Entradas para la categoría ‘Investigación Histórica II’

  • 23
  • abr
  • 2012

¿Se puede escapar de lo ficcional al narrar? En artículos escritos a lo largo de medio siglo, Hayden White examina cuánto hay de literatura en la escritura de la historia.

Seguramente, el historiador estadounidense Hayden White estaría de acuerdo con el melancólico conde Augustus, personaje de la Baronesa Karen Blixen, quien bajo el pseudónimo de Isak Dinensen escribía: “He aprendido que no es posible pintar un objeto concreto, digamos una rosa, sin que yo, o cualquier crítico inteligente, podamos determinar, al cabo de veinte años, en qué período fue pintado o, más o menos, en qué lugar del mundo”.

Dicho en las palabras de Borges y para los acontecimientos de la historia que eran los que interesaban especialmente al crítico norteamericano, “el hecho, acaso melancólico, de que al cabo del tiempo, el historiador se convierte en historia y no sólo nos importa saber cómo era el campamento de Atila sino cómo podía imaginárselo un caballero inglés del siglo XVIII”. Agrega que hubo épocas en que se leían las páginas de Plinio en busca de precisiones. Hoy las leemos en busca de maravillas, y ese cambio, para el pícaro Borges, no ha vulnerado en absoluto la fortuna de Plinio.

Con un título que se parece a un programa, La ficción de la narrativa: ensayos sobre historia, literatura y teoría podemos acceder a cincuenta años de trabajo ininterrumpido de un teórico que revolucionó el campo de la historiografía. Su obra Metahistoria: La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX (1973) es un libro obligatorio para aquellos interesados en el campo de la historia, la literatura y su mutua dependencia. La ficción…recopila artículos inéditos que abarcan el medio siglo que va desde 1957 al año 2007.

Una manera de mirar el problema central de la obra de White es, por supuesto, preguntarse cuánto hay de literatura en la escritura de la historia. Sin embargo, para White, para quien en todo caso no se trataría de ninguna rebaja de la historia como disciplina, se trata más bien de preguntarse cuánto de historia, es decir, de verdad, hay en la literatura. En todo caso, cómo escapar (si es que ello fuera del todo posible y necesario) de este cuerpo extraño que se considera meramente “lo ficcional”.

La argumentación de White es doble: la narrativa como forma no tiene nada de natural; no relata simplemente cómo han sido las cosas y lleva su gran parte de ficción (incluso su mayor parte). Pero, por el contrario, lo ficcional no es mera obra de la imaginación y tiene su propio contenido cognitivo y de verdad. Por otra parte, literatura e historia están lejos de ser dos formas inmutables y tienen su fecha de nacimiento. Diríamos incluso que la misma fecha de nacimiento. Sería a todas luces profundamente anti-histórico pensar que la forma de reflexión histórica que se adoptó en el siglo XIX era la forma definitiva que tenía que adoptar para todos los tiempos. Para el problema de las crónicas literarias, por ejemplo, el punto inaugural sólo puede constituirse por una decisión de parte del cronista de tratar algún acontecimiento o conjunto de acontecimientos como representando el tiempo y el espacio en el cual aparece el fenómeno netamente “literario”, en oposición a los fenómenos “verbales” en general en la vida de un pueblo, una cultura o una civilización.

La literatura concebida como la alternativa artística del lenguaje ordinario o cotidiano fue un invento también del siglo XIX. Un invento que ponía en peligro a la historia como disciplina seria y que minaba implícitamente toda pretensión de un discurso lingüísticamente inocente. White, un relator también a su manera, nos relata cómo cuanto más realista se volvía la literatura tanto más se esforzaban los historiadores por distinguir de ella su propio discurso. Los novelistas románticos podían resultar ofensivos sólo porque presentaban lo imaginario bajo el aspecto de lo real. Los novelistas realistas, mucho más peligrosos, por el contrario, presentaban lo real bajo el aspecto de lo imaginario. White, que considera que la historia debería ser una preocupación de todo ciudadano culto y que está por supuesto en contra también de esa otra idea, cientificista, de que la obligación de la historia es relatar el progreso triunfante de su especialidad desde los orígenes hasta, digamos, ellos mismos, corta el nudo gordiano argumentando sólidamente que cada conjunto de acontecimientos puede tramarse de muchas maneras sin violentar por ello su facticidad.

No todo puede decirse en todo momento; pero la cultura nos provee de distintas tramas con las cuales sistematizar esos acontecimientos. White considera que al elegir la trama, al convertir en tragedia o comedia nuestro pasado, elegimos también nuestro presente. Al construir nuestro presente afirmamos nuestra libertad. Al buscar una justificación retroactiva para el pasado, nos despojamos, silenciosa y peligrosamente, de la libertad que nos permitió convertirnos en lo que somos.

Extraído de Revista Ñ 446. Por Santiago Bardotti
Scridb filter
  • 17
  • mar
  • 2012
El célebre antropólogo francés Claude Levi-Strauss, fallecido el año pasado luego de cumplir un centenario de vida, dejó sus ideas acerca de qué se entiende por Historia y su vínculo con la certeza y la subjetividad.

Nuestras sociedades ya no tienen mitos. Para resolver los problemas planteados por la condición humana y los fenómenos naturales, se remiten a la ciencia o, siendo más exacto, para cada tipo de problema se remiten a una disciplina científica especializada.

¿Siempre es así? Lo que los pueblos sin escritura piden a los mitos, lo que toda la humanidad les ha pedido en el transcurso de los cientos de miles de años de su larguísima historia, millones de años quizá, es que expliquen el orden del mundo que los rodea y la estructura de la sociedad donde nacieron, que demuestren su congruencia e inspiren la confiada certeza de que el mundo en su conjunto y la sociedad particular de la que son miembros permanecerán tal y como fueron creados al comienzo de los tiempos.

Mas cuando nosotros nos interrogamos acerca del orden social que nos es propio, apelamos a la historia para explicarlo, justificarlo o acusarlo. Esta manera de interpretar el pasado varía en función del medio al que pertenecemos, de nuestras convicciones políticas, de nuestras actitudes morales. Para un ciudadano francés, la Revolución de 1789 explica la configuración de la sociedad actual. Y, según juzguemos que esa configuración es buena o mala, concebimos de un modo u otro la Revolución de 1789 y aspiramos a distintos porvenires. En otros términos, la imagen que nos hacemos de nuestro pasado próximo o remoto está absolutamente emparentada con la naturaleza del mito. (…) Así, uno llega a preguntarse si una historia objetiva y científica es posible o si, en nuestras sociedades modernas, la historia no juega un papel comparable a aquel de los mitos. Lo que los mitos hacen para las sociedades sin escritura: legitimar un orden social y una concepción del mundo, explicar lo que las cosas son por medio de aquello que fueron, encontrar la justificación de su estado presente en un estado pasado y concebir el futuro en función de ese presente y, a su vez, de ese pasado, ese es también el papel que nuestras civilizaciones acuerdan a la historia. Con una salvedad, empero. Como he tratado de demostrar por medio de un ejemplo, si bien cada mito parece contar una historia distinta, a menudo descubrimos que se trata de la misma, con sus episodios ordenados de otro modo. A la inversa, creemos con suma naturalidad que no hay más que una historia, cuando en realidad, cada partido político, cada medio social y, a veces, cada individuo se cuenta una historia diferente y la utiliza, al contrario del mito, para darse motivos para esperar, no que el presente reproduzca el pasado ni que el futuro perpetúe el presente, sino que el futuro difiera del presente, así como el propio presente difiere del pasado.

La rápida comparación en la que acabo de detenerme entre las creencias de los pueblos que llamamos primitivos y los nuestros nos lleva a entender que la historia, tal y como la emplean nuestras civilizaciones, expresa menos verdades objetivas que prejuicios y aspiraciones. También en este caso, la antropología nos imparte una lección de espíritu crítico. Nos permite comprender mejor que el pasado de nuestra propia sociedad y también aquel de sociedades distintas no tienen una única significación posible. No hay una interpretación absoluta del pasado histórico, sino varias interpretaciones, todas ellas relativas.

Para concluir esta conferencia, permítanme una reflexión aún más aventurada. Incluso en lo que atañe al orden del mundo, la ciencia hoy pasa de una perspectiva intemporal a una perspectiva histórica…

Extracto de “La antropología frente a los problemas del mundo moderno”, citado por Revista Ñ N°442
Scridb filter
  • 8
  • may
  • 2011

Crisis financiera, calentamiento global y desigualdades son algunos temas de este diálogo con el historiador y filósofo estadounidense, quien hace desde el marxismo una crítica feroz del modelo capitalista. “La historia no se entiende; con suerte se soporta”, ha escrito.

Por Andres Hax (para Revista Ñ)

La vida del profesor y filósofo estadounidense Hayden White (1928) es irresolublemente contradictoria y él lo sabe. Es un hombre que dice conocer las verdades espantosas sobre la trágica actualidad del mundo, pero sabe que ese conocimiento no sirve para cambiar nada. Es un hombre que denuncia el capitalismo salvaje y suicida (son sus palabras) y la política del espectáculo, pero sabe que el mismo sistema que denuncia lo ha beneficiado (tiene 83 años y podría pasar fácilmente por 60). Es un hombre de un pesimismo absolutamente negro e inflexible por el porvenir del hombre (hasta tal punto que celebra la eventual extinción de la raza humana), pero a la vez alguien que sonríe y que disfruta de la buena vida (vive mitad del año en Italia) y que goza de una existencia intelectual cosmopolita.
White estuvo en Buenos Aires recientemente como invitado de honor de una ponencia dedicada exclusivamente a él, organizada por la Universidad Nacional Tres de Febrero, y titulada como uno de sus libros: Ficción histórica, historia ficcional y realidad histórica , editado por Verónica Tozzi, que compila varios artículos de White de la última década.
El venerado profesor recibe Ñ en la habitación de un hotel boutique a cuadras de la plaza Vicente López, en el barrio porteño de La Recoleta. Sobre su mesa ratona, delante de una cama hecha improvisadamente por el profesor mismo, rebalsan libros y cuadernos escritos. Usa un arito de oro en la oreja derecha, como los que se pone a los bebés recién nacidos. Su aspecto físico es no sólo impecable, sino también imponente, si se tiene en cuenta que White es un octogenario.
¿Cuándo empezaron a formarse las ideas que se demostrarían en su gran obra teórica, “Metahistoria”?

Creo que tiene que ver con mi descubrimiento de Marx. Una vez que uno comienza a tomar conciencia de que en las ciencias sociales, en la filosofía y en la religión lo que estás tratando son varios tipos de ideologías, entonces lo que quieres ir a buscar es la iluminación, la clarificación, desmitificación. Creo que ese es el motivo por cual yo me interesé en las ciencias sociales y la historia. Gente como Max Weber parecían ofrecer puntos de vista desmitificados sobre el mundo. Y creo que todos queremos la iluminación. No queremos vivir en una fantasía; no se puede vivir en la fantasía. La fantasía es necesaria para alimentar al espíritu, pero no es suficiente para manejarte en el mundo.
En su larga historia como profesor, ¿cómo evalúa los cambios del joven estadounidense?

El mundo digital ha cambiado todo. Antes intentábamos enseñar a la gente joven a pensar conceptualmente. Pero hoy el montaje y el collage de las imágenes dan una forma diferente de pensar y relacionar los signos con las cosas.
Y esto crea una sensación diferente del tiempo y la temporalidad. Por lo tanto pienso que la generación actual de alumnos no experimenta el pasado como algo arcaico o remoto. Es simplemente otra dimensión exótica que se puede tornar presente con imágenes con gran facilidad.
¿Y cómo se siente frente de estos cambios?

Las cosas cambian. Todo cambia. Desesperarse por el cambio no tiene sentido.
¿Considera que este libro que se publica ahora en Argentina es una buena introducción a su obra en general?

Un escritor no es el mejor crítico de su propio trabajo. Mi punto de vista siempre ha sido: lo escribes, lo publicas y la gente lo puede usar como le parezca. No me molesta ser interpretado o mal interpretado.

No es común oírle a un teórico esa opinión.
Creo que toda comunicación es comunicación fallada y que los errores creativos son válidos. La interpretación nunca es objetiva. A mí no me interesa la polémica. Mi punto de vista es que hago lo mejor que puedo; si usted piensa que lo puede hacer mejor, hágalo mejor.
Estamos en un momento donde se promueven visiones contradictorias: la humanidad oscila entre la salvación tecnológica y un cataclismo que amenaza borrar la raza humana de la Tierra.

¡Bueno, claro! Eso es por el capitalismo. El capitalismo extraerá todo lo que puede de la tierra para poder producir bienes y promoverá el consumo como un bien en sí mismo. A ellos no les importa el calentamiento global. Ellos asumen que la tecnología traerá una solución. A las corporaciones no les importa. A Mobil Oil no le importa el calentamiento global. Destruirían el universo entero para lograr una ganancia. Este es nuestro problema, no la tecnología. La tecnología es solamente un medio, se puede usar con fines buenos o malos. Pero desafortunadamente, el capitalismo es suicida porque presume de una expansión infinita en una situación donde hay recursos limitados. No puedes tener expansión infinita y recursos limitados. El sueño es entonces que colonizaremos la Luna, colonizaremos el planeta Marte. No creo que eso vaya a suceder. Hasta que logremos regular las corporaciones capitalistas, estamos condenados.
Más de una década después de haber entrado en el siglo XXI, ¿cuál sería su primer boceto de la historia del siglo XX?

Es una serie de catástrofes. Hay un comentarista inglés que lo designa: “El podrido siglo XX.” Cuando lo piensas: comienza con la Primera Guerra Mundial; la Gran Depresión; la Segunda Guerra Mundial; la Guerra Fría; después toda una seguidilla de guerras. Los Estados Unidos estuvieron en guerra por 56 años. Es el primer país capitalista y el capitalismo significa guerra. Esa es la forma más rápida de consumir los bienes y de crear demanda. El siglo XX fue el triunfo del capitalismo, la destrucción de la Tierra y el uso de la tecnología para generar ganancias en vez de proveer las necesidades de los seres humanos y los demás animales y plantas sobre la Tierra.
Dado ese sentimiento, ¿cómo se siente viviendo en el corazón de la bestia?

Es exactamente eso. Los Estados Unidos son el gran villano de este cuento, porque han empujado el proyecto capitalista hasta su máxima expresión. Ahora es una sociedad que se dedica nada más que a la producción de desechos. Produce más basura, más desechos atómicos y orgánicos. ¡A tal punto que ya no saben dónde ponerlos! Han estado tirándolos en Africa –¿sabía eso?– ¿Qué van a hacer con los desechos atómicos? Los están enterrando en cuevas del sudoeste del país, en Nuevo México y Arizona: pero esta cosa no se desintegra por 10.000 años. Va a estar allí envenenando el agua potable y la tierra. O lo tiran al mar. Destruyen ríos… Sin pensarlo. ¡Y lo saben! ¡Saben lo que están haciendo! Esto es una de las razones de que el marxismo sea más fuerte entre los intelectuales de los Estados Unidos que en cualquier otro lugar del mundo. Vemos los efectos del capitalismo. ¡También nos beneficiamos! ¡Mírame a mí! Soy sano. Y eso es porque los ricos siempre se protegen a ellos mismos. ¡No les importa el calentamiento global! Se compran otra casa en un lugar donde estarán a salvo.
Hay muchas personas que afirman que el marxismo ya no sirve para explicar el mundo.

La reciente catástrofe financiera demuestra lo contrario. Todo el mundo decia: “¿Cómo pasó esto? ¡Cómo puede ser!” ¡Que lean a Marx! El les contará cómo sucedió. Cualquier persona de la izquierda vio claramente y de antemano lo que estaba sucediendo con la creación de las deudas hipotecarias. Los ejecutivos de Goldman Sachs o cualquier otra casa financiera, si les preguntas te responden: “El juego es así.” Y el Estado es cómplice. El gobierno de los EE.UU. no está haciendo nada para la gente sin trabajo o para las personas que perdieron sus hogares. Han salvado los bancos y las instituciones financieras. A hora la brecha entre los ricos y los pobres en los EE.UU. es así: un 1% de la población controla más del 90% de la riqueza del país. Esta es la distribución de riqueza más desbalanceada en la historia del capitalismo. Antes la idea era que el libre mercado permitía que cualquiera pudiera jugar; pero, obviamente sabemos que no puedes jugar sin los recursos. Si yo juego en el mercado bursátil con cinco mil millones de dólares no es lo mismo que si lo hago con mis ahorros de unos miles de dólares.
¿Es posible que esta desigualdad lleve a una revolucion popular como hemos visto en los países del norte de Africa al comienzo de este año?

No. Es imposible. Porque el Estado tiene todo el poder, tiene todas las armas. Ya no puede haber más revoluciones populares. Salvo en el Tercer Mundo, en Ruanda o Namibia. Mira, antes que nada: imagínate que quieres hacer una revolución y quieres destruir a General Motors. ¡General Motors es una empresa internacional! ¿Dónde voy para destruir a General Motors? La ataco en Detroit, pero eso no haría gran daño a la empresa. Esta todo terciarizado por todo el mundo. Y lo mismo vale para el Estado. El Estado está donde sea que el poder del Estado reside. El Estado es Mobil Oil, por ejemplo. Y uno sabe perfectamente qué pasa cuando hay una amenaza terrorista en Washington: ¡el gobierno se va! Tiene búnkers subterráneos… Se ve sano, tanto en cuerpo como en mente. Parece feliz. Pero esa imagen es totalmente contradictoria con lo que piensa sobre la realidad del mundo. ¿Cómo sobrelleva esa tensión? Imagínese que el calentamiento global lleva a la destrucción de la raza humana. ¡Sería bueno para la Tierra! La gente me pregunta, ¿Por qué eres tan pesimista? Y yo respondo: No soy pesimista. Soy optimista. ¡Creo que la raza humana por fin se morirá! ¡Será muy bueno para el planeta! Es la especie humana la que está destruyendo el planeta. ¡No son los perros los que lo están destruyendo! Desde el punto de vista de la evolución darwiniana, es bueno que las especies se extingan. Es algo necesario para que siga en marcha el proceso evolutivo.
¿Se considera usted un nihilista?

Sí. Un nihilista en la ontología, un anarquista en la política. No tengo nada de esperanza o fe en el sistema político o el sistema económico.

Scridb filter
  • 28
  • ago
  • 2010

Artículo escrito por Francois Hartog, extraido del libro Historiadores, Ensayistas y Gran Público (Historiografía Argentina 1990-2010) de Fernando Devoto, en el cual se intenta explicar qué cosa es la Historia en la actualidad, donde el tiempo presente es el tiempo dominante.
Para descargar el artículo hacer click aquí
El Historiador en Un Mundo Presentista

Scridb filter
  • 27
  • jun
  • 2010

El historiador británico Eric Hobsbawn expone su posición sobre la crisis del paradigma histórico marxista y las nuevas formas que adquieren los relatos históricos en el siglo XXI.El desafío de la razón – Hobsbawn

Scridb filter
  • 9
  • jun
  • 2010

En el V Congreso Internacional de Educard, bajo el título Innovar en la Escuela, realizado en noviembre de 2009 en Madrid, se analizaron los vínculos de la educación y las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.
El cierre del Congreso estuvo a cargo del prestigioso sociólogo español Manuel Castells, quien dedicó su charla a La Educación en la Era de Internet. Una profunda, documentada y controversial ponencia que el catedrático catalán pone sobre la mesa y que merece nuestra especial atención.
Los invito a escuchar la Conferencia de Castells y a pensar.

Scridb filter
  • 6
  • jun
  • 2010

La Facultad de Humanidades de la Universidad de La Plata está desarrollando materiales de uso en el aula para docentes de Historia.
Son carpetas didácticas que abarcan diversos períodos histórico:

1- La era del imperio (1873-1914/1918)

2- El quiebre del liberalismo y la crisis del capitalismo (1914/1918-1945)

3- Los años dorados en el marco de la Guerra Fría (1945-1968/1973)

4- La crisis del capitalismo y el derrumbe del bloque soviético (1973/1979-1989)

5- Entre lo que se derrumba y lo que emerge (1989/1991)

Las dos primeras carpetas ya están disponibles en Carpetas Docentes de Historia

Scridb filter
  • 12
  • may
  • 2010

El debate de ideas es una práctica que parece que hubiese quedado en el pasado y solo puede tomarse contacto con ella mirando nostálgicamente al siglo XX.
Pero de pronto entre nosotros asomó la sombra del debate intelectual. Abrámosle la puerta y démosle la bienvenida.
El filósofo y escritor José Pablo Feinman y el historiador Norberto Galasso abordan el tema de la significación histórica del 25 de mayo de 1810, y Galasso no duda en enfrentar las ideas de Feinman con dureza y fina elegancia. Que bueno es respirar el aire del debate de ideas.
Aquí van las posturas de uno y otro (y me huelo que esto no terminará acá)

CÓMO SE CONQUISTÓ EL PACTO COLONIAL
Por José Pablo Feinmann

Alguien tan inteligente como el marxista peruano José Carlos Mariátegui –un marxista como no hemos tenido ni uno aquí salvo Milcíades Peña, pero mucho después– jamás consideró que humillaba a su patria (Perú) ni a la entera América latina por considerar que: “Enfocada sobre el plano de la historia mundial, la independencia sudamericana se presenta decidida por las necesidades del desarrollo de la civilización occidental o, mejor dicho, capitalista” (José Carlos Mariátegui, Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Ediciones El Andariego, Buenos Aires, 2005, p. 16). Y añade: “Mr. Canning, traductor y ejecutor fiel del interés de Inglaterra, consagraba (…) el derecho de estos pueblos a separarse de España y, anexamente, a organizarse republicana y democráticamente. A Mr. Canning, de otro lado, se habían adelantado prácticamente los banqueros de Londres que, con sus préstamos –no por usurarios menos oportunos y eficaces–, habían financiado la fundación de las nuevas repúblicas” (Ibid., p. 17). Pero hay quienes afirman que la Revolución de Mayo (a diferencia de las otras de América) tomó el espíritu de las Juntas populares españoles que luchaban contra la España absolutista, hasta 1810. Luego los ejércitos de Bonaparte las borraron del mapa. Pero la Junta de Buenos Aires sería hija de ese espíritu que encarnaron las Juntas Populares. Incluso se llega a afirmar que Cornelio Saavedra (que es el villano de nuestra revolución) no se proponía, como Moreno y sus compañeros: que eran básicamente dos, Castelli y Belgrano, cambiar el orden social establecido, sino cambiar simplemente de virrey. Corrijamos esto: no se puede comparar a las Juntas Populares de la España rebelde, popular y antibonapartista con la mera, individual, Junta de Mayo, que proponía un Ejecutivo mínimo y quedó descalabrada no bien ese Ejecutivo se amplió. Por otra parte, la Junta de Mayo nunca fue popular ni tenía cómo serlo. Moreno, que deseaba ser Robespierre, carecía de una burguesía revolucionaria. Tenía a unos tenderos, a unos mercaderes del puerto que deseaban importar mercancías del exterior e introducirlas en el país. Y a unos terratenientes que buscaban mercados externos donde vender su trigo y sus vacas. De aquí que estuvieran en contra de España. Sólo porque no querían esclavizarse a un mercado único, sino vender a otros. Sobre todo al resto de Europa, que era, para ellos, la verdadera Europa. San Martín llega al país en una nave que lleva por nombre George Canning. Los brillantes intelectuales de la generación del ’37 proponen cambiar el español por el francés. Sarmiento en Recuerdos de provincia, escribe que 500 años de dominio “terrífico” de la Inquisición se teme que hayan achicado el cerebro español. En sus Viajes: “He estado en Europa y España”. Todo está claro: las revoluciones de América del Sur tuvieron como objeto salir del dominio español (algo que lograron con batallas tan heroicas como las de Maipú y Ayacucho) y tener la libertad de formar parte del desarrollo del occidente capitalista.

Cito (para que no se enojen sólo conmigo los que imaginan a un Moreno y a un Castelli prefigurando a un Ernesto Guevara) a Milcíades Peña: “La llamada ‘revolución’ tuvo un carácter esencialmente político. Lo que Mariátegui observó en Perú vale para toda América latina: La revolución no representó el advenimiento de una nueva clase dirigente, no correspondió a una transformación de la estructura económica y social” (Milcíades Peña, Antes de Mayo, Ediciones Fichas, 1970, p. 76). Alberdi, José Luis Busaniche, el entrañable y riguroso Salvador Ferla, el biógrafo de Moreno Boleslao Lewin y muchos otros.

Pero deseo agregar un par de elementos fundamentales. Dejo de lado los pasajes del Plan de Operaciones en que Moreno sugiere entregar la isla de Martín García a Inglaterra para que nos proteja o sus exultaciones sanguinarias (típicamente jacobinas) o sus elogios a la delación. Vamos a otra cosa. Moreno no tenía lo que tuvo Robespierre: una burguesía revolucionaria. Por consiguiente, todas sus brillantes ideas revolucionarias (la expropiación de las grandes fortunas, por citar una) giraban en el vacío. Tampoco era heredero de las Juntas españolas porque su Junta era una y no tenía arraigo popular. Esta figura que dibuja Moreno (la del ideólogo revolucionario sin clase social que en que apoyarse) será también la de Lenin: el revolucionario socialista sin proletariado urbano. Lenin tenía un problema muy simple: si quería hacer la revolución siguiendo las indicaciones de El Capital tenía que esperar 50 años. Que la burguesía se desarrollara y diera origen al proletariado revolucionario. Jamás. Ideó la teoría de la vanguardia. Una élite de intelectuales (que conocían las leyes del desarrollo histórico) formarían un partido de vanguardia y entregarían al proletariado la “ideología revolucionaria” evitando así el pasaje por la etapa capitalista. Esa sería la “dictadura del proletariado”, pero dirigida por una vanguardia que ejercería una tutela ideológica sobre ese proletariado modelando su conciencia revolucionaria y ahorrándole el pasaje por el infierno de la etapa capitalista. Todo esto tenía que terminar mal. El Partido de Vanguardia se convierte en Partido de la Burocracia. La teoría revolucionaria en dogma. El Partido elige a un líder. El líder se transforma en dictador y da inicio a la etapa del culto a la personalidad. Lenin no vio esto porque se había muerto, pero el diagrama le pertenece. Moreno razonaba de un modo similar. No tenemos una clase social que nos apoye. No importa: la vanguardia hará la revolución.

Escribe en el Plan de Operaciones: “Los pueblos nunca saben, ni ven, sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice” (La cita está en Filosofía y Nación, difícil de conseguir en estos momentos pero en breve saldrá una edición nueva). Esta frase la ha dicho el numen, la deidad inaugural del periodismo argentino. Hoy, más que nunca, nuestro periodismo cree en ella y trata de ejercerla. (Cada vez, creo, con menos eficacia: las reiteraciones terminan por volverse cruelmente en contra de los reiteradores ante el aburrimiento de los que las reciben pasivamente hasta que advierten que si “mil repeticiones hacen una verdad”, como decía Goebbels, dos mil despiertan la sospecha del engaño.) Pero la ausencia de masas en su proyecto, la ausencia de una clase social poderosa que lo apoye determina su derrota. Cuando escribí el capítulo sobre La Razón Iluminista y la Revolución de Mayo en Filosofía y Nación corría el año 1975. Día a día, en medio de un reflujo de masas más que evidente, la Orga de los Montoneros se había trenzado en una lucha a muerte con las bandas de la Triple A. Fue escrito contra la práctica vanguardista y fierrera de los montos. Ese fue el disparador. Me apoyé centralmente en Ferla, pero esperaba –si en algún momento retornaba la posibilidad de discutir estos temas– exhibirle al vanguardismo montonero sus similitudes con la soberbia morenista. Me dediqué entonces a garabatear algunas consignas morenistas inspiradas en las de la Orga de Firmenich y los suyos. Algunas –además de divertidas– son seriamente conceptuales: Que se sepa/ Que se sepa/ Castelli se curó/ pa’ decirle a los gorilas/ la puta que los parió. O también: ¡Guillotina! ¡Guillotina!/ Para los hijos de puta/ que vendieron la Argentina. O si no: Con Moreno en el alma/ Castelli en el corazón/ Haremos de l’Argentina/ La gran patria jacobina. O por qué no: Si Moreno viviera/ Sería conducción/ Sería lucha armada/ Para la liberación. Aunque: ¿le cedería Firmenich la conducción a Moreno? Una más: Mayo argentino/ Mayo morenero/ Mayo argentino/ Mayo montonero. Otra: Liniers, Liniers/ Gallego y franchute/ Te quisiste rebelar/ Moreno y Castelli/ Te hicieron recagar. Y la última: Si Evita viviera/ sería morenera.

En suma, las “revoluciones” de América latina lo fueron –por completo– respecto de España. Había que expulsar a los godos de un continente que deseaba entrar en la modernidad capitalista. Desde esta perspectiva, la lucha fue a muerte y fue triunfal: el poder español se retiró. Fue derrotado –por el glorioso general Sucre en 1824 en la batalla de Ayacucho– el poder colonial al que estábamos sometidos. Se inicia, a partir de ahí, el pacto neocolonial. América latina se transforma en un continente de monocultivo para cubrir a bajos precios las necesidades de las industrias británicas. Inglaterra, taller del mundo, nos dará todas las mercancías que necesitemos. Pero esa es otra historia. Y no disminuye la grandeza de San Martín, que acaso vino al Plata en la corbeta George Canning para llevar a cabo esa y sólo esa tarea: echar a los godos, derrotar el atraso, abrir las puertas de la modernidad occidental. Acaso en Guayaquil –si Bolívar le confío sus sueños sobre la gran nación bolivariana– le dijo no, lo que yo vine a hacer a este continente ya está hecho. Y se fue. El resto es otra historia. La de la Revolución de Mayo es la que acabamos de narrar.


GALASSO vs FEINMAN

“Sorprende que Feinmann adjudique el antinacionalismo a Moreno y San Martín”, dice Galasso.
Por Norberto Galasso

El artículo se titula Cómo se conquistó el pacto neocolonial (18/04/2010, Página 12) y sorprende que José Pablo Feinmann no mencione a Bartolomé Mitre (trazado de ferrocarriles ingleses en abanico hacia el puerto, empréstitos e instalación de bancos ingleses) y en cambio, le adjudique ese protagonismo antinacional a la Revolución de Mayo, a Mariano Moreno y al General San Martín. Por eso, paso a reseñar lo fundamental del artículo donde encuentro graves errores.

Feinmann reproduce una cita de Mariátegui fundando así su tesis descalificatoria de la Revolución de Mayo: “Los ingleses habían financiado la fundación de las nuevas repúblicas”. Pero esa cita es aplicable a 1824 y no a 1810. Proviene del libro El congreso de Verona, del vizconde de Chateaubriand, quien sostiene: “De 1822 a 1826, diez empréstitos han sido hechos en Inglaterra en nombre de las colonias españolas”. Chateaubriand explica el objetivo colonialista de esos 10 empréstitos, por un total de 20.078.000 de libras y después de demostrar que fueron una estafa –Inglaterra quedó como acreedora por 35.745.000 libras– concluye: “Las colonias españolas se volvieron una especie de colonia inglesa”.
Esto se produce entre 1822 y 1826 y se corresponde con la política de la burguesía comercial portuaria expresada por Rivadavia en el período que Vicente López y Planes llama “de la contrarrevolución”, respecto al período de Mayo (1810-1821) que fue, según señala, el de “la revolución”, cuando se hablaba “de patriotismo” mientras que en la época rivadaviana “se proclamó el principio de habilidad o riqueza” (Carta a San Martín del 4/1/1830). Con esos empréstitos quedaron encadenados al Imperio varios países latinoamericanos –fue el inicio, con Baring Brothers, de nuestra deuda externa– y no existe relación alguna con la Revolución de Mayo. Scalabrini Ortiz enseñó, en Las dos rutas de Mayo, que la de Moreno (nacional y revolucionaria) era antagónica a la de Rivadavia (colonialista). Puede sostenerse que en 1824 nace ese pacto semicolonial que consolida luego Mitre a partir de 1862.

Como al pasar, Feinmann sostiene que “hay quienes afirman que la revolución de Mayo, a diferencia de la otras de América, tomó el espíritu de las Juntas españolas que luchaban contra la España absolutista” y agrega: “Corrijamos esto: no se puede comparar a las Juntas Populares de la España rebelde, popular y antibonapartista con la mera individual Junta de Mayo [...], junta de mayo que nunca fue popular ni tenía cómo serlo”. En primer término, no hay diferencia entre la revolución de Mayo y “las otras de América”, pues en todos los movimientos entre 1809 y 1810, se forman Juntas Populares, como en España, para desplazar a los virreyes, y en todas ellas se jura por Fernando VII, lo que prueba que no tenían inicialmente un propósito separatista y que al igual que las juntas españolas, confiaban en Fernando VII como el posible modernizador de España.

Esa revolución española declara que las tierras de América no son colonias, sino provincias, y propicia la formación de Juntas, cuyo contenido inicial es democrático, no independentista y se tornan separatistas a partir de 1814 cuando la revolución española es derrotada por el absolutismo (hasta 1814 flameó la bandera española en el Fuerte de Buenos Aires). En segundo lugar, es correcto que nos faltó una burguesía nacional unificadora, capaz de consolidar la revolución hispanoamericana. Ni Moreno ni Bolívar ni San Martín tuvieron burguesía nacional en que apoyarse o cuando la había, era muy débil y estaba mentalmente colonizada, como le ocurrió después a Perón en la Argentina. Pero también faltó –o fue muy débil– la española, y por eso volvió el absolutismo a España en 1814. Sin embargo, Moreno sostenía la necesidad del rol del Estado que podría reemplazarla como se ha planteado un siglo y medio más tarde en varios países del tercer mundo (por eso, Moreno, al igual que San Martín, gesta fábricas estatales de armas y de pólvora).

Otro error consiste en afirmar que “la Junta de Mayo nunca fue popular ni tenía como serlo [...] que sus compañeros (los de Moreno) eran básicamente dos”. Por el contrario, eran sectores populares dirigidos por los chisperos o manolos de la Revolución como French, Beruti, Donado, Arzac, Orma, Dupuy, Cardozo, Planes y muchos otros que movieron mil personas en la plaza (el 2% al 2,5% de Buenos Aires; en valores actuales sería una concentración de 80.000 a 100.000 personas). Los enemigos del pueblo tenían en claro lo que era el morenismo: Arroyo y Pinedo lo aborrecía porque “Moreno sostiene que ya todos somos iguales, máxima que así vertida en la generalidad ha causado tantos males” y agregaba: “En estas circunstancias en que el susodicho Moreno se había arrastrado a la multitud”.

El morenismo se continúa después de 1810 con Monteagudo y San Martín. Son los continuadores de Moreno, después de su muerte y tanto es así que la Asamblea del año XIII adopta importantísimas medidas democráticas y antiabsolutistas, iguales a las que aplica San Martín cuando es Protector del Perú: principios fundamentales como la destrucción de los instrumentos de tortura, la abolición de títulos y escudos nobiliarios, la abolición de los tributos que pesaban sobre los indios y la libertad de vientres, entre otras. La confrontación de clases y de proyectos es evidente en esa época. Que la izquierda abstracta pregone que son luchas interburguesas pues ninguno aspiraba al socialismo y, por tanto, despreciables, resulta coherente con su desvinculación con la clase obrera real, pero que lo haga un filósofo de la talla de Feinmann, es lamentable y peligroso.

Asimismo, sorprende que Feinmann no acuse a Mitre del pacto semicolonial y en cambio defenestre a Moreno y, al mismo tiempo, descalifique a Lenin y niegue el protagonismo popular –justamente cuando se multiplican hoy las concentraciones populares– para luego caer en la versión de Sejean de que San Martín fue sobornado en Londres en 1811, y no le interesaba la unión latinoamericana –justamente hoy cuando avanzamos hacia ella con la Unasur y otras expresiones de la Patria Grande–.

Advierto en el artículo de Feinmann algunos otros errores. Por ejemplo, sostener que los terratenientes deseaban exportar trigo en 1810, cuando ello sólo empezó a manifestarse siete décadas después, desacierto que proviene seguramente de las urgencias periodísticas. Pero no puedo dejar de criticar el final donde afirma: “Acaso en Guayaquil –si Bolívar le confió sus sueños sobre la gran nación bolivariana– le dijo no, lo que yo vine a hacer a este continente ya está hecho. Y se fue”. Con esta suposición sugiere (previamente señala dos veces que vino en una fragata inglesa) que San Martín, al igual que los revolucionarios de Mayo, es también responsable del pacto semicolonial, dando aliento así a la tesis de Sejean de que San Martín era un agente inglés. En este aspecto existen proclamas, cartas y en especial el tratado “Pacto de unión, liga y confederación perpetua”, firmado el 6/7/1822, entre Monteagudo, en representación de San Martín, y Mosquera, en representación de Bolívar, por una “asociación para formar una nación de repúblicas”.

Este tratado aparece en los textos como entre Perú y Colombia, pero Perú incluía el territorio que luego fue Bolivia y tenía el apoyo de Chile (O’Higgins) y Colombia se integraba con Venezuela, Ecuador, Colombia y Panamá, que formaba parte de esta última, y en él se comprometen los firmantes a “interponer buenos oficios con los gobiernos de los demás estados de la América antes española para entrar en este pacto”. Por supuesto, el probritánico Rivadavia no apoya esta política.

Artículo Feinman
Artículo Galasso

Scridb filter
  • 29
  • abr
  • 2010

En una densa y profunda entrevista publicada en la Revista Ñ, el más grande historiador vivo de la Argentina, Tulio Halperin Donghi deja su perspectiva sobre el estado actual de la historiografía de nuestro país.

Halperin – El historiador y la tradición

Scridb filter
  • 10
  • mar
  • 2010

200 AÑOS DE CONTRADICCIONES

Más que un libro de historia, Dardo Scavino propone en “Narraciones de la Independencia”, recién publicado, un ensayo arqueológico de la política argentina, que reflexiona, a partir de textos, sobre las ambivalencias del relato revolucionario.


Perdura aún en el imaginario argentino un relato escolar de la Revolución de Mayo y del proceso de la independencia. La lluvia, el  cabildo, las discusio­nes en la jabonería de Vieytes, Corneíio Saavedra y Mariano Mo­reno irremediablemente enfrenta­dos, el pueblo en la plaza, y allí, el reclamo por saber de qué se trata. Después vendrá San Martín, la sorprendente conciencia política de Cabral antes de su muerte, el Himno Nacional; más tarde Tucumán y los brazos en alto y al fin la libertad, de nuevo, casi por se­gunda vez. Es una historia cerra­da, con imágenes de abnegación y patriotismo, poco de diferencia y más de unidad y clausura. Desde esta perspectiva, los hechos debían entrelazarse con una sola direc­ción, ser continuos y permeables a causas definidas en nombre del espíritu patriótico, de la conquis­ta de la libertad del pueblo, de la conformación de un único pasado argentino, etcétera. Es un acerca­miento monolítico, que elabora una historia coherente y homogé­nea. Una arqueología, en cambio, no busca encadenamientos causa­les sino condiciones históricas de posibilidad de un saber. Es decir, comprender la historia ya no co­mo una sucesión documentada de hechos con pretensiones de obje­tividad y coherencia sino como la composición de un relato que los agrupa y reúne. Esto no significa desactivar la verdad histórica sino entender que esta verdad es el desenlace de una textura discur­siva. Que la objetividad de los do­cumentos (y de sus efectos) es el relieve que se eleva por sobre los relatos que componen la historia.

Es en esta perspectiva don­de se sitúa el pensador Dardo Scavino en su análisis sobre las revoluciones y el proceso de la in­dependencia de los pueblos hispa­noamericanos en su nuevo libro Narraciones de la independencia. Arqueología de un fervor contra­dictorio. Narraciones, arqueología, contradictorio: esos son los con­ceptos que le permiten dar cuenta de un quiebre de sentido, de una discontinuidad narrativa en el origen mismo de las repúblicas americanas.

“La expresión ‘fervor contra­dictorio’ la tomé de Octavio Paz, quien la acuñó para hablar de la ambivalencia afectiva de los crio­llos en relación con indios y es­pañoles” -afirma Scavino en la entrevista por correo electrónico con Ñ. “Esta ambivalencia se ex­plica a mi entender por la existen­cia de dos narraciones antitéticas que llamo la ‘epopeya popular americana’ y la ‘novela familiar del criollo’ y que se remontan a la colonia. Durante la independencia ambas solían coexistir en un solo y mismo texto. A propósito de la conquista, por ejemplo, los patrio­tas se presentan, a veces, como descendientes de los indios con­quistados y otras, de los conquis­tadores españoles. Ya a principios del siglo XVIII esta contradicción había sorprendido a dos agentes secretos de la corona española. Para ellos, se trataba de un claro síntoma de la chifladura de los criollos. Mi diagnóstico, en cam­bio, es más bien político”.

Dos narraciones: por un lado la epopeya popular americana, por otro la novela familiar del criollo. Son relatos antitéticos, contradic­torios, anteriores al proceso revo­lucionario pero sobre los cuales va a asentarse la práctica política de quienes llevaron adelante las luchas por la independencia. “En la narración americana, la revolu­ción venía a establecer la igualdad entre los diversos grupos; en la na­rración criolla, la revolución venía a restablecer la superioridad de los criollos”, escribe Scavino en su libro y analiza cómo la igual­dad republicana deviene en hege­monía política criolla. Si el indio y el afroamericano eran parte de los americanos que luchaban contra la monarquía española; si todos ellos, por haber nacido en esta tierra, encontraban una identidad compartida contra un enemigo común; si eran iguales frente al poder del imperio, esa igualdad se pierde bajo el poder del criollo que defiende su superioridad.

-Según Tulio Halperín Donghi la hegemonía criolla responde a una necesidad económica en la administración del Estado. ¿No puede ser esta la razón de esa contradicción narrativa?

-Los propietarios de los medios de producción, los criollos, busca­ban controlar el aparato de Esta­do. Estamos de acuerdo. Esta es, después de todo, la definición de revolución: otra clase social pasa a controlar ese aparato. Pero el pro­blema es cómo conquistaron an­tes la hegemonía política que les permitió lograrlo. Basta comparar la independencia hispanoameri­cana con lo que sucedió en otros continentes, para advertir que no alcanza con tener la propiedad de los medios de producción para conquistar esa hegemonía. En Ar­gelia, por ejemplo, los pieds noirs, el equivalente francés de los crio­llos, que también tenían sus con­flictos con esa administración me­tropolitana que les imponía sus funcionarios y sus gravámenes, no lideraron las revoluciones de independencia. Y es más, cuando éstas concluyeron, tuvieron que hacer las valijas y volverse a la me­trópoli, abandonando sus propie­dades. Si se hubiesen presentado a sí mismos como los hermanos de los argelinos en lucha contra el opresor francés, otro gallo ha­bría cantado. Pero no lo hicieron. Los criollos, en cambio, sí. Y des­de mucho antes de las revolucio­nes. Después podemos discutir si, como sostienen algunos, los criollos instrumentaron el relato indigenista. Yo me inclino a pen­sar que no, que más bien fueron instrumentados por él.

Ambos discursos son hereda­dos, es decir, que no son sucesivo sino contemporáneos uno del otro. Entonces para Scavino el soporte de la revolución está dado por un andamiaje narrativo que lo antecede y que define el sujeto de las prácticas revolucionarias como oscilante y de identidad fragmen­tada. Cuando Bolívar, O’Higgins, Miranda o Monteagudo dicen “no­sotros”, ¿quién habla en esa voz? ¿Quién enuncia la revolución, el nombre originario de este suelo o el hijo de los españoles? Porque en ellos la voz de la lucha política está tomada por esta oscilación, por esta doble identidad de ser nacidos en América y, a la vez, oriundos de España. El primero es la palabra inclusiva de la dife­rencia; el segundo, la voz de una hegemonía elitista que va a perdu­rar en el tiempo.

-Si en la narración criolla la re­volución es una repetición de la conquista española, ¿hubo real­mente una revolución?

-Desde la perspectiva de la narra­ción criolla la revolución debía tra­ducirse en una restitución de los derechos que los Reyes Católicos y Carlos V les habían acordado a sus ancestros, los conquistadores. Sólo puede hablarse de revolu­ción, en este caso, si se entiende literalmente el vocablo: hubo una vuelta a los orígenes. Eso lo dicen muy claramente Bolívar, Teresa de Mier o Viscardo y Guzmán. La revolución tenía que restablecer el “contrato originario” de Amé­rica que eran las “capitulaciones”. El problema es que ellos mismos dicen a veces lo contrario: la revo­lución no es el restablecimiento de los derechos de los conquista­dores sino de los conquistados. De modo que aquí los autores no son tan importantes como las narra­ciones.

La sucesión de esta hegemonía criolla será vista por Scavino en el devenir político argentino poste­rior a la revolución: en la obra de Alberdi, en la “conquista” mortífera de Roca, en los discursos de Lugones o en las ideas de Héctor Murena. Entonces la dicotomía civilización y barbarie expresada por Sarmiento en el Facundo está presente ya en una de las narracio­nes de la independencia. Y aclara: “La hegemonía no es para mí el discurso dominante o colonial. Mi libro no se inscribe en la perspec­tiva de Edward Said y los estudios llamados poscoloniales. Yo sigo aquí una tradición que se remonta al joven Marx y que encontramos, más recientemente, en Ernesto Laclau. Una parte de la sociedad es hegemónica cuando sus reivin­dicaciones y derechos se convier­ten en las reivindicaciones y los derechos de toda la sociedad. Esta hegemonía va a venir acompaña­da por un relato en el cual la lucha de ese pueblo fue, desde siempre, la lucha por la conquista de esas reivindicaciones y derechos. Pero el proceso hegemónico podría ha­ber sido otro y contar, retrospecti­vamente, otra historia”.

El concepto (significante) Amé­rica Latina supone la reunión de estas contradicciones y la hege­monía europea. ¿Por qué? ¿Cree que esto se mantiene a lo largo del siglo XX?

-   Sí. Fíjese en el Canto general de Neruda. Se trata de una de las versiones más grandiosas de la epopeya popular americana, de la lucha de Latinoamérica por su emancipación. Y como su­cedía ya en muchos textos de la independencia, Neruda empieza denunciando la opresión inicial: la conquista, prefiguración, para él, del imperialismo yanqui. Pero Neruda concluye su relato de la conquista con un poema intitula­do A pesar de la ira. “La luz vino a pesar de los puñales”, escribe ahí. Aunque la conquista haya sido un episodio nefasto, Neruda piensa que sin esta peripecia América no hubiese entrado en la historia universal, en la historia humana. Así que, por una prodigiosa inversión dialéctica, los verdugos se convier­ten en redentores o los opresores en liberadores. Alguien puede señalarnos que entre decir que los indios eran seres “sin alma ra­cional” y decir que eran seres “sin historia” hubo un gran progreso. A lo mejor. Pero el problema es que entre Sepúlveda y Neruda cambió la definición de lo huma­no: animal racional, en un caso; animal histórico, en el otro. Con un detalle interesante. ¿Cómo se entra en la historia? Patriotas co­mo Monteagudo lo decían clara­mente: a través de la integración en el mercado mundial. Ergo, el que no esté integrado en el mer­cado mundial…

Es sobre este relato de una éli­te ilustrada que se labra el discur­so liberal y burgués de América Latina del siglo XX, que define siempre una nueva barbarie so­bre la que hay que intervenir po­líticamente para “normalizarla” de acuerdo con las necesidades del mercado. Para Scavino, uno de los efectos políticos de estas narraciones contradictorias es “la aparición de la propia Latino­américa. No hace mucho, en estas mismas páginas, Jorge Volpi de­cía: ‘Latinoamérica no existe’. Pero del mismo modo que Volpi existe porque hay alguien que responde a ese nombre, hay millones de su­jetos que se sienten interpelados por el gentilicio latinoamericano. Las entidades políticas tienen una existencia simbólica: cosas en nombre de las cuales actuamos o tomamos decisiones. Esto no significa que todos los interpela­dos estén de acuerdo con la sig­nificación de ese significante. Eso sí, como toda entidad simbólica, se inscribe siempre en una oposi­ción. Este nombre, de hecho, apa­reció en un momento preciso: en 1856, cuando los norteamericanos invadieron por primera vez Nica­ragua y algunos escritores, como el chileno Francisco Bübao, inter­locutor de Urquiza, o el colombia­no Torres Caicedo, sustituyeron en la epopeya popular americana el enfrentamiento entre América y España por un antagonismo entre la América latina y la sajona.

-¿Cree que el relato de la epo­peya americana podría haber tenido otro destino?

-Supongo que el significante La­tinoamérica no habría sido adop­tado, y sobre todo no habría asu­mido ese valor anti-imperialista, si los franceses hubiesen logrado quedarse en México extendiendo el imperio de Maximiliano hacia el sur. Para un intelectual como to, el gentilicio latinoamericano recordaba nuestra filiación euro­pea. Para él, latinoamericano no se oponía tanto a americano sajón como a indo o afro-americano.

Casi sobre el final escribe en su libro: “Doscientos años des­pués de las revoluciones de la in­dependencia que suprimieron el pongo, el yanaconazgo y la mita, las mismas poblaciones se ocupan de limpiar las casas de los criollos, de cultivar y cosechar sus campos y de internarse en sus minas”. Dardo Scavino escribió más un ensayo arqueológico sobre la polí­tica argentina que un libro de his­toria. O en todo caso es la historia de un presente que, con ciertas di­ferencias, no deja de ser el efecto de las mismas narraciones y de la misma contradicción. Se inscribe en una tradición historiográfica fértil, imperiosa, fuera de aquellas planicies monocordes de próceres valientes situados en un pasado lejano. Para Scavino las narracio­nes contrapuestas que sostuvieron aquella emancipación siguen sien­do en el presente, doscientos años después, con otros rostros pero bajo los mismos enunciados. No porque la historia sea cíclica y se repita sino porque, de algún mo­do, siempre fue la misma.

Publicado en Revista Ñ – 6-3-2010

Scridb filter