En el V Congreso Internacional de Educard, bajo el título Innovar en la Escuela, realizado en noviembre de 2009 en Madrid, se analizaron los vínculos de la educación y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.
El cierre del Congreso estuvo a cargo del prestigioso sociólogo español Manuel Castells, quien dedicó su charla a La Educación en la Era de Internet. Una profunda, documentada y controversial ponencia que el catedrático catalán pone sobre la mesa y que merece nuestra especial atención.
Los invito a escuchar la Conferencia de Castells y a pensar.
Entradas para la categoría ‘Investigación Histórica I’
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La Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata está desarrollando materiales de uso en el aula para docentes de Historia.
Son carpetas didácticas que abarcan diversos períodos histórico:
1- La era del imperio (1873-1914/1918)
2- El quiebre del liberalismo y la crisis del capitalismo (1914/1918-1945)
3- Los años dorados en el marco de la Guerra Fría (1945-1968/1973)
4- La crisis del capitalismo y el derrumbe del bloque soviético (1973/1979-1989)
5- Entre lo que se derrumba y lo que emerge (1989/1991)
Las dos primeras carpetas ya están disponibles en Carpetas Docentes de Historia
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El debate de ideas es una práctica que parece que hubiese quedado en el pasado y solo puede tomarse contacto con ella mirando nostálgicamente al siglo XX.
Pero de pronto entre nosotros asomó la sombra del debate intelectual. Abrámosle la puerta y démosle la bienvenida.
El filósofo y escritor José Pablo Feinman y el historiador Norberto Galasso abordan el tema de la significación histórica del 25 de mayo de 1810, y Galasso no duda en enfrentar las ideas de Feinman con dureza y fina elegancia. Que bueno es respirar el aire del debate de ideas.
Aquí van las posturas de uno y otro (y me huelo que esto no terminará acá)
CÓMO SE CONQUISTÓ EL PACTO COLONIAL
Por José Pablo Feinmann
Alguien tan inteligente como el marxista peruano José Carlos Mariátegui –un marxista como no hemos tenido ni uno aquí salvo Milcíades Peña, pero mucho después– jamás consideró que humillaba a su patria (Perú) ni a la entera América latina por considerar que: “Enfocada sobre el plano de la historia mundial, la independencia sudamericana se presenta decidida por las necesidades del desarrollo de la civilización occidental o, mejor dicho, capitalista” (José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Ediciones El Andariego, Buenos Aires, 2005, p. 16). Y añade: “Mr. Canning, traductor y ejecutor fiel del interés de Inglaterra, consagraba (…) el derecho de estos pueblos a separarse de España y, anexamente, a organizarse republicana y democráticamente. A Mr. Canning, de otro lado, se habían adelantado prácticamente los banqueros de Londres que, con sus préstamos –no por usurarios menos oportunos y eficaces–, habían financiado la fundación de las nuevas repúblicas” (Ibid., p. 17). Pero hay quienes afirman que la Revolución de Mayo (a diferencia de las otras de América) tomó el espíritu de las Juntas populares españoles que luchaban contra la España absolutista, hasta 1810. Luego los ejércitos de Bonaparte las borraron del mapa. Pero la Junta de Buenos Aires sería hija de ese espíritu que encarnaron las Juntas Populares. Incluso se llega a afirmar que Cornelio Saavedra (que es el villano de nuestra revolución) no se proponía, como Moreno y sus compañeros: que eran básicamente dos, Castelli y Belgrano, cambiar el orden social establecido, sino cambiar simplemente de virrey. Corrijamos esto: no se puede comparar a las Juntas Populares de la España rebelde, popular y antibonapartista con la mera, individual, Junta de Mayo, que proponía un Ejecutivo mínimo y quedó descalabrada no bien ese Ejecutivo se amplió. Por otra parte, la Junta de Mayo nunca fue popular ni tenía cómo serlo. Moreno, que deseaba ser Robespierre, carecía de una burguesía revolucionaria. Tenía a unos tenderos, a unos mercaderes del puerto que deseaban importar mercancías del exterior e introducirlas en el país. Y a unos terratenientes que buscaban mercados externos donde vender su trigo y sus vacas. De aquí que estuvieran en contra de España. Sólo porque no querían esclavizarse a un mercado único, sino vender a otros. Sobre todo al resto de Europa, que era, para ellos, la verdadera Europa. San Martín llega al país en una nave que lleva por nombre George Canning. Los brillantes intelectuales de la generación del ’37 proponen cambiar el español por el francés. Sarmiento en Recuerdos de provincia, escribe que 500 años de dominio “terrífico” de la Inquisición se teme que hayan achicado el cerebro español. En sus Viajes: “He estado en Europa y España”. Todo está claro: las revoluciones de América del Sur tuvieron como objeto salir del dominio español (algo que lograron con batallas tan heroicas como las de Maipú y Ayacucho) y tener la libertad de formar parte del desarrollo del occidente capitalista.
Cito (para que no se enojen sólo conmigo los que imaginan a un Moreno y a un Castelli prefigurando a un Ernesto Guevara) a Milcíades Peña: “La llamada ‘revolución’ tuvo un carácter esencialmente político. Lo que Mariátegui observó en Perú vale para toda América latina: La revolución no representó el advenimiento de una nueva clase dirigente, no correspondió a una transformación de la estructura económica y social” (Milcíades Peña, Antes de Mayo, Ediciones Fichas, 1970, p. 76). Alberdi, José Luis Busaniche, el entrañable y riguroso Salvador Ferla, el biógrafo de Moreno Boleslao Lewin y muchos otros.
Pero deseo agregar un par de elementos fundamentales. Dejo de lado los pasajes del Plan de Operaciones en que Moreno sugiere entregar la isla de Martín García a Inglaterra para que nos proteja o sus exultaciones sanguinarias (típicamente jacobinas) o sus elogios a la delación. Vamos a otra cosa. Moreno no tenía lo que tuvo Robespierre: una burguesía revolucionaria. Por consiguiente, todas sus brillantes ideas revolucionarias (la expropiación de las grandes fortunas, por citar una) giraban en el vacío. Tampoco era heredero de las Juntas españolas porque su Junta era una y no tenía arraigo popular. Esta figura que dibuja Moreno (la del ideólogo revolucionario sin clase social que en que apoyarse) será también la de Lenin: el revolucionario socialista sin proletariado urbano. Lenin tenía un problema muy simple: si quería hacer la revolución siguiendo las indicaciones de El Capital tenía que esperar 50 años. Que la burguesía se desarrollara y diera origen al proletariado revolucionario. Jamás. Ideó la teoría de la vanguardia. Una élite de intelectuales (que conocían las leyes del desarrollo histórico) formarían un partido de vanguardia y entregarían al proletariado la “ideología revolucionaria” evitando así el pasaje por la etapa capitalista. Esa sería la “dictadura del proletariado”, pero dirigida por una vanguardia que ejercería una tutela ideológica sobre ese proletariado modelando su conciencia revolucionaria y ahorrándole el pasaje por el infierno de la etapa capitalista. Todo esto tenía que terminar mal. El Partido de Vanguardia se convierte en Partido de la Burocracia. La teoría revolucionaria en dogma. El Partido elige a un líder. El líder se transforma en dictador y da inicio a la etapa del culto a la personalidad. Lenin no vio esto porque se había muerto, pero el diagrama le pertenece. Moreno razonaba de un modo similar. No tenemos una clase social que nos apoye. No importa: la vanguardia hará la revolución.
Escribe en el Plan de Operaciones: “Los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice” (La cita está en Filosofía y Nación, difícil de conseguir en estos momentos pero en breve saldrá una edición nueva). Esta frase la ha dicho el numen, la deidad inaugural del periodismo argentino. Hoy, más que nunca, nuestro periodismo cree en ella y trata de ejercerla. (Cada vez, creo, con menos eficacia: las reiteraciones terminan por volverse cruelmente en contra de los reiteradores ante el aburrimiento de los que las reciben pasivamente hasta que advierten que si “mil repeticiones hacen una verdad”, como decía Goebbels, dos mil despiertan la sospecha del engaño.) Pero la ausencia de masas en su proyecto, la ausencia de una clase social poderosa que lo apoye determina su derrota. Cuando escribí el capítulo sobre La Razón Iluminista y la Revolución de Mayo en Filosofía y Nación corría el año 1975. Día a día, en medio de un reflujo de masas más que evidente, la Orga de los Montoneros se había trenzado en una lucha a muerte con las bandas de la Triple A. Fue escrito contra la práctica vanguardista y fierrera de los montos. Ese fue el disparador. Me apoyé centralmente en Ferla, pero esperaba –si en algún momento retornaba la posibilidad de discutir estos temas– exhibirle al vanguardismo montonero sus similitudes con la soberbia morenista. Me dediqué entonces a garabatear algunas consignas morenistas inspiradas en las de la Orga de Firmenich y los suyos. Algunas –además de divertidas– son seriamente conceptuales: Que se sepa/ Que se sepa/ Castelli se curó/ pa’ decirle a los gorilas/ la puta que los parió. O también: ¡Guillotina! ¡Guillotina!/ Para los hijos de puta/ que vendieron la Argentina. O si no: Con Moreno en el alma/ Castelli en el corazón/ Haremos de l’Argentina/ La gran patria jacobina. O por qué no: Si Moreno viviera/ Sería conducción/ Sería lucha armada/ Para la liberación. Aunque: ¿le cedería Firmenich la conducción a Moreno? Una más: Mayo argentino/ Mayo morenero/ Mayo argentino/ Mayo montonero. Otra: Liniers, Liniers/ Gallego y franchute/ Te quisiste rebelar/ Moreno y Castelli/ Te hicieron recagar. Y la última: Si Evita viviera/ sería morenera.
En suma, las “revoluciones” de América latina lo fueron –por completo– respecto de España. Había que expulsar a los godos de un continente que deseaba entrar en la modernidad capitalista. Desde esta perspectiva, la lucha fue a muerte y fue triunfal: el poder español se retiró. Fue derrotado –por el glorioso general Sucre en 1824 en la batalla de Ayacucho– el poder colonial al que estábamos sometidos. Se inicia, a partir de ahí, el pacto neocolonial. América latina se transforma en un continente de monocultivo para cubrir a bajos precios las necesidades de las industrias británicas. Inglaterra, taller del mundo, nos dará todas las mercancías que necesitemos. Pero esa es otra historia. Y no disminuye la grandeza de San Martín, que acaso vino al Plata en la corbeta George Canning para llevar a cabo esa y sólo esa tarea: echar a los godos, derrotar el atraso, abrir las puertas de la modernidad occidental. Acaso en Guayaquil –si Bolívar le confío sus sueños sobre la gran nación bolivariana– le dijo no, lo que yo vine a hacer a este continente ya está hecho. Y se fue. El resto es otra historia. La de la Revolución de Mayo es la que acabamos de narrar.
GALASSO vs FEINMAN
“Sorprende que Feinmann adjudique el antinacionalismo a Moreno y San Martín”, dice Galasso.
Por Norberto Galasso
El artículo se titula Cómo se conquistó el pacto neocolonial (18/04/2010, Página 12) y sorprende que José Pablo Feinmann no mencione a Bartolomé Mitre (trazado de ferrocarriles ingleses en abanico hacia el puerto, empréstitos e instalación de bancos ingleses) y en cambio, le adjudique ese protagonismo antinacional a la Revolución de Mayo, a Mariano Moreno y al General San Martín. Por eso, paso a reseñar lo fundamental del artículo donde encuentro graves errores.
Feinmann reproduce una cita de Mariátegui fundando así su tesis descalificatoria de la Revolución de Mayo: “Los ingleses habían financiado la fundación de las nuevas repúblicas”. Pero esa cita es aplicable a 1824 y no a 1810. Proviene del libro El congreso de Verona, del vizconde de Chateaubriand, quien sostiene: “De 1822 a 1826, diez empréstitos han sido hechos en Inglaterra en nombre de las colonias españolas”. Chateaubriand explica el objetivo colonialista de esos 10 empréstitos, por un total de 20.078.000 de libras y después de demostrar que fueron una estafa –Inglaterra quedó como acreedora por 35.745.000 libras– concluye: “Las colonias españolas se volvieron una especie de colonia inglesa”.
Esto se produce entre 1822 y 1826 y se corresponde con la política de la burguesía comercial portuaria expresada por Rivadavia en el período que Vicente López y Planes llama “de la contrarrevolución”, respecto al período de Mayo (1810-1821) que fue, según señala, el de “la revolución”, cuando se hablaba “de patriotismo” mientras que en la época rivadaviana “se proclamó el principio de habilidad o riqueza” (Carta a San Martín del 4/1/1830). Con esos empréstitos quedaron encadenados al Imperio varios países latinoamericanos –fue el inicio, con Baring Brothers, de nuestra deuda externa– y no existe relación alguna con la Revolución de Mayo. Scalabrini Ortiz enseñó, en Las dos rutas de Mayo, que la de Moreno (nacional y revolucionaria) era antagónica a la de Rivadavia (colonialista). Puede sostenerse que en 1824 nace ese pacto semicolonial que consolida luego Mitre a partir de 1862.
Como al pasar, Feinmann sostiene que “hay quienes afirman que la revolución de Mayo, a diferencia de la otras de América, tomó el espíritu de las Juntas españolas que luchaban contra la España absolutista” y agrega: “Corrijamos esto: no se puede comparar a las Juntas Populares de la España rebelde, popular y antibonapartista con la mera individual Junta de Mayo [...], junta de mayo que nunca fue popular ni tenía cómo serlo”. En primer término, no hay diferencia entre la revolución de Mayo y “las otras de América”, pues en todos los movimientos entre 1809 y 1810, se forman Juntas Populares, como en España, para desplazar a los virreyes, y en todas ellas se jura por Fernando VII, lo que prueba que no tenían inicialmente un propósito separatista y que al igual que las juntas españolas, confiaban en Fernando VII como el posible modernizador de España.
Esa revolución española declara que las tierras de América no son colonias, sino provincias, y propicia la formación de Juntas, cuyo contenido inicial es democrático, no independentista y se tornan separatistas a partir de 1814 cuando la revolución española es derrotada por el absolutismo (hasta 1814 flameó la bandera española en el Fuerte de Buenos Aires). En segundo lugar, es correcto que nos faltó una burguesía nacional unificadora, capaz de consolidar la revolución hispanoamericana. Ni Moreno ni Bolívar ni San Martín tuvieron burguesía nacional en que apoyarse o cuando la había, era muy débil y estaba mentalmente colonizada, como le ocurrió después a Perón en la Argentina. Pero también faltó –o fue muy débil– la española, y por eso volvió el absolutismo a España en 1814. Sin embargo, Moreno sostenía la necesidad del rol del Estado que podría reemplazarla como se ha planteado un siglo y medio más tarde en varios países del tercer mundo (por eso, Moreno, al igual que San Martín, gesta fábricas estatales de armas y de pólvora).
Otro error consiste en afirmar que “la Junta de Mayo nunca fue popular ni tenía como serlo [...] que sus compañeros (los de Moreno) eran básicamente dos”. Por el contrario, eran sectores populares dirigidos por los chisperos o manolos de la Revolución como French, Beruti, Donado, Arzac, Orma, Dupuy, Cardozo, Planes y muchos otros que movieron mil personas en la plaza (el 2% al 2,5% de Buenos Aires; en valores actuales sería una concentración de 80.000 a 100.000 personas). Los enemigos del pueblo tenían en claro lo que era el morenismo: Arroyo y Pinedo lo aborrecía porque “Moreno sostiene que ya todos somos iguales, máxima que así vertida en la generalidad ha causado tantos males” y agregaba: “En estas circunstancias en que el susodicho Moreno se había arrastrado a la multitud”.
El morenismo se continúa después de 1810 con Monteagudo y San Martín. Son los continuadores de Moreno, después de su muerte y tanto es así que la Asamblea del año XIII adopta importantísimas medidas democráticas y antiabsolutistas, iguales a las que aplica San Martín cuando es Protector del Perú: principios fundamentales como la destrucción de los instrumentos de tortura, la abolición de títulos y escudos nobiliarios, la abolición de los tributos que pesaban sobre los indios y la libertad de vientres, entre otras. La confrontación de clases y de proyectos es evidente en esa época. Que la izquierda abstracta pregone que son luchas interburguesas pues ninguno aspiraba al socialismo y, por tanto, despreciables, resulta coherente con su desvinculación con la clase obrera real, pero que lo haga un filósofo de la talla de Feinmann, es lamentable y peligroso.
Asimismo, sorprende que Feinmann no acuse a Mitre del pacto semicolonial y en cambio defenestre a Moreno y, al mismo tiempo, descalifique a Lenin y niegue el protagonismo popular –justamente cuando se multiplican hoy las concentraciones populares– para luego caer en la versión de Sejean de que San Martín fue sobornado en Londres en 1811, y no le interesaba la unión latinoamericana –justamente hoy cuando avanzamos hacia ella con la Unasur y otras expresiones de la Patria Grande–.
Advierto en el artículo de Feinmann algunos otros errores. Por ejemplo, sostener que los terratenientes deseaban exportar trigo en 1810, cuando ello sólo empezó a manifestarse siete décadas después, desacierto que proviene seguramente de las urgencias periodísticas. Pero no puedo dejar de criticar el final donde afirma: “Acaso en Guayaquil –si Bolívar le confió sus sueños sobre la gran nación bolivariana– le dijo no, lo que yo vine a hacer a este continente ya está hecho. Y se fue”. Con esta suposición sugiere (previamente señala dos veces que vino en una fragata inglesa) que San Martín, al igual que los revolucionarios de Mayo, es también responsable del pacto semicolonial, dando aliento así a la tesis de Sejean de que San Martín era un agente inglés. En este aspecto existen proclamas, cartas y en especial el tratado “Pacto de unión, liga y confederación perpetua”, firmado el 6/7/1822, entre Monteagudo, en representación de San Martín, y Mosquera, en representación de Bolívar, por una “asociación para formar una nación de repúblicas”.
Este tratado aparece en los textos como entre Perú y Colombia, pero Perú incluía el territorio que luego fue Bolivia y tenía el apoyo de Chile (O’Higgins) y Colombia se integraba con Venezuela, Ecuador, Colombia y Panamá, que formaba parte de esta última, y en él se comprometen los firmantes a “interponer buenos oficios con los gobiernos de los demás estados de la América antes española para entrar en este pacto”. Por supuesto, el probritánico Rivadavia no apoya esta política.
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200 AÑOS DE CONTRADICCIONES
Más que un libro de historia, Dardo Scavino propone en “Narraciones de la Independencia”, recién publicado, un ensayo arqueológico de la política argentina, que reflexiona, a partir de textos, sobre las ambivalencias del relato revolucionario.
Perdura aún en el imaginario argentino un relato escolar de la Revolución de Mayo y del proceso de la independencia. La lluvia, el cabildo, las discusiones en la jabonería de Vieytes, Corneíio Saavedra y Mariano Moreno irremediablemente enfrentados, el pueblo en la plaza, y allí, el reclamo por saber de qué se trata. Después vendrá San Martín, la sorprendente conciencia política de Cabral antes de su muerte, el Himno Nacional; más tarde Tucumán y los brazos en alto y al fin la libertad, de nuevo, casi por segunda vez. Es una historia cerrada, con imágenes de abnegación y patriotismo, poco de diferencia y más de unidad y clausura. Desde esta perspectiva, los hechos debían entrelazarse con una sola dirección, ser continuos y permeables a causas definidas en nombre del espíritu patriótico, de la conquista de la libertad del pueblo, de la conformación de un único pasado argentino, etcétera. Es un acercamiento monolítico, que elabora una historia coherente y homogénea. Una arqueología, en cambio, no busca encadenamientos causales sino condiciones históricas de posibilidad de un saber. Es decir, comprender la historia ya no como una sucesión documentada de hechos con pretensiones de objetividad y coherencia sino como la composición de un relato que los agrupa y reúne. Esto no significa desactivar la verdad histórica sino entender que esta verdad es el desenlace de una textura discursiva. Que la objetividad de los documentos (y de sus efectos) es el relieve que se eleva por sobre los relatos que componen la historia.
Es en esta perspectiva donde se sitúa el pensador Dardo Scavino en su análisis sobre las revoluciones y el proceso de la independencia de los pueblos hispanoamericanos en su nuevo libro Narraciones de la independencia. Arqueología de un fervor contradictorio. Narraciones, arqueología, contradictorio: esos son los conceptos que le permiten dar cuenta de un quiebre de sentido, de una discontinuidad narrativa en el origen mismo de las repúblicas americanas.
“La expresión ‘fervor contradictorio’ la tomé de Octavio Paz, quien la acuñó para hablar de la ambivalencia afectiva de los criollos en relación con indios y españoles” -afirma Scavino en la entrevista por correo electrónico con Ñ. “Esta ambivalencia se explica a mi entender por la existencia de dos narraciones antitéticas que llamo la ‘epopeya popular americana’ y la ‘novela familiar del criollo’ y que se remontan a la colonia. Durante la independencia ambas solían coexistir en un solo y mismo texto. A propósito de la conquista, por ejemplo, los patriotas se presentan, a veces, como descendientes de los indios conquistados y otras, de los conquistadores españoles. Ya a principios del siglo XVIII esta contradicción había sorprendido a dos agentes secretos de la corona española. Para ellos, se trataba de un claro síntoma de la chifladura de los criollos. Mi diagnóstico, en cambio, es más bien político”.
Dos narraciones: por un lado la epopeya popular americana, por otro la novela familiar del criollo. Son relatos antitéticos, contradictorios, anteriores al proceso revolucionario pero sobre los cuales va a asentarse la práctica política de quienes llevaron adelante las luchas por la independencia. “En la narración americana, la revolución venía a establecer la igualdad entre los diversos grupos; en la narración criolla, la revolución venía a restablecer la superioridad de los criollos”, escribe Scavino en su libro y analiza cómo la igualdad republicana deviene en hegemonía política criolla. Si el indio y el afroamericano eran parte de los americanos que luchaban contra la monarquía española; si todos ellos, por haber nacido en esta tierra, encontraban una identidad compartida contra un enemigo común; si eran iguales frente al poder del imperio, esa igualdad se pierde bajo el poder del criollo que defiende su superioridad.
-Según Tulio Halperín Donghi la hegemonía criolla responde a una necesidad económica en la administración del Estado. ¿No puede ser esta la razón de esa contradicción narrativa?
-Los propietarios de los medios de producción, los criollos, buscaban controlar el aparato de Estado. Estamos de acuerdo. Esta es, después de todo, la definición de revolución: otra clase social pasa a controlar ese aparato. Pero el problema es cómo conquistaron antes la hegemonía política que les permitió lograrlo. Basta comparar la independencia hispanoamericana con lo que sucedió en otros continentes, para advertir que no alcanza con tener la propiedad de los medios de producción para conquistar esa hegemonía. En Argelia, por ejemplo, los pieds noirs, el equivalente francés de los criollos, que también tenían sus conflictos con esa administración metropolitana que les imponía sus funcionarios y sus gravámenes, no lideraron las revoluciones de independencia. Y es más, cuando éstas concluyeron, tuvieron que hacer las valijas y volverse a la metrópoli, abandonando sus propiedades. Si se hubiesen presentado a sí mismos como los hermanos de los argelinos en lucha contra el opresor francés, otro gallo habría cantado. Pero no lo hicieron. Los criollos, en cambio, sí. Y desde mucho antes de las revoluciones. Después podemos discutir si, como sostienen algunos, los criollos instrumentaron el relato indigenista. Yo me inclino a pensar que no, que más bien fueron instrumentados por él.
Ambos discursos son heredados, es decir, que no son sucesivo sino contemporáneos uno del otro. Entonces para Scavino el soporte de la revolución está dado por un andamiaje narrativo que lo antecede y que define el sujeto de las prácticas revolucionarias como oscilante y de identidad fragmentada. Cuando Bolívar, O’Higgins, Miranda o Monteagudo dicen “nosotros”, ¿quién habla en esa voz? ¿Quién enuncia la revolución, el nombre originario de este suelo o el hijo de los españoles? Porque en ellos la voz de la lucha política está tomada por esta oscilación, por esta doble identidad de ser nacidos en América y, a la vez, oriundos de España. El primero es la palabra inclusiva de la diferencia; el segundo, la voz de una hegemonía elitista que va a perdurar en el tiempo.
-Si en la narración criolla la revolución es una repetición de la conquista española, ¿hubo realmente una revolución?
-Desde la perspectiva de la narración criolla la revolución debía traducirse en una restitución de los derechos que los Reyes Católicos y Carlos V les habían acordado a sus ancestros, los conquistadores. Sólo puede hablarse de revolución, en este caso, si se entiende literalmente el vocablo: hubo una vuelta a los orígenes. Eso lo dicen muy claramente Bolívar, Teresa de Mier o Viscardo y Guzmán. La revolución tenía que restablecer el “contrato originario” de América que eran las “capitulaciones”. El problema es que ellos mismos dicen a veces lo contrario: la revolución no es el restablecimiento de los derechos de los conquistadores sino de los conquistados. De modo que aquí los autores no son tan importantes como las narraciones.
La sucesión de esta hegemonía criolla será vista por Scavino en el devenir político argentino posterior a la revolución: en la obra de Alberdi, en la “conquista” mortífera de Roca, en los discursos de Lugones o en las ideas de Héctor Murena. Entonces la dicotomía civilización y barbarie expresada por Sarmiento en el Facundo está presente ya en una de las narraciones de la independencia. Y aclara: “La hegemonía no es para mí el discurso dominante o colonial. Mi libro no se inscribe en la perspectiva de Edward Said y los estudios llamados poscoloniales. Yo sigo aquí una tradición que se remonta al joven Marx y que encontramos, más recientemente, en Ernesto Laclau. Una parte de la sociedad es hegemónica cuando sus reivindicaciones y derechos se convierten en las reivindicaciones y los derechos de toda la sociedad. Esta hegemonía va a venir acompañada por un relato en el cual la lucha de ese pueblo fue, desde siempre, la lucha por la conquista de esas reivindicaciones y derechos. Pero el proceso hegemónico podría haber sido otro y contar, retrospectivamente, otra historia”.
- El concepto (significante) América Latina supone la reunión de estas contradicciones y la hegemonía europea. ¿Por qué? ¿Cree que esto se mantiene a lo largo del siglo XX?
- Sí. Fíjese en el Canto general de Neruda. Se trata de una de las versiones más grandiosas de la epopeya popular americana, de la lucha de Latinoamérica por su emancipación. Y como sucedía ya en muchos textos de la independencia, Neruda empieza denunciando la opresión inicial: la conquista, prefiguración, para él, del imperialismo yanqui. Pero Neruda concluye su relato de la conquista con un poema intitulado A pesar de la ira. “La luz vino a pesar de los puñales”, escribe ahí. Aunque la conquista haya sido un episodio nefasto, Neruda piensa que sin esta peripecia América no hubiese entrado en la historia universal, en la historia humana. Así que, por una prodigiosa inversión dialéctica, los verdugos se convierten en redentores o los opresores en liberadores. Alguien puede señalarnos que entre decir que los indios eran seres “sin alma racional” y decir que eran seres “sin historia” hubo un gran progreso. A lo mejor. Pero el problema es que entre Sepúlveda y Neruda cambió la definición de lo humano: animal racional, en un caso; animal histórico, en el otro. Con un detalle interesante. ¿Cómo se entra en la historia? Patriotas como Monteagudo lo decían claramente: a través de la integración en el mercado mundial. Ergo, el que no esté integrado en el mercado mundial…
Es sobre este relato de una élite ilustrada que se labra el discurso liberal y burgués de América Latina del siglo XX, que define siempre una nueva barbarie sobre la que hay que intervenir políticamente para “normalizarla” de acuerdo con las necesidades del mercado. Para Scavino, uno de los efectos políticos de estas narraciones contradictorias es “la aparición de la propia Latinoamérica. No hace mucho, en estas mismas páginas, Jorge Volpi decía: ‘Latinoamérica no existe’. Pero del mismo modo que Volpi existe porque hay alguien que responde a ese nombre, hay millones de sujetos que se sienten interpelados por el gentilicio latinoamericano. Las entidades políticas tienen una existencia simbólica: cosas en nombre de las cuales actuamos o tomamos decisiones. Esto no significa que todos los interpelados estén de acuerdo con la significación de ese significante. Eso sí, como toda entidad simbólica, se inscribe siempre en una oposición. Este nombre, de hecho, apareció en un momento preciso: en 1856, cuando los norteamericanos invadieron por primera vez Nicaragua y algunos escritores, como el chileno Francisco Bübao, interlocutor de Urquiza, o el colombiano Torres Caicedo, sustituyeron en la epopeya popular americana el enfrentamiento entre América y España por un antagonismo entre la América latina y la sajona.
-¿Cree que el relato de la epopeya americana podría haber tenido otro destino?
-Supongo que el significante Latinoamérica no habría sido adoptado, y sobre todo no habría asumido ese valor anti-imperialista, si los franceses hubiesen logrado quedarse en México extendiendo el imperio de Maximiliano hacia el sur. Para un intelectual como to, el gentilicio latinoamericano recordaba nuestra filiación europea. Para él, latinoamericano no se oponía tanto a americano sajón como a indo o afro-americano.
Casi sobre el final escribe en su libro: “Doscientos años después de las revoluciones de la independencia que suprimieron el pongo, el yanaconazgo y la mita, las mismas poblaciones se ocupan de limpiar las casas de los criollos, de cultivar y cosechar sus campos y de internarse en sus minas”. Dardo Scavino escribió más un ensayo arqueológico sobre la política argentina que un libro de historia. O en todo caso es la historia de un presente que, con ciertas diferencias, no deja de ser el efecto de las mismas narraciones y de la misma contradicción. Se inscribe en una tradición historiográfica fértil, imperiosa, fuera de aquellas planicies monocordes de próceres valientes situados en un pasado lejano. Para Scavino las narraciones contrapuestas que sostuvieron aquella emancipación siguen siendo en el presente, doscientos años después, con otros rostros pero bajo los mismos enunciados. No porque la historia sea cíclica y se repita sino porque, de algún modo, siempre fue la misma.
Publicado en Revista Ñ – 6-3-2010
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- feb
- 2010
Los próceres no dejan de ser héroes si se recuperan sus rasgos humanos. Por el contrario, como argumenta aquí María Rosa Lojo, su figura mítica se construye a partir del rango de simple mortal. Martín Kohan escribe a su vez sobre el héroe nacional.
Los héroes emergen en los mitos de todas las tradiciones culturales, desde los comienzos de la imaginación humana, como lo ha señalado el estadounidense Joseph Campbell en su ya clásico libro El héroe de las mil caras. A través de ellos los distintos pueblos negocian con el mundo sus terrores y sus deseos y avanzan sobre lo desconocido. Pero las figuras heroicas no se quedan en los viejos mitos ni en leyendas remotas. Aun en las desarrolladas y secularizadas sociedades occidentales, sus figuras de potente pregnancia simbólica reaparecen en nuestros sueños y bajo formas y reelaboraciones diversas –del cartoon a las animaciones digitales, de los cuentos de hadas al cine– ocupan el imaginario estético y la fantasía colectiva.
Los héroes míticos abandonan las seguridades hogareñas, se lanzan a la aventura o, sin saber bien cómo, se encuentran en el medio de ella. Vivos o muertos, entran en las tinieblas y sufren todo tipo de pruebas, caen en precipicios o pelean con monstruos, pero surgen nuevamente a la luz, dueños ya de los secretos que guarda la oscuridad y de un modo u otro transmiten su revelación a los demás humanos. Traen el cambio, la regeneración, la renovación a una comunidad estancada y menesterosa. Y en un sentido más amplio (psicológico y también metafísico), son los campeones del autoconocimiento, los exploradores de la condición humana y de sus límites, los ladrones del fuego sagrado (o los descubridores de que ese fuego está oculto, y a disposición de quien se anime a rescatarlo, en el núcleo elusivo de cada ser).
Si bien en las tradiciones mitológicas hay heroínas que descienden a los infiernos (Psique baja en busca de su amado Cupido), por lo general las figuras heroicas combatientes están actuadas por imágenes masculinas. Las mujeres suelen ocupar en este imaginario otros papeles. Más que buscadoras ellas mismas, son las madres, las esposas, las ayudantes (sabia pitonisa, hada madrina) o las oponentes (bruja malvada) del buscador. Lo femenino se instala sobre todo como representación del mundo que se desea dominar o de la realidad que se aspira a conocer (doncella rescatada de las garras del guardián del tesoro). Aunque también hay heroínas guerreras entre los arquetipos tradicionales y el último descubrimiento del héroe, más allá de las apariencias de lo real manifiesto, lo llevará a concluir que lo masculino y lo femenino son dos caras de la misma moneda (como lo son también la eternidad y el tiempo), que la Divinidad se encuentra más allá de las contradicciones y los opuestos, y los incluye.
Dentro del fantasy contemporáneo, en libros, en filmes, en historietas, en juegos de rol, obras como La Guerra de las Galaxias, El señor de los anillos, las Crónicas de Narnia, recogen y resignifican en sus sagas, con variados matices, las situaciones del mito del héroe, así como lo hace Harry Potter, héroe infantil y juvenil, con sus dos fieles ayudantes: Ron (la acción valerosa) y Hermione (el estudio reflexivo y la inteligencia). Los juegos de video (The Legend of Zelda, por nombrar sólo uno) siguen los mismos moldes; la saga de Tomb Raider, con el personaje de Lara Croft, presenta la novedad de que el papel desempeñado usualmente por un héroe varón se encarna en una heroína exploradora que une un gran coraje y habilidad físicas a los conocimientos científicos.
Si bien los héroes luchan contra lo que se considera el mal no son, precisamente, figuras sujetas a los estándares morales ordinarios. La fuerza, el poder, el coraje, la astucia, la clarividencia los caracterizan por sobre todo, aunque no sean demasiado prolijos ni considerados en los métodos que emplean para conseguir sus objetivos. El “mal” también resulta un ámbito de difícil definición. Los mismos lugares horrendos y aparentemente infernales que atraviesan en sus pruebas pueden revelarles una faz esplendorosa y entregar sus dones escondidos, si, vencedores del miedo, insisten en el conocimiento de lo que sólo se ve como siniestro y ominoso. Tampoco la belleza importa demasiado en estas figuras, sino su inagotable energía. Así, el ancestral héroe irlandés Cuchulain (casi anticipando las distorsiones del “increíble Hulk”) se convierte en un ser extraño y deforme que espanta tanto a amigos como a enemigos, cuando lo arrebata el frenesí de la batalla.
Héroes de la Historia
Los héroes viven en el tiempo sagrado del mito, donde los busca, tan a menudo, la fantasía, pero no por eso deja de reclamarlos también el relato de la Historia. Los primitivos héroes cosmogónicos, mezcla de hombres y de seres fabulosos, se vuelven cada vez más humanos y crean la cultura y las culturas en particular. Los imperios y las naciones han apelado siempre a ellos cuando se trata de exhibir antepasados ilustres, empezando por Roma, que proclama, en laEneida virgiliana, su descendencia de Eneas, el héroe troyano.
La inquietante confusión entre el plano mítico-simbólico y los procesos históricos ha llevado a interpretaciones por cierto peligrosas. Ya entrado el siglo XIX, el escocés Thomas Carlyle (De los héroes) propuso que la Historia de la humanidad podía y debía leerse como la biografía de unos pocos hombres excepcionales, elegidos por un Destino trascendente. Como lo vieron Chesterton y Borges, de aquí a las concepciones nazi-fascistas del héroe providencial sólo había un paso, que algunos líderes políticos e ideólogos no trepidaron en dar.
Si el mito heroico, como lo ha estudiado la psicología profunda de Carl G. Jung y sus discípulos, representa la gran aventura humana en cada uno de nosotros (varones y mujeres, ya que los roles e imágenes simbólicas masculino-femeninas funcionan en la psique de cada individuo), otra cosa muy diferente es la identificación de falibles seres de carne y hueso con los predestinados que conducirán a los pueblos a la victoria final. Si para el mito todos somos héroes, depositarios de posibilidades ignoradas, para estas ideologías la gesta de los seres anónimos, los intereses y reivindicaciones que los mueven, se difuminan tras la iniciativa del “hombre superior” que usualmente pretende saber mucho mejor que ellos lo que en verdad necesitan.
La formación de un imaginario para las naciones modernas no excluye el recurso a los héroes siempre serviciales, que suelen enmascarar bajo su faz augusta los partidismos y los sueños de gloria de los políticos o historiadores (o de los políticos historiadores), según advierte León Pomer (La construcción de los héroes). La creación de un “padre de la patria” no es automática ni espontánea. Suele precederla un intenso debate, como ocurre en la Argentina en el caso de San Martín, que estuvo lejos de ser héroe indiscutido para muchos de sus contemporáneos. Ni Alberdi, ni Sarmiento, ni Vicente Fidel López, ni siquiera Mitre lo eximen de críticas, algunas de ellas graves. Pero, como concluye Martín Kohan en su estudio sobre el prócer y su figura heroica (Narrar a San Martín), héroe nacional por excelencia no es el que no merece ninguna crítica, sino aquel que parece capaz de soportarlas y trascenderlas todas. Más allá de las antinomias, San Martín termina imponiéndose a las divisiones de cualquier índole, y garantiza, por lo tanto, la homogeneidad de una nación cuyos miembros deben reconocerse entre sí como hermanos. Se coloca así en el centro y por encima de un “panteón nacional”, que también integran otras figuras consagradas por la llamada historiografía liberal (como Sarmiento, Rivadavia, Belgrano, Mitre, entre otros), éstas sí sometidas a los periódicos embates del revisionismo. En general, el resultado de la polémica no ha sido tanto el de expulsar a estos héroes del imaginario nacional, cuanto el de relativizar sus méritos y ampliar el panteón, instalando en él también a líderes de otras orientaciones políticas, como algunos caudillos federales.
¿Cómo han sido representados habitualmente nuestros próceres? El aparato didáctico en la enseñanza escolar supo instaurar un verdadero “culto laico” de los héroes patrios, de los fundadores de la Nación, que se empeñó en eludir algunos componentes básicos de la heroicidad: no sólo la vulnerabilidad humana (si el héroe fuera indestructible, si no padeciera, si no vacilase, poco valor tendrían sus empresas), sino también ese costado de ambigüedad que les reconoce el mito; no es la moral irreprochable (degradada no pocas veces en moralina), lo que define a un héroe sino su energía revolucionaria y fundadora. Semejante proceso los despojó de carnadura, de verosimilitud, y por supuesto, de interés para los estudiantes, como bien lo recuerda Arturo Jauretche en su libro de memoriasPantalones cortos: “Es que ningún héroe argentino ha tenido dolores, ni se ha calentado con una china ni le ha jugado una onza a una carta. Esa historia tal como se enseñaba en mi infancia tenía todo el opio que se le niega a San Martín y así los chicos preferían saber la de otros países, mucho más entretenida, por humana.”
Hay cierto consenso en atribuir tal “normalización” de los héroes a los planes pedagógicos que surgen alrededor del Centenario. La historiadora Diana Quattrochi-Woisson apunta a concepciones como las de Ricardo Rojas (La Restauración Nacionalista) o la de Juan P. Ramos (Historia de la Instrucción Primaria en la Argentina, 1809-1909). Una resolución inspirada por un informe de Pablo Pizzurno impone un minucioso ritual, un coherente despliegue de íconos, gestos y actos significativos: lectura de los hechos heroicos, efemérides del día, coro patriótico, himno a la bandera, conmemoración de todas las fechas patrias, visita al museo histórico, visita a todo tipo de monumentos y reliquias, retratos y cuadros de los héroes en las escuelas, concursos de composición, de lecturas y recitaciones de textos y temas patrióticos. Tal programática un tanto abrumadora se explica, en su momento, por la necesidad de homogeneizar y “nacionalizar” a los novísimos argentinos del aluvión inmigratorio. La indudable utilidad inmediata de tal práctica, arrojó efectos secundarios indeseables en cuanto a la obturación de una lectura crítica, matizada y objetiva del pasado y sus protagonistas.
Del mito y la Historia, a la novela
Mito y ficción narrativa, mito y novela estuvieron desde siempre vinculados, como que la ficción reescribe, en la vida de sus personajes, los hitos simbólicos del periplo mítico, sin que se reduzca por ello la singularidad estética de cada obra a una grilla arquetípica. Desde ya, se trata de un fenómeno literario universal, al que no escapa la literatura argentina. De Adán Buenosayres a Rayuela, de Los siete locos a Sobre héroes y tumbas o Eisejuaz, es posible seguir, con diversas inflexiones y resultados, este crucial itinerario. Sobre héroes y tumbas trabaja doblemente sobre el paradigma: los héroes novelescos que luchan por encontrar un sentido a sus vidas en el presente del relato, y los héroes de la Historia nacional, en el plano evocado. Pero Lavalle, figura del panteón escolar, no es contemplado en su acción victoriosa, sino en la derrota y en la huida de los suyos, y juzgado (a la vez que compadecido) en sus errores. Paralelamente, en el primer nivel narrativo, el ingenuo Martín va perdiendo su ingenuidad y su fragilidad, y el “héroe negro”, Fernando Vidal Olmos, ingresa en un viaje tenebroso hacia el autoconocimiento.
Los personajes de la Historia, aplanados y manipulados por las necesidades y maniobras de la hora política, suelen recuperar en el ámbito polisémico de la literatura personalidades mucho más ricas, ambiguas y complejas. Los poderes de la ficción les han jugado trampas a los mismos que, desde una óptica de partido, se lanzaban a la condena o la apología. El célebre Facundo sarmientino resulta en esto emblemático. Como héroe narrativo, el caudillo riojano está cerca del héroe titánico fundacional, en cuanto a su carácter de numen poderoso, más allá de la moral corriente; se hermana tanto a personajes míticos fascinantes y siniestros (la Medusa) como al tigre que le da su apodo, y es también el representante antropológico de “la manera de ser de un pueblo”. En otro mundo, en otro tiempo –concede Sarmiento–, sus cualidades innatas hubieran hecho de él un Napoleón o un César. En los salvajes llanos argentinos, en medio de una sociedad disuelta, no llega a ser un ciudadano, sometido a una ley objetiva, superior a su arbitraria voluntad, pero sí posee (como lo reconoce en su meditación del Día de los Muertos de 1885) la estatura de un héroe primitivo: un Ayax o un Aquiles.
Muy lejos del prócer se halla el Rosas construido por José Mármol enAmalia. Sin embargo, el héroe “bueno” de la novela, Daniel Bello, está peligrosamente cerca de este “villano” memorable: ambos comparten ciertos rasgos de carácter (determinación fría, capacidad de cálculo), de conducta (utilizar cualquier medio para conseguir sus fines) e incluso hábitos y prácticas que relacionan a ambos con el horizonte de la vida rural gauchesca.
Ni personajes míticos ni figuras plenamente humanas instaladas en el mundo real, con sus intereses económicos y sus contradicciones, nuestros héroes reconocidos quedaron a la espera de un debate que en efecto se produjo en las últimas décadas, tanto de la mano de la novela histórica, como de la historiografía académica y de divulgación, para “humanizarlos” y reinsertarlos junto a los actores populares en los procesos históricos concretos. La novela contemporánea ha estado dispuesta a ver los claroscuros de los héroes tradicionales, a crear para las figuras del panteón establecido espacios de intimidad donde no se permitían o eran inexistentes (un caso notorio: Ese Manco Paz, de Andrés Rivera), así como a incluir en la épica nacional, con relieves individuales, a las figuras del “bajo pueblo” (aun a los esclavos) borradas, o presentes apenas como telón de fondo, en la memoria oficial. También se ha preocupado por develar otro lado en sombra: la participación histórica de las mujeres, no sólo como madres y esposas, ayudantes y oponentes de los héroes, sino como heroínas cofundadoras.
Histórica o no, la novela sigue reescribiendo el difícil itinerario de los seres humanos a través de las pruebas de la vida. Desde luego, la (auto) revelación no siempre es el premio, o bien, existe, pero es trágica y oscura. Jacobo Deza, el intérprete de vidas y anticipador de conductas, protagonista de la trilogía Tu rostro mañana, de Javier Marías, descubre en ese rostro futuro su propia e insospechada capacidad para el mal. También entiende que, como en la vieja épica, aunque a menudo en clave paródica y grotesca, la mayor pulsión que mueve a los hombres es la de realizar “hazañas” que merezcan ser contadas, para sobrevivir en el relato. En un mundo donde el “ojo de Dios” y su Eterna Memoria han desaparecido, el producir hechos que permanezcan en la memoria de los otros humanos (aunque estos hechos se hallen en las antípodas de lo elogiable) parece ser el último refugio del melancólico “héroe de nuestro tiempo”.
Revista Ñ – 20 de febrero 2010
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- feb
- 2010
Por Pablo Camogli, Historiador
En El crimen de la guerra, Juan Bautista Alberdi denuncia lo que por aquel entonces ya se había consolidado como método de interpretación y construcción historiográfica: la transformación de los actores bélicos en héroes y próceres. El autor de las Bases no pretendió efectuar una crítica literaria, sino, más bien, una reflexión política ante una realidad nacional que emergía de la violencia y que se pretendía reflejar en un panteón de próceres extremadamente cercanos a esa misma violencia.
En aquel libro, el autor fustigaba casi por igual a San Martín como a sus contemporáneos Mitre y Sarmiento. Al primero, porque lo consideraba simplemente un soldado y, por lo tanto, un hombre incapaz de alcanzar la altura política de un Washington, ya que la gloria de éste provenía de la libertad y no de la guerra. A los segundos, porque los creía culpables del doble crimen de la guerra del Paraguay y del sangriento conflicto interno que, con las montoneras jordanistas, cerraba su ciclo histórico.
Para la conciencia política de la élite liberal que por aquel entonces daba forma a la Argentina moderna, la Nación no sólo se fundaría desde la instauración de lo que Natalio Botana denominó como el “Orden conservador”, sino que, además, sería necesario revestirla de un simbolismo que justificara aquel período genesíaco. De allí la búsqueda de héroes y la configuración de próceres que reflejaran un ideal que, por momentos, parecía surgido del “seno de una leyenda fantástica”, tal la definición de Joaquín V. González.
La necesidad de crear próceres para la naciente patria desembocó en equívocos sobre la valía, el prestigio y los méritos de los individuos para alzarse con el ropaje de la gloria; en definitiva, no siempre un héroe se vestirá de prócer ni un prócer necesariamente será un héroe. Y ello se debe a una dimensión insoslayable del fenómeno: un héroe surge y se consolida en el seno de un pueblo que lo imagina hercúleo; un prócer sólo se materializa allí donde hay una acción institucionalizada que lo sustenta y lo impulsa como icono.
Quizás el ejemplo paradigmático de esto lo encontremos en los perfiles de Martín Miguel de Güemes y de Andrés Guacurarí y Artigas. Blanco hacendado y líder de gauchos el primero; jefe del pueblo guaraní en armas el segundo, ambos cumplieron el mismo rol durante el período independentista: servir de antemural frente al imperio español (Güemes) y al imperio portugués (Andresito). Nuestras actuales fronteras del norte se deben a ellos y es indudable que, tanto uno como el otro, fueron vistos como héroes por sus contemporáneos más directos: los gauchos en el caso de Güemes y los indios en el de Guacurarí.
Pese a ello, uno es un prócer indiscutido de nuestra historia y el otro todavía deambula en el ostracismo historiográfico, más allá del esfuerzo de algunos historiadores misioneros por rescatarlo.
Quizás Alberdi, enfrascado en la polémica frente a quienes ya le habían ganado la partida política en su país, vislumbró que era necesario desarticular aquel panteón que se gestaba al calor del positivismo decimonónico. Claro que ello sólo se lograría en la medida en que el orden que gestó esos próceres fuera cuestionado por la propia sociedad, la que, necesariamente, recurriría a nuevos héroes para avanzar hacia su próxima utopía.
Hay una figura que parece haber sobrevivido a todos los revisionismos: la de José de San Martín.
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- feb
- 2010
Por Martín Kohan
¿Cuál es el San Martín verdadero? ¿El anglófilo o el anglófobo? ¿El cristiano o el masón? “Admite todas las versiones –sostiene Kohan– incluso si se contradicen.”
Los libros sobre San Martín que no dicen nada nuevo no son menos indispensables que los libros que aparecen para decir algo que no había sido dicho antes o que no se recordaba que se hubiese dicho antes. Hay libros que aportan una novedad o que al menos lo pretenden; así, por ejemplo, el libro de Rodolfo Terragno que consignaba que el plan colosal de cruzar la cordillera de los Andes para luego liberar a Chile y por fin liberar a Perú fue tomado por San Martín de un inglés llamado Maitland; o por ejemplo la pretensión de José Ignacio García Hamilton de que nuestro Padre de la Patria no fue hijo regular de quienes siempre creímos que era, sino hijo irregular de su rival Alvear y de una india de ocasión. En estos libros había una novedad, o una ambición de novedad por lo menos, y en ese aporte encontraban en gran medida la justificación de su existencia. Pero no están menos justificados los libros que aparecen y no innovan, los que no hacen explotar entre sus páginas alguna revelación inesperada, los que vuelven sobre lo dicho y narran lo ya narrado. Porque la vida de San Martín es un cuento que siempre queremos que nos cuenten otra vez. Queremos que nos lo repitan, queremos oírlo de nuevo, queremos leerlo de nuevo. Y no para encontrar otra cosa; queremos oír de nuevo lo mismo, queremos leer de nuevo lo mismo. Queremos de nuevo la misma historia de siempre.
El libro que publica John Lynch cumple con este vital requisito. John Lynch es profesor emérito de la Universidad de Londres y director de su Instituto de Historia de América Latina; en libros anteriores se ha ocupado de la colonización española de América Latina, del reinado de Carlos V y de la vida de Simón Bolívar. Ahora ofrece San Martín. Soldado argentino, héroe americano. ¿Qué clase de San Martín nos propone Lynch? El mismo de siempre, que es el que importa. ¿Y qué hace Lynch con él? Nos lo confirma, lo ratifica, refuerza la dosis, subraya y asienta. ¿En qué héroe está pensando este historiador inglés en su libro: en el San Martín de la escuela o en el San Martín verdadero? La disyuntiva es vana y engañosa, porque el San Martín de la escuela es el San Martín verdadero. ¿De qué sirve preguntarse si hay verdad en el mito, cuando lo poderoso del mito es que produce verdad y no que sea verdad? El mito del héroe es la verdad del héroe; el bronce sanmartiniano es la prueba de su autenticidad.
La versión de John Lynch es versión en sentido estricto: variación sobre lo mismo. Con las garantías de la documentación fehaciente y el atractivo de la amenidad narrativa, nos procura a un San Martín que es otra vez el héroe de miras más altas, el paladín sin ambiciones personales, el mártir de los renunciamientos, el sacrificado que relegó la vida familiar, el prócer ecuánime que no quiso derramar sangre fraterna, el complemento simétrico de Simón Bolívar (mejorado por la modestia y el sentido de la discreción). Es la historia que conocemos del prócer que conocemos; es la historia de su vida y es también la historia de nuestro mito de origen. La vibración épica que imprime parejamente sobre una historia plagada de hazañas heroicas y de abnegaciones no menos heroicas nos señala a cada momento, como si hubiese que parafrasear al prócer, lo que somos y lo que debemos ser.
Decir fábula en este caso no supone decir falsedad, ni tampoco tergiversación. Esa clase de lucha, la de la verdad contra la mentira, la dirime cada historiador con su respectivo arsenal de pruebas y con la estrategia de validación que escoge o que le toca. Decir fábula supone decir también verdad, pero otra forma de verdad, una verdad de otra especie. Que se agrega a la verdad de los hechos, a la verdad constatada, y se combina con ella. Porque con relatos de esta índole, los relatos de la vida de un héroe nacional, la verdad de lo que fue se vuelve imposible de separar de la verdad de lo que significa. Aunque no se trate de literatura ni quieran serlo, participan a su manera del mundo del artificio narrativo, y las cosas que se cuentan resultan indisociables de la forma en que son contadas. En la verdad de lo acontecido existe José de San Martín, pero es sólo con la potencia fabulosa de la verdad de la significación que un Padre de la Patria emerge y se consagra.
John Lynch ajusta y actualiza el régimen de verdad que va a respaldar su relato. Distingue fuentes seguras de premisas establecidas pero discutibles, recusa documentos apócrifos o denuncia falta de pruebas, distribuye dudas y credibilidades; distingue a lo lejos un más allá de la certeza: lo que “no se sabe”, y en el medio un territorio lo menos extenso posible donde habita lo conjetural, lo que hay que suponer, lo que es solamente probable. Llegado el caso, recurre a Mitre, pero si hace falta también cuestiona sus exageraciones. Apela a miradas de aquel tiempo, como la del General Paz, pero también a perspectivas contemporáneas como la de Patricia Pasquali o la de Rodolfo Terragno. Es decir, en fin, que como todo historiador meticuloso establece su propio dispositivo de certidumbres y consistencias, para que en ese pedestal se sostengan tanto su biografía como su biografiado.
Ahora bien, en esto como en todo, no existe repetición sin que exista diferencia. Lynch nos provee su San Martín no para que lo conozcamos, sino para que lo reconozcamos: a eso apuntará por necesidad cualquier lectura argentina de su libro. Pero a la vez, si bien confirma, también modula inflexiones que son muy propias. El San Martín que compone John Lynch es expresamente un “anglófilo San Martín”, que marcadamente “puso sus ojos en Gran Bretaña” y que obtuvo a cambio la recompensa de que “siempre hubo un sesgo británico a favor de San Martín”. A lo largo de la narración de Lynch, los habituales testigos y allegados británicos de su entorno se multiplican hasta el punto de dar la impresión de que casi no hubo acontecimiento que no se viese registrado por una mirada británica (un comodoro inglés, un viajero inglés, un general inglés, un cirujano inglés, un ministro británico, el cónsul británico, un oficial de la marina británica, otro viajero inglés, un viejo amigo de Londres, otro comodoro inglés, un capitán inglés, un observador inglés, un marinero escocés, una inglesa que lo conoció en Chile, un agente británico, un amigo irlandés) y que es por ese registro en gran parte que llega hasta nosotros.
Resulta igualmente notoria la disposición de Lynch a asegurar a un San Martín recatado (para lograrlo, administra sus fuentes: prefiere al recio soldado de José Pacífico Otero antes que al “santo de la espada” de Ricardo Rojas). Lynch decide un San Martín sin infidelidades para con la pobre Remedios, y desestima por “chismosos” los rumores en sentido contrario: ni amoríos con la atractiva criada mulata en Mendoza, ni un hijo no reconocido con Rosa Campusano en Lima. El esmero de John Lynch por hacer de San Martín un héroe perfectamente recto en su vida personal, con más celo aun en ese rubro que el que tuvieron sus apólogos vernáculos, entra en consonancia con su marcada voluntad de alejarlo de la masonería y aproximarlo lo más posible a la religiosidad cristiana. Para Lynch no existen pruebas de que San Martín “llegara realmente a formar parte” de la Logia de Cádiz; el carácter masónico de esas logias le parece dudoso; y su incidencia en la revolución de independencia, relativo o nulo. Apartando la influencia historiográfica de Mitre sobre esta cuestión, Lynch aparta a San Martín de la masonería; a cambio subraya que “parece haber acogido bien” el modelo de “un general cristiano, apostólico y romano” que le inspirara Belgrano, y que si bien pudo dar muestras de “una actitud sardónica hacia la Iglesia institucional”, no lo hizo respecto de la religión en sí misma.
La visión de un San Martín masón puede herir susceptibilidades religiosas. Como puede también herir la sensibilidad de los nacionalistas anglófobos esta visión de un San Martín anglófilo. ¿Cuál es el San Martín verdadero? ¿El anglófilo o el anglófobo? ¿El cristiano o el masón? ¿El libertador republicano o el monarquista de alma? ¿El prócer al que visita Sarmiento, para la historia liberal, o el prócer que dona su sable corvo a Rosas, para la historia revisionista? Acaso convenga advertir que el verdadero San Martín no es uno u otro, sino un héroe de la plasticidad: un héroe que admite y soporta todas las versiones necesarias, incluso si se contradicen. Su potencia heroica y su eficacia simbólica tal vez no radiquen en la fijeza inamovible de tal o cual posición, sino en la capacidad de su figura para asumir posiciones bien distintas. De ahí su predominio: no hay ninguna versión de la argentinidad que no pueda o que no deba remitirse ante todo a él. Todas las argentinidades posibles: la que rompe con España o la que se deriva de ella, la que odia a Inglaterra o la que la ve como una aliada en las guerras de independencia, la que exalta el militarismo o la que lo limita, la que se expande con ambición o la que se reivindica anticolonialista, la que traza la trilogía San Martín-Belgrano-Sarmiento o la que traza la trilogía San Martín-Rosas-Perón, la que recupera el pasado indígena o la que lo anula; todas, en fin, las argentinidades posibles, pueden contar con San Martín y señalarlo en el lugar de la fundación de su identidad. Esa clase de verdad, que no es una sino muchas, lo consagra una y otra vez, lo diseña invulnerable.
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- dic
- 2009
Bienvenidos a lo que será la Página de la Cátedra de Investigación Histórica I del 3° año del Profesorado de Historia.
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