200 Años y 4 Argentinos

La construcción de la Historia Argentina, como la construcción de todas las historias nacionales, requiere de su mito de origen, y la Historia Argentina ha logrado consensuar su mito de origen en el 25 de mayo de 1810.

La Revolución de Mayo es el mito de origen de la Historia Argentina, por eso estamos aquí festejando el bicentenario del acontecimiento que dio origen a nuestra nación.

200 años de historia no son muchos años para un país, por el contrario, somos una nación joven, en un mundo con naciones en algunos casos milenarias.

Una nación joven que puede sintetizarse apenas en la vida de cuatro argentinos.

La vida de cuatro argentinos es la vida de la Argentina.

Un primer argentino, el argentino del origen.

El argentino del origen nacido en 1800 podría haber visto a su familia convulsionarse para organizarse y expulsar al invasor inglés en las calles de la Buenos Aires colonial, y pocos años después presenciar en mayo de 1810 la revolución criolla que quitaría del poder al virrey español para dar forma al primer gobierno criollo.
El argentino del origen vio partir las tropas revolucionarias que entre derrotas y victorias terminarían por expulsar al ocupante español mientras las noticias de independencia llegaban desde el Tucumán.

Y aún sin finalizar las gestas de San Martín o de Guemes, el argentino del origen vio desatarse la guerra civil que persistirá cobrándose la vida de miles de compatriotas por medio siglo y que consagrará la disputa, el enfrentamiento y la destrucción del enemigo como una marca genético cultural de nuestra nacionalidad.

El argentino de origen verá allá por 1830 aparecer la figura esperanzadora de un estanciero de la campaña de Monte, Juan Manuel de Rosas, que prometiendo el regreso del Orden y la restauración de la ley en un escenario de caos encolumnará a miles detrás de sí, y entre esos miles irá el argentino de origen.

Al llegar a la mitad del siglo XIX, en un territorio ordenado y pacificado, a la manera en que se pacificaba en la Argentina del siglo XIX, este argentino de origen es muerto, y deja paso a otro argentino, el segundo argentino, el Argentino de la Construcción Nacional.

El segundo argentino observa como el mundo se mueve hacia el progreso que lideran las ideas liberales y el capitalismo, y se abraza a la idea junto a otros argentinos, exiliados por sus ideas, que elaboran una argentina distinta a la imaginada por el gobernador Rosas.

El argentino de la construcción nacional cree que han llegado los tiempos de cambio y que los cambios no se esperan se fuerzan, y observará con agrado como los ejércitos del caudillo entrerriano Urquiza derrocan y envían para siempre al exilio a Rosas, la última valla que se interponía entre la vieja y la nueva argentina. La Argentina de la civilización y el progreso, la de los Sarmiento y los Mitre, aquellos que ven en el desierto argentino el terreno ideal para establecer los cimientos de una moderna nación unida al destino imperial de Gran Bretaña.

Este segundo argentino presenciará la transfusión de miles de inmigrantes europeos que llegan a reemplazar a la población autóctona, los civilizados para imponerse a la barbarie.

El argentino de la construcción nacional crea una nación liberal a fuerza de migración, ferrocarriles, inversiones británicas y campos de trigo. Este segundo argentino verá sucederse uno tras otro presidentes que solo eligen unos pocos que no casualmente son los mismos pocos que se enriquecen, la entonces joven oligarquía.

La argentina oligárquica del segundo argentino será la encargada de festejar el primer centenario, Este segundo argentino, el de la construcción nacional no celebrará el centenario, se celebrará a sí mismo.
Hace hoy 100 años la argentina oligárquica del segundo argentino le mostraba al mundo de lo que era capaz una nación claramente encuadrada en el sistema imperialista. La sexta economía del mundo, pero sin democracia y sin pueblo.

Y con el centenario desaparece el segundo argentino y deja su lugar al tercer argentino, el Argentino de los Barcos, el Argentino de la Democracia.

Un tercer argentino que aspira a dejar de ser mero espectador, que se compromete con su nación, un argentino que ya no tiene tradicional apellido español y cuyos ancestros se encuentran del otro lado del océano.

Este tercer argentino, el de los barcos, formará parte de los movimientos políticos que impulsarán la necesidad de la participación política del pueblo y que celebrará en las calles la llegada al poder por efecto del voto popular del dirigente radical Hipólito Yrigoyen.

Pero este tercer argentino no puede escapar a aquella marca genética de la contradicción y la fragmentación. Solo una década después otros argentinos acompañan los aires totalitarios que soplan en Europa y anuncian la hora de la espada para cortarle la cabeza al sistema democrático e intentar darle nueva vida a la vieja oligarquía que hasta hace poco era pasado.

El tercer argentino presenciará pasivamente el primer golpe de estado militar en 1930, y el inicio de un inútil intento por reanimar la argentina del segundo argentino, en un mundo que ya no era el mismo.
Por eso este tercer argentino se fundirá con el cuarto argentino, un argentino ignorado, invisible, el Argentino Popular, que llegando a la mitad del siglo XX se reconocerá en otros argentinos invisibles como él, y en un líder que los conducirá a sus años dorados, Juan Perón.

El cuarto argentino, el argentino popular, es el integrante de una argentina que persigue la justicia social para todos, la Argentina del estado de bienestar y la inclusión, pero también es parte de una argentina que sigue sin poder dejar atrás la marca del argentino de origen, la de la división y la fragmentación, la de la aniquilación del enemigo. Y así es como este cuarto argentino presenciará un nuevo golpe de estado contra el poder popular y el inicio de un tiempo de sombras signado por la exclusión política de la mayor parte de los cuartos argentinos.

El cuarto argentino será protagonista y no ya espectador de nuevos tiempos violentos, de esperanzadoras aperturas, de utópicas revoluciones y de nuevas horas de sangre y luto, hasta que hace apenas 27 años, en 1983, ese cuarto argentino compartió la inauguración de un inédito e histórico consenso nacional consistente en elegir la vida democrática como nuestro mejor escenario.

Han sido 4 argentinos, el del origen, el de la construcción nacional, el de los barcos y el de la participación popular.

200 años y cuatro argentinos, quizás sea este el tiempo en que esté naciendo un nuevo argentino, el quinto argentino, el argentino del bicentenario, el que sea protagonista de una nación más igualitaria, una nación con lugar para todos, una nación más tolerante, una nación adulta.

Somos una nación joven de 200 años, una nación de cuatro argentinos.

Por eso esperamos por el quinto argentino, el de la nación adulta, el Argentino que deje atrás nuestra marca de origen, la de los odios y la división, y entienda que una nación adulta solo se puede construir entre todos, al menos entre todos los que amamos a la Argentina.

Si acaso hemos tardado 200 años en comprenderlo, la vida y obra de nuestros cuatro argentinos que nos precedieron no habrá resultado en vano.

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