en la Segunda República), vive con custodia especial desde hace quince años.

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  • 13
  • feb
  • 2010

Documenta en un libro la presencia mundial de las mafias de Italia y alerta que “México corre el riesgo de volverse un narcoestado

Periódico La Jornada – México 13-2- 2010

De acuerdo con Francesco Forgione, autor del volumen Mafia export (come’Ndrangheta, Cosa Nostra e Camorra hanno colonizzato il mondo), de reciente publicación en Italia, “los grupos delictivos de México representan hoy una de las rutas fundamentales para la cocaína y la mafia italiana calabresa de la ’Ndrangheta, distribuidora mundial de esa droga”.

Forgione, quien ocupó el cargo de presidente de la Comisión del Parlamento italiano contra la mafia, entre 2006 y 2009, ha realizado una documentada investigación en torno a cómo se han infiltrado las tres principales mafias italianas en el mundo, cómo se han globalizado económica y financieramente y cuáles son sus alcances y dimensiones.

A diferencia de una de las más relevantes y esclarecedoras crónicas sobre la camorra, escrita por el periodista italiano Roberto Saviano, en su libro Gomorra, por el que tiene que permanecer oculto debido a las amenazas de muerte, el libro de Forgione documenta una de las mayores exportaciones de Italia a nivel global: la delincuencia organizada.

De visita en México para, entre otras actividades, presentar dicho volumen en el Instituto de Cultura Italiano, el también sociólogo estuvo acompañado por los investigadores y académicos mexicanos Germán Castillo y Samuel Gonzáles Ruiz, quienes citaron y refrendaron las apreciaciones y afirmaciones de Forgione.

Hipocresía de los gobiernos

En el caso de los grupos delictivos de México y su impetuoso crecimiento en el tráfico internacional de drogas, refirió Castillo, “Forgione lo hace mediante la historia de una familia calabresa ’Ndran-gheta que se avecinda en Nueva York, donde la falsa fachada de una pizzería sirve como oficina de representación internacional”.

De acuerdo con Castillo, quien cita al autor: “Los cárteles de Tijuana, Juárez, Golfo y Sinaloa son las principales organizaciones vinculadas con la mafia italiana, mientras otros como La Familia, sólo han adoptado algunas prácticas como el cobro de protección, un impuesto de la mafia italiana que es conocido como pizzo”.

Continua Castillo: “Nicola Grattierim, fiscal antimafia de Regio Calabria, ha señalado que los mexicanos han contactado con la ’Ndrangheta porque, aunque tienen el monopolio del narcotráfico en Estados Unidos, quieren entrar en el mercado europeo. Las investigaciones indican que Los zetas, brazo armado del cártel del Golfo, son el principal socio de la mafia calabresa, pero no el único.

“Es claro que las organizaciones mexicanas del narco y los más importantes grupos de la mafia italiana han fortalecido sus nexos en el último año, con cocaína y drogas sintéticas como mercancías principales, desplazando a grupos colombianos que trasiegan drogas, según información del Departamento de Justicia de Estados Unidos y de la Procuraduría Antimafia de Italia”, refirió Castillo.

Forgione resalta que el peligro de que esa violencia perdure en México, es que penetre en la sociedad en forma de indolencia, indiferencia, de inmovilidad por el miedo que en ciertas zonas existe, por lo que es necesario, por un lado, endurecer leyes contra el crimen organizado y, por otro, insistir en el terreno de lo social.

Lo anterior, abundó el académico mexicano, “sirve para ilustrar la opinión del ex parlamentario italiano, en el sentido de que México corre un serio riego de convertirse en un narcoestado”.

En su investigación, Forgione, continuó Castillo, “exalta la guerra entre los cárteles y las más de 6 mil 200 ejecuciones del 2008. Solamente Ciudad Juárez es considerada la más peligrosa en el mundo con mil 600 ejecuciones en el mismo año. Y Forgione abunda con una cuenta trágica y macabra cercana a 200 decapitaciones, con fines de demostración de fuerza, para someter a las población de ciudades enteras y regiones al querer de los nuevos patrones”.

Castillo, destacó al igual que González Ruiz, que el trabajo de Forgione traza y expone por primera vez una serie de mapas geocriminales, que exhiben los principales proyectos de colonización económica mafiosa, especie de fotografía del estado actual de la globalización oculta.

En su momento, Forgione explicó que su investigación busca exponer “la hipocresía (presente en todos los países del mundo) de las autoridades políticas y financieras, así como demostrar que las mafias italianas (la Cosa Nostra, la’Ndrangheta y la Camorra), han ido paulatinamente colonizando el mundo, pues se trata de una historia que en un principio fue de inmigración, luego económica, social y moderna”.

Este libro, comentó, presenta mapas completos de las familias mafiosas, su infiltración país por país, abarcando prácticamente todo el mundo. Está documentado seria y profundamente, pues uno de los objetivos es buscar a la mafia, donde ésta no se ve. Tiene una narración ágil y mediante diversos apuntes tanto históricos como contemporáneos se documenta cómo las mafias son la otra cara: la globalización oculta.

Hoy día, abundó el autor, “la dimensión de las mafias en el mundo es principalmente financiera, cuya participación o coparticipación en sociedades e instituciones crediticias, les permiten una extraordinaria capacidad de movimientos financieros de un rincón a otro del mundo, conquistando así un lugar protagónico en la globalización.

Tales movimientos no se ven y eso alimenta la hipocresía de gobiernos e instituciones. Y por esa razón no combaten a la mafia en su real dimensión, es decir, financiera y social; sólo lo hacen en la parte criminal.

Los bancos son el verdadero problema! El sistema bancario, escudado en la exigencia del secreto en los movimientos de las transacciones financieras, ha representado el instrumento fundamental que las mafias han tenido para reinsertar su dinero en la economía legal, citó Castillo al autor.

Forgione explicó la acumulación económica de cómo un kilo de cocaína, por ejemplo, “en manos del productor cuesta alrededor de mil 200 dólares, en manos del narco vale 25 mil dólares, en manos de la mafia italiana vale 60 mil dólares y el mismo kilo cuando llega a Nueva York, Milán, París o Londres se multiplica por cuatro, es decir, cada de esos cuatro kilos vale alrededor de 60 mil dólares. Lo que genera 240 mil dólares.

“Esa riqueza va a lavarse generalmente en la economía legal, haciendo perder la frontera entre economía legal e ilegal. En ocasiones se comercian sólo pocos kilogramos, pero también grandes cargamentos.”

Auténticos holdings

Forgione ofreció más datos. Las mafias italianas anualmente producen una riqueza de 150 mil millones de euros, y 30, 40 por ciento se destina a la actividad criminal clásica: tráfico de droga, de armas, de personas o prostitución y el salario de los afiliados; 60 por ciento se destina a la economía legal.

De acuerdo con el autor, la ONU asegura que 5 por ciento del producto interno bruto global es capital de la mafia.

Las mafias “han sabido adaptarse a la globalización y más allá de sus manifestaciones más sanguinarias, se han convertido en auténticos ‘‘holdings económico-financieros criminales”, terreno en el que deben ser perseguidos, combatidos y derrotados por los gobiernos. Es necesario arrebatarles su riqueza para que dejen de tener poder, ya que si lo hacemos sólo desde los tribunales, no se consigue nada.

A Forgione no le gusta hablar de su seguridad o de la escolta que lo protege, pues considera que la lucha contra la mafia y su globalización no es de superescritores, superpolicías o supermagistrados, sino que, además de las medidas que debe tomar el gobierno, debe ser un movimiento social organizado.

Mafia export esboza por primera vez mapas de la penetración de las mafias italianas en Alemania, España, Suecia, Canadá, Gran Bretaña, Estados Unidos, Colombia, Brasil, Venezuela, Australia y México, entre muchos otros.

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  • 13
  • feb
  • 2010

Desde el filme Sherlock Holmes –y su fuente, las novelas de Conan Doyle– hasta la serie televisiva Dr. House, ponen en escena a protagonistas avezados en la lectura de ciertos indicios, ya sean huellas o síntomas. Esa peculiar forma de llegar a la verdad fue objeto de estudio de Charles S. Peirce, cuya teoría de los signos es clave para la semiótica.

La respuesta al siguiente interrogante podría buscarse en “Pierre Menard, autor del Quijote”, el cuento de Jorge Luis Borges: ¿cómo leer, o como reescribir, a Sherlock Holmes después de Gregory House?

La última versión cinematográfica de Sherlock Holmes (2009), dirigida por Guy Ritchie, parece por momentos (muchos momentos) una versión decimonónica de la serie de televisión House M.D. (2004). Se argumentará que Holmes es anterior a House, y eso es cronológicamente incuestionable, pero a su vez Holmes es posterior a House, y esto es gramaticalmente cierto. De otra manera: aunque Jack Bauer y Jason Bourne son posteriores a James Bond, las últimas dos películas de la saga de 007 (Casino Royale y Quantum of solace, de 2006 y 2008) no pueden ser leídas sin la serie 24 ni la trilogía de Bourne.

Escribió Borges, sobre Pierre Menard: “Las cláusulas finales –ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir– son descaradamente pragmáticas”. Lo son, y por eso vale recordar que por detrás de Holmes y de House, y también por delante de ambos, hay un señor llamado Charles Sanders Peirce. El semiólogo húngaro Thomas A. Sebeok comenzó su libro de 1980, You know my method. A juxtaposition of Sherlock Holmes and C. S. Peirce, con una doble cita. Holmes: “Yo nunca hago conjeturas”. Peirce: “Debemos conquistar la verdad mediante conjeturas, o no la conquistaremos de ningún modo”.

Está claro que Holmes, y también House, conjeturan todo el tiempo. Lo interesante es que acierten tan seguido. La diferencia con Peirce es que si bien éste hacía conjeturas, también hacía conjeturas acerca del funcionamiento de las conjeturas. Holmes y House dicen: “Tiene una mancha de barro en el pantalón, ¡estuvo en el cementerio!”. Peirce, en cambio, desarrolló un modelo teórico para explicar cómo una mancha de barro puede convertirse en índice de una visita al cementerio: cómo se convierte en signo.

Peirce fue un pensador asombroso. Su obra es compleja, heteróclita, erudita e inacabable. Hablar sobre ella “en resumidas cuentas” supone predicar a conversos. Y aún quienes se especializan en su obra, poco saben sobre sus avatares personales. ¿Y cómo leer la biografía de Peirce después de Gregory House? Al echarle un vistazo, nadie dudaría en llamar a Robert Downey Jr. para que lo interprete en la pantalla grande.

Tuvo una vida zigzagueante, marcada por malas decisiones y por una peor suerte. Fue un niño prodigio interesado en la química que leía a Richard Whately; creció en un hogar de académicos prestigiosos y ni toda su influencia pudo mantenerlo por la buena senda. Estudió geodesia, medicina, matemática, lógica, meteorología, astronomía, fotometría; abrazó a Kant, Schiller, Stöckhardt, Leibniz. Inventó el pragmatismo norteamericano, o eso se cree.

Emprendía negocios que siempre fracasaban, apoyaba la esclavitud, era zurdo, divorciado, racista. Fue un “ñoqui” estatal y lo echaron de casi todos lados. Bebía compulsivamente, era adicto a la cocaína y la morfina. Cada tanto estaba escapándose de la policía o de sus prestamistas.

Fue un bon vivant que amó la buena vida; también durmió en la calle y comió de los cubos de la basura. Editó un solo libro, Investigaciones fotométricas; terminó otros dos, inéditos. Publicó unos 75 artículos y una cantidad similar de recensiones; escribía por dinero, casi siempre escaso o mal invertido. El resto de su obra son manuscritos que, de publicarse, llenarían decenas de volúmenes. Hace casi un siglo que se intenta reunir y ordenar estos papeles, sin mayor progreso; algunos fueron recopilados en los ocho tomos de Collected Papers (los primeros seis se publicaron entre 1931 y 1935, los otros dos en 1958). Pasó sus últimos años en la pobreza, olvidado por las academias, enfermo y escondido de sus acreedores. Cuando murió, su esposa vendió los manuscritos a la Universidad de Harvard por quinientos dólares para comprar un cajón donde enterrarlo.

Y a pesar de todo, Peirce se las ingenió para trazar uno de los proyectos intelectuales más ambiciosos de la modernidad: una teoría del conocimiento fundada en una teoría general de los signos.

Predicando a conversos

La amplitud de la obra de Peirce no fue sólo reflejo de las corrientes intelectuales de época (el evolucionismo, el positivismo científico) ni de su incesante búsqueda del próximo plato de comida. En Signo, su libro de 1973, el semiólogo Umberto Eco escribió: “Ahora empezamos a comprender de qué debe tratar un libro sobre el concepto de signo: de todo”. Algo que Peirce comprendía ya por entonces. No se puede pensar ni conocer sin signos. No hay vida social sin signos.

La meta de Peirce era entender cómo pensamos. Para ello se valió de una exhaustiva sistematización de las ideas, a las que encuadró en tres categorías: primeridad, segundidad, terceridad. Las ideas que entran en la categoría de primeridad son posibilidades, cualidades abstractas, “meras apariencias”. A la segundidad corresponden los eventos singulares concretos, la “realidad bruta” de las cosas y los hechos. La terceridad incumbe a la representación, el orden de la razón, la ley, el hábito: el signo.

Tradicionalmente el signo se definía como una relación entre dos elementos: el signo y aquello a lo que el signo refiere. Peirce propuso un signo conformado por tres soportes (del inglés subject), que son asimismo signos. A los dos elementos existentes agregó un tercero: el interpretante. Atrás quedó la “fantasía” de Aristóteles, la “impresión” de los estoicos, la “representatio” o el “phantasma” de los escolásticos, la “imaginación” de Descartes, la “aprehensión sensible” de Spinoza, la “correspondencia” de Leibniz, la “aprehensión general” de Kant. Fue un borrón y cuenta nueva, aun cuando la noticia pasó inadvertida durante décadas. La lógica, decía Peirce, es otro nombre de la semiótica, y la semiótica tiene como objetivo el estudio de la semiosis. La semiosis es el instrumento que posibilita el conocimiento, es donde se construye la realidad de lo social. Se trata de un proceso triádico de inferencia mediante el cual a un signo (representamen) se le atribuye un objeto a partir de otro signo (interpretante) que remite al mismo objeto (que es también un signo). Este proceso es, por definición, infinito.

La semiosis está presente en todos lados, en todo momento. Como escribió el semiólogo Eliseo Verón, toda producción de sentido es social y todo fenómeno social produce sentido. Los signos no son artimañas conceptuales o imágenes acústicas que sólo están en la cabeza de la gente (como se creyó durante buena parte del siglo XX, cortesía de la tradición saussureana); son cosas empíricas, concretas, que pueden identificarse y estudiarse. Pueden ser vistos, oídos, tocados, percibidos. Caso contrario, Holmes y House perderían sus empleos.

Nacido para perder

Charles Sanders Peirce fue nieto del senador Elijah Hunt Mills y su padre, Benjamin Peirce, fue el matemático norteamericano más importante del siglo XIX. Clichés de niño prodigio: a los once escribió una historia de la química; a los doce ya tenía su propio laboratorio; a los trece cayó en sus manos Lógica de Wately, y se pasó los siguientes años dedicando dos horas al día a memorizar Crítica de la razón pura de Kant. Graduado en Harvard, y por influencia de su padre, trabajó como investigador científico en el Instituto Oceanográfico y de Geodesia durante tres décadas.

Entre 1861 y 1865 tuvo lugar la Guerra de Secesión. La familia Peirce tenía sólidos lazos con el sur, creía que la esclavitud estaba bien argumentada. En 1908 Charles S. Pierce escribió a la filósofa inglesa Victoria Welby-Gregory: “Puesto que soy un pragmatista convencido en materia de semiótica, es natural que nada me parezca tan ingenuo como el racionalismo, y que crea que el destino en política no puede darse con mayor plenitud que en el liberalismo inglés. El pueblo debería ser esclavizado; sólo los esclavizadores deberían practicar las virtudes que son indispensables para mantener su régimen”. De hecho, Peirce solía apelar al siguiente silogismo para ilustrar la deficiencia de la lógica tradicional: “Todos los hombres son iguales en sus derechos políticos. Los negros son hombres. Por lo tanto, los negros son iguales a los blancos en sus derechos políticos”.

Viajó a Europa. Estudió el funcionamiento del péndulo y la aceleración de la gravedad; publicó Observaciones fotométricas en 1878. Entre 1879 y 1884 enseñó lógica en la Universidad Johns Hopkins; logró reunir sólo doce alumnos por clase. Fue su único contrato con una universidad y terminó cuando lo echaron abruptamente. ¿La causa? Zina –apodo de Harriet Melusina Fay– esposa de Peirce y famosa feminista, militaba a favor de que el adulterio fuera castigado con la pena de muerte. Peirce se divorció de ella en 1883, y a los dos días volvió a casarse con Juliette Annette Froissy, a quien le llevaba veinticinco años. Zina echaba humo por las orejas y en Hopkins decidieron ahorrarse el escándalo.

El trabajo de Peirce para el gobierno resultó funesto. Malgastaba los fondos de sus misiones científicas, descuidaba o rompía los instrumentos; en un viaje a París destinó buena parte del presupuesto a un sommelier que lo instruyó sobre la variedad Médoc. Sufría períodos de estrés y permanentes colapsos nerviosos; se iba de juerga en juerga. Su padre murió en 1880 y casi de inmediato se lo pasó a retiro por incompetente. Afrontó un juicio por malversación de fondos públicos, pero fue sobreseído.

Pragmatismo y después

El pragmatismo fue la primera corriente de pensamiento auténticamente norteamericana. Más allá de las discrepancias entre autores y líneas intelectuales, sus pilares son Peirce, William James y John Dewey. Y los tres coincidían en el Club Metafísico, fundado en 1872, donde se reunían intelectuales de las más destacadas familias bostonianas. Se examinaba a Platón, Hegel, Kant; se evadía la presión de los numerosos pastores protestantes devenidos en jerarcas universitarios. Los trazos generales del pragmatismo se encuentran en “Cómo clarificar nuestras ideas” y “La fijación de la creencia”, artículos que Peirce presentó en el Club Metafísico y de cuyas discusiones –aseguró– se nutrió para escribirlos. Pero algunos estudiosos han puesto en duda la importancia de este club, un poco por la ausencia de registros y otro poco por el carácter exagerado de Peirce.

Padecía de neuralgia del trigémino y facial, enfermedad que produce dolor intenso en los nervios. Usaba morfina, cocaína y éter, y no tardó en volverse adicto; lo mismo sucedió con el alcohol. Encima era zurdo, y la zurdera estaba emparentada con la locura. Zurdo, divorciado, racista, borracho y arrogante: nada de eso lo ayudaba a encontrar empleo.

“Peirce estaba siempre sin un centavo –lo describió el matemático Thomas Scott Fiske–, vivía en parte de préstamos de amigos y en parte de cualquier trabajo que conseguía, como escribir reseñas de libros. Era brillante, bajo la influencia del licor o de otra cosa”.

Confiaba en que el siguiente negocio le traería fortuna inmediata. Intentó de todo: construir una planta de energía hidroeléctrica, comerciar un proceso de blanqueo de ropa, poner una escuela de lógica por correspondencia. Nada funcionó.

En 1887 compró una casa rural en Milford, Pensilvania, gracias a la herencia de su padre, donde pasó sus últimos veintisiete años. Y aunque fue en este período cuando escribió gran parte de las 80.000 páginas que acabarían en Harvard a cambio de un entierro, no fueron años fáciles (algunas de esas páginas están escritas por el frente, el dorso y los bordes, pues no tenía dinero para papel). Peirce intentó conseguir un trabajo estable en alguna universidad, pero su mala fama lo precedía.

Los trabajadores que habían reformado su casa lo demandaron por falta de pago en 1894, y una sirvienta lo denunció por agresiones. Las autoridades ordenaron su arresto y estuvo prófugo tres años.

Dormía en la calle y comía donde podía; cuando volvía a su casa tenía que disfrazarse. “He aprendido mucho sobre filosofía en estos últimos años porque han sido años muy miserables y desafortunados, terribles más allá de todo lo que el hombre de experiencia común puede entender o concebir”, escribió en 1897 a su amigo William James, donde aseguraba que hacía tres días que no probaba bocado. “Se me ha revelado un nuevo mundo del que yo no sabía nada, y del cual no encuentro que alguien que haya escrito sepa realmente mucho; se me ha revelado el mundo de la miseria”.

Con la bancarrota llegaron los embargos y los intentos de suicidio. Se la pasaba oculto en el ático para que no lo encontraran sus acreedores; estaba mal alimentado y enfermo. Murió de cáncer el 19 de abril de 1914.

El siglo XX fue el período en que la semiótica se consolidó como disciplina académica. Peirce continuó con su mala racha, aun después de muerto. En 1916 se publicó el Curso de lingüística general, de Ferdinand de Saussure, y durante los siguientes cincuenta años la lingüística y la semiología fueron estructuralistas: el signo era una construcción psíquica binaria. Hubo que esperar hasta 1960 y 1970, cuando las insuficiencias del estructuralismo se volvieron insalvables, para que el modelo peirciano emergiera de las sombras. “Gran parte de mi trabajo no será jamás publicado”, reconoció en una carta a Lady Welby. “Si puedo, antes de morir, dejar accesible algo de lo que otros podrían tener dificultades en descubrir, sentiré que se me puede excusar de otras cosas”.

Teniendo en cuenta lo aportado a la teoría del conocimiento, podrían perdonársele algunas cosas. Las clases de Médoc, al menos.

Gregory House, descaradamente pragmático, lo entendería.

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Peirce Básico

Cambridge, 1839 – Milford, 1914

Filósofo y científico, Charles Sanders Peirce fue uno de los iniciadores de la pragmática y responsable de la teoría de los signos que constituye la espina dorsal de la semiótica moderna. En vida nunca fue aceptado por el sistema universitario a causa de sus posturas políticas y su desordenada vida personal. Su obra apareció póstumamente, aunque la mayor parte de ella sigue inédita. Bertrand Russell escribió: “Más allá de toda duda, Peirce fue una de las mentes más originales de finales del siglo XIX, y ciertamente el más grande pensador estadounidense de todos los tiempos”.

Publicado en Revista Ñ – N° 333

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  • 12
  • feb
  • 2010

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