La fábula del prócer nacional

Por Martín Kohan

¿Cuál es el San Martín verdadero? ¿El anglófilo o el anglófobo? ¿El cristiano o el masón? «Admite todas las versiones –sostiene Kohan– incluso si se contradicen.»

Los libros sobre San Martín que no dicen nada nuevo no son menos indispensables que los libros que aparecen para decir algo que no había sido dicho antes o que no se recordaba que se hubiese dicho antes. Hay libros que aportan una novedad o que al menos lo pretenden; así, por ejemplo, el libro de Rodolfo Terragno que consignaba que el plan colosal de cruzar la cordillera de los Andes para luego liberar a Chile y por fin liberar a Perú fue tomado por San Martín de un inglés llamado Maitland; o por ejemplo la pretensión de José Ignacio García Hamilton de que nuestro Padre de la Patria no fue hijo regular de quienes siempre creímos que era, sino hijo irregular de su rival Alvear y de una india de ocasión. En estos libros había una novedad, o una ambición de novedad por lo menos, y en ese aporte encontraban en gran medida la justificación de su existencia. Pero no están menos justificados los libros que aparecen y no innovan, los que no hacen explotar entre sus páginas alguna revelación inesperada, los que vuelven sobre lo dicho y narran lo ya narrado. Porque la vida de San Martín es un cuento que siempre queremos que nos cuenten otra vez. Queremos que nos lo repitan, queremos oírlo de nuevo, queremos leerlo de nuevo. Y no para encontrar otra cosa; queremos oír de nuevo lo mismo, queremos leer de nuevo lo mismo. Queremos de nuevo la misma historia de siempre.

El libro que publica John Lynch cumple con este vital requisito. John Lynch es profesor emérito de la Universidad de Londres y director de su Instituto de Historia de América Latina; en libros anteriores se ha ocupado de la colonización española de América Latina, del reinado de Carlos V y de la vida de Simón Bolívar. Ahora ofrece San Martín. Soldado argentino, héroe americano. ¿Qué clase de San Martín nos propone Lynch? El mismo de siempre, que es el que importa. ¿Y qué hace Lynch con él? Nos lo confirma, lo ratifica, refuerza la dosis, subraya y asienta. ¿En qué héroe está pensando este historiador inglés en su libro: en el San Martín de la escuela o en el San Martín verdadero? La disyuntiva es vana y engañosa, porque el San Martín de la escuela es el San Martín verdadero. ¿De qué sirve preguntarse si hay verdad en el mito, cuando lo poderoso del mito es que produce verdad y no que sea verdad? El mito del héroe es la verdad del héroe; el bronce sanmartiniano es la prueba de su autenticidad.

La versión de John Lynch es versión en sentido estricto: variación sobre lo mismo. Con las garantías de la documentación fehaciente y el atractivo de la amenidad narrativa, nos procura a un San Martín que es otra vez el héroe de miras más altas, el paladín sin ambiciones personales, el mártir de los renunciamientos, el sacrificado que relegó la vida familiar, el prócer ecuánime que no quiso derramar sangre fraterna, el complemento simétrico de Simón Bolívar (mejorado por la modestia y el sentido de la discreción). Es la historia que conocemos del prócer que conocemos; es la historia de su vida y es también la historia de nuestro mito de origen. La vibración épica que imprime parejamente sobre una historia plagada de hazañas heroicas y de abnegaciones no menos heroicas nos señala a cada momento, como si hubiese que parafrasear al prócer, lo que somos y lo que debemos ser.

Decir fábula en este caso no supone decir falsedad, ni tampoco tergiversación. Esa clase de lucha, la de la verdad contra la mentira, la dirime cada historiador con su respectivo arsenal de pruebas y con la estrategia de validación que escoge o que le toca. Decir fábula supone decir también verdad, pero otra forma de verdad, una verdad de otra especie. Que se agrega a la verdad de los hechos, a la verdad constatada, y se combina con ella. Porque con relatos de esta índole, los relatos de la vida de un héroe nacional, la verdad de lo que fue se vuelve imposible de separar de la verdad de lo que significa. Aunque no se trate de literatura ni quieran serlo, participan a su manera del mundo del artificio narrativo, y las cosas que se cuentan resultan indisociables de la forma en que son contadas. En la verdad de lo acontecido existe José de San Martín, pero es sólo con la potencia fabulosa de la verdad de la significación que un Padre de la Patria emerge y se consagra.

John Lynch ajusta y actualiza el régimen de verdad que va a respaldar su relato. Distingue fuentes seguras de premisas establecidas pero discutibles, recusa documentos apócrifos o denuncia falta de pruebas, distribuye dudas y credibilidades; distingue a lo lejos un más allá de la certeza: lo que «no se sabe», y en el medio un territorio lo menos extenso posible donde habita lo conjetural, lo que hay que suponer, lo que es solamente probable. Llegado el caso, recurre a Mitre, pero si hace falta también cuestiona sus exageraciones. Apela a miradas de aquel tiempo, como la del General Paz, pero también a perspectivas contemporáneas como la de Patricia Pasquali o la de Rodolfo Terragno. Es decir, en fin, que como todo historiador meticuloso establece su propio dispositivo de certidumbres y consistencias, para que en ese pedestal se sostengan tanto su biografía como su biografiado.

Ahora bien, en esto como en todo, no existe repetición sin que exista diferencia. Lynch nos provee su San Martín no para que lo conozcamos, sino para que lo reconozcamos: a eso apuntará por necesidad cualquier lectura argentina de su libro. Pero a la vez, si bien confirma, también modula inflexiones que son muy propias. El San Martín que compone John Lynch es expresamente un «anglófilo San Martín», que marcadamente «puso sus ojos en Gran Bretaña» y que obtuvo a cambio la recompensa de que «siempre hubo un sesgo británico a favor de San Martín». A lo largo de la narración de Lynch, los habituales testigos y allegados británicos de su entorno se multiplican hasta el punto de dar la impresión de que casi no hubo acontecimiento que no se viese registrado por una mirada británica (un comodoro inglés, un viajero inglés, un general inglés, un cirujano inglés, un ministro británico, el cónsul británico, un oficial de la marina británica, otro viajero inglés, un viejo amigo de Londres, otro comodoro inglés, un capitán inglés, un observador inglés, un marinero escocés, una inglesa que lo conoció en Chile, un agente británico, un amigo irlandés) y que es por ese registro en gran parte que llega hasta nosotros.

Resulta igualmente notoria la disposición de Lynch a asegurar a un San Martín recatado (para lograrlo, administra sus fuentes: prefiere al recio soldado de José Pacífico Otero antes que al «santo de la espada» de Ricardo Rojas). Lynch decide un San Martín sin infidelidades para con la pobre Remedios, y desestima por «chismosos» los rumores en sentido contrario: ni amoríos con la atractiva criada mulata en Mendoza, ni un hijo no reconocido con Rosa Campusano en Lima. El esmero de John Lynch por hacer de San Martín un héroe perfectamente recto en su vida personal, con más celo aun en ese rubro que el que tuvieron sus apólogos vernáculos, entra en consonancia con su marcada voluntad de alejarlo de la masonería y aproximarlo lo más posible a la religiosidad cristiana. Para Lynch no existen pruebas de que San Martín «llegara realmente a formar parte» de la Logia de Cádiz; el carácter masónico de esas logias le parece dudoso; y su incidencia en la revolución de independencia, relativo o nulo. Apartando la influencia historiográfica de Mitre sobre esta cuestión, Lynch aparta a San Martín de la masonería; a cambio subraya que «parece haber acogido bien» el modelo de «un general cristiano, apostólico y romano» que le inspirara Belgrano, y que si bien pudo dar muestras de «una actitud sardónica hacia la Iglesia institucional», no lo hizo respecto de la religión en sí misma.

La visión de un San Martín masón puede herir susceptibilidades religiosas. Como puede también herir la sensibilidad de los nacionalistas anglófobos esta visión de un San Martín anglófilo. ¿Cuál es el San Martín verdadero? ¿El anglófilo o el anglófobo? ¿El cristiano o el masón? ¿El libertador republicano o el monarquista de alma? ¿El prócer al que visita Sarmiento, para la historia liberal, o el prócer que dona su sable corvo a Rosas, para la historia revisionista? Acaso convenga advertir que el verdadero San Martín no es uno u otro, sino un héroe de la plasticidad: un héroe que admite y soporta todas las versiones necesarias, incluso si se contradicen. Su potencia heroica y su eficacia simbólica tal vez no radiquen en la fijeza inamovible de tal o cual posición, sino en la capacidad de su figura para asumir posiciones bien distintas. De ahí su predominio: no hay ninguna versión de la argentinidad que no pueda o que no deba remitirse ante todo a él. Todas las argentinidades posibles: la que rompe con España o la que se deriva de ella, la que odia a Inglaterra o la que la ve como una aliada en las guerras de independencia, la que exalta el militarismo o la que lo limita, la que se expande con ambición o la que se reivindica anticolonialista, la que traza la trilogía San Martín-Belgrano-Sarmiento o la que traza la trilogía San Martín-Rosas-Perón, la que recupera el pasado indígena o la que lo anula; todas, en fin, las argentinidades posibles, pueden contar con San Martín y señalarlo en el lugar de la fundación de su identidad. Esa clase de verdad, que no es una sino muchas, lo consagra una y otra vez, lo diseña invulnerable.

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