La Historia que no rechaza a la ficción

LA HISTORIA QUE NO RECHAZA A LA FICCIÓN

Entrevista. Ivan Jablonka, flamante Premio Médicis, investiga y aprovecha lo creativo del método académico, conviviendo en armonía con la literatura.

Revista Ñ – 21/11/2016
Iván Jablonka sabe demostrar en la acción sus teorías. Investigó el asesinato de una joven francesa secuestrada en Loire Atlántico hace cinco años. Escribió un texto tan ambiguo por sus resonancias literarias que le permitió ganar la semana pasada el Premio Médicis al ser leído por el jurado como una novela. Lo cierto es que Laëtitia ou la fin des hommes , que será publicado en la Argentina por Libros del Zorzal, es la producción de un historiador que entiende las herramientas de la ficción como procedimientos rigurosos y exigentes al momento de hacer de lo real un campo de conocimiento.

jablonkaInvitado por el Instituto Francés en Argentina y el Centro Franco Argentino en el marco de la Cooperación Regional para América del Sur, vino a Buenos Aires a presentar dos libros que se leen en un extraño reverso.

Historia de los abuelos que nunca tuve es uno de los escenarios de los hechos que Jablonka reconstruye en primera persona como un personaje sobre el papel que le da al historiador el rostro de un ser andante. El drama del destierro de sus abuelos judíos llega hasta el barrio de Mataderos. Las entrevistas, las hipótesis y todas las posibilidades de escritura que se desprenden de las fuentes historiográficas y de los testimonios, el autor francés las sistematiza en una teoría que tiene algo de protesta, de discusión fundamentada contra una concepción intelectual enemistada con las posibilidades creativas del método, entendido como una manera original de mirar el objeto de estudio. Ese manifiesto se expresa en el libro La historia es una literatura contemporánea(Editado por Fondo de Cultura Económica), al que también se refiere en esta entrevista realizada en Buenos Aires.

–¿Podríamos pensar que en la escritura historiográfica existe un obstáculo político ligado a la construcción de la autoridad del autor? La objetividad elimina la refutación y la parcialidad propicia la crítica. Como si se escribiera para hacer callar al otro y no para abrir discusiones.
–Hay una reticencia en los historiadores en relación con la cuestión literaria. Porque a partir del fin del siglo XIX las disciplinas universitarias como la historia, la sociología y la antropología se construyeron contra la literatura, con la idea de que para ser ciencias había que rechazar lo literario. La analogía que yo hago es que en la época en la que se aprendía a pasteurizar la leche también se aprendió a pasteurizar los textos de ciencias humanas. Hay un historiador francés que lo decía de manera explícita, hay que desembarazarse de los microbios literarios. Mi posición es que cien o ciento cincuenta años más tarde las disciplinas de ciencias humanas son lo suficientemente sólidas y respetadas para intentar experiencias nuevas. La literatura se puede definir de mil maneras, un trabajo sobre la lengua, la construcción narrativa, el ritmo, la atmósfera, la parte en la que se respeta la indeterminación de los seres y la búsqueda de lo verdadero. La postura literaria de la tradición clásica lleva a un gran autoritarismo. Decir que el historiador está en la historia que estudia es una forma de modestia en relación con el lector. No me considero un mandarín que decreta lo verdadero sino un investigador que trata de decir cosas verdaderas. El texto literario tiene también un efecto científico. No estoy en la postura de autoridad sino de duda.

–Usted utiliza la intuición del autor, muy común en los textos literarios, para incorporar en sus trabajos algunas hipótesis que todavía no puede fundamentar. ¿Considera que ese recurso lo ayuda a discutir la noción de realidad como transparencia que sigue presente en la concepción mimética?
–La relación entre mímesis y transparencia es un régimen de objetividad que existía en el siglo XIX. Por ejemplo en Emile Zolá hay metáforas sobre la transparencia, el escritor es aquel que abre una ventana, que mira a través de un libro. En Zolá hay, frecuentemente, superficies de vidrio a través de las cuales se puede mirar. Esa concepción de la transparencia, del reflejo va hasta la no ficción estadounidense. Hay un texto de Gay Talese que se llama El motel del voyeur donde el empleado observa a sus clientes desde un hueco que hizo en el techo. Es una metáfora de la reproducción o de la mímesis. En mi opinión las ciencias humanas no funcionan de esta manera, se apartan de lo real para poder ver mejor. Un historiador puede proponer diferentes hipótesis y todas esas hipótesis no son verdaderas, quiere decir que algunas son pura ficción. Una de esas ficciones que usan las ciencias humanas es la desfamiliarización. Los estadounidenses hablan de la conquista del Oeste como el far west pero también se puede decir el gran norte, si uno se ubica en el punto de vista mexicano. Es una manera de desfamiliarizar la perspectiva ubicándose, no desde el punto de vista estadounidense, sino desde la visión mexicana cuyo norte fue conquistado y que se volvió Arizona y Nuevo México estadounidense. Las ciencias humanas no están en una relación mimética con lo real, más bien en una investigación que necesita mucha distancia y perspectiva y no el reflejo de la mímesis.

–En Historia de los abuelos que no tuve su presencia como autor toma mucho protagonismo y les da un sentido de presente a esos hechos del pasado. ¿Es toda una decisión estructural y teórica?
–La manera en la que los historiadores escriben parece ser la de un extraterrestre que sobrevuela la Tierra. Yo, por el contrario, considero que antes de ser un historiador soy un hombre entre los hombres. Soy un nieto, por lo tanto formo parte del cuadro que estudio, en todos los sentidos del término. Hay historiadores que piensan que no son seres históricos. Es como si un médico pensara que no puede enfermarse. En el libro sobre los abuelos yo hablo de mis sentimientos, de mis intuiciones, de mis éxitos y de mis fracasos. Los historiadores, por lo general, no lo hacen, como si el Pasado con mayúsculas hablara solo y yo creo que en un libro es el investigador el que habla. Yo soy un investigador pero también soy un ser humano, un padre de familia, un ciudadano y asumo todas esas identidades en el cuerpo del texto. El historiador le hace preguntas al pasado. Las preguntas de nuestro tiempo son también las preguntas de nuestra vida y cambian. No se le hacen las mismas preguntas al pasado según las diferentes sociedades y los diferentes siglos. No estoy defendiendo el relativismo, simplemente estoy diciendo que la historia es un dominio que evoluciona por las preguntas que hace y también por las fuentes de las que dispone. Un arqueólogo que encuentra un pedazo de hueso va a revolucionar la comprensión de la cuna de la humanidad.

–Usted se refiere en La historia es una literatura contemporánea a la producción de empatía y cita allí a Aristóteles que le asignaba un valor político en la tragedia. ¿Qué lugar le da a la empatía hoy como recurso narrativo?
–El efecto más potente de la tragedia, según Aristóteles, es la catarsis. El espectador siente terror y piedad y sale purificado. Para las ciencias humanas hay un efecto político pero es diferente. El efecto más poderoso de las ciencias humanas es que nos hacen comprender el mundo en el que vivimos, lo que ocurre y lo que nos pasó . Es por eso que las ciencias humanas tienen su lugar en la democracia como fuerza de elucidación. Vivimos en sociedades dominadas por la publicidad, la charlatanería de los políticos, la comunicación de las empresas y todo eso es una lengua muerta. Las ciencias humanas y la literatura tienen en común que le vuelven a dar sentido a las palabras y en tiempos como los nuestros tenemos necesidad de esto con desesperación. No creo que las ciencias humanas estén del todo del lado de la empatía. El desafío consiste en poner el cursor en el lugar correcto entre la empatía y la distancia. Con demasiada empatía uno se identifica con la persona y con demasiada distancia, uno tiene la impresión de estar frente a un extranjero completo. Poner el cursor en el lugar correcto es un desafío científico y literario. Literario porque hay que encontrar las palabras correctas, precisas, y científico porque uno tiene que estar en el interior del cuadro sin estar completamente sumergido en sus emociones.

–Usted no utiliza el término ‘estilo’ pero ¿no podríamos pensar que el estilo también forma parte de la escritura entendida como método? ¿La demanda de transparencia no es también una demanda de claridad?
–Hay escritores cuyo estilo se reconoce de una sola mirada. Usted abre una página de Cervantes, Marcel Proust o Louis-Ferdinand Céline y se sabe que fueron ellos los que escribieron eso. Lo que usted llama estilo yo lo llamo la voz singular y eso forma parte de la literatura pero entre otros criterios como el trabajo sobre la lengua, la imaginación. Las ciencias humanas tienen necesidad de claridad. Es necesario saber de lo que estamos hablando. Yo me reconozco en una ética de la precisión y la sobriedad. El rigor es una forma de sensibilidad contemporánea que yo adopto. Por ejemplo, Patrick Modiano, uno de los recientes premios Nobel de Literatura, no se puede decir que escribe con estilo, sus frases son simples, su vocabulario a veces banal pero eso no impide que sea un extraordinario escritor. Reconciliar las ciencias humanas y la creación literaria no es escribir con estilo, es intentar textos nuevos. El rigor intelectual se encuentra en la precisión del estilo.

–En los dos libros habla de hacer visible su proceso de trabajo como historiador. ¿Podríamos pensarlo como una democratización del trabajo intelectual?
–Sí y agradezco este análisis. Hago la diferencia entre la historia institucional, con sus disciplinas universitarias y un razonamiento universal que consiste en comprender lo que ocurre. Por lo general se encuentran pero no siempre. Hay historiadores profesionales que hacen solamente trabajo de erudición chata. Inversamente hay escritores y periodistas que desarrollan razonamientos profundamente históricos. Javier Cercas sobre la Guerra Civil española, Primo Levi sobre la Segunda Guerra Mundial, Svetlana Aleksiévich sobre la epopeya soviética, son todos escritores que ponen en obra elementos históricos. Todo esto para decir que la historia no pertenece solamente a los historiadores, por suerte.

 

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