Por Sebastián Nuñez
Hay algo que ocurre cuando, al deslizar el pulgar por la pantalla, pasamos sin pensar del video de un gatito que cae de un sillón a las imágenes de un edificio derrumbado con personas adentro, para volver luego al resultado del partido y aterrizar, finalmente, en el testimonio en vivo de alguien que acaba de perder todo en un incendio. No sentimos el impasse. Algo de nosotros mismos se desliza en la fluidez del pulgar sobre el Gorilla Glass.
La conocidísima serie de un futuro distópico, Black Mirror, recibe su nombre en cómo los sajones llaman a lo que nosotros nombramos celular. La misma serie que se vuelve verídica a medida que quedan viejas las primeras temporadas. Pero lo que nos genera tiene una fórmula: en ella lo conocido, que uno vive en su vida cotidiana, en algún punto se vuelve extraño, y en ese movimiento —que también es imperceptible— aparece la angustia y el terror.
Freud llamó unheimlich —traducido al español como ominoso, y a veces como siniestro— a esa experiencia particular en que algo familiar se vuelve, de repente, extraño y perturbador. Lo unheimlich no es simplemente lo extraño: es lo familiar que se revela como amenazante, aquello que debía permanecer oculto —en el hogar, en la intimidad— y que emerge a la superficie produciendo ese malestar específico que no es terror sino algo más inquietante. Lo ominoso es siempre un retorno: algo que creíamos ausente, superado, domesticado o imposible aparece justo donde no podía pensarse que apareciera.
Zygmunt Bauman describió con precisión cómo las sociedades contemporáneas construyen una relación particular con la tragedia ajena: no la ignoran, sino que la espectacularizan. La desgracia del otro no desaparece de nuestra vista; al contrario, se vuelve hipervisible. Pero esa hipervisibilidad produce, paradójicamente, una forma sofisticada de indiferencia que Bauman llamó adiaforización: el sufrimiento, al convertirse en imagen consumible, queda suspendido fuera del campo moral. No nos interpela, nos entretiene. No nos compromete, nos emociona. Y la emoción, como nos recuerda Byung-Chul Han, es fugaz, requiere un acto inmediato, un odio a quien culpar y destruir: movimiento paradójico en que, dirigiéndose a un otro, prescinde del otro.
La combinación de ambas ideas produce algo inquietante: lo que Freud describe como una experiencia psíquica disruptiva —ese instante en que lo familiar se vuelve amenazante y produce angustia— se ha vuelto, en la lógica de las pantallas, un formato. El horror comparece todos los días, a cualquier hora, en el mismo dispositivo con el que pedimos comida o miramos fotos de cumpleaños. Pero lo ominoso como espectáculo no paraliza: convoca. La angustia que produce ese horror domesticado llama al acto. Y aquí vale una distinción que no es menor: el acto —en el sentido que el psicoanálisis le da al término— es una reacción que precede al pensamiento, una descarga que no encuentra mediación simbólica. La acción, en cambio, es un movimiento encausado por una idea y un fin, algo que puede sostenerse en el tiempo y rendir cuentas ante el otro. Lo que las pantallas producen, con su espectáculo permanente de lo ominoso, se parece más al acto que a la acción: el odio súbito, el insulto lanzado, la cancelación, el like de indignación que ya olvidamos al minuto siguiente.
La crueldad avanza. Y es que la espectacularización produce lo que el psicoanálisis teorizó como desmentida: se sabe y no se sabe a la vez. Se ve y no se registra. El horror está ahí, pero el deslizamiento del pulgar opera como ese mecanismo que Freud ya escribía: lo percibido queda suspendido entre el reconocimiento y la negación. Y desde esa suspensión, la angustia que no encuentra elaboración se precipita en reacción: busca un culpable, necesita un cuerpo donde depositar lo que no puede soportar.
Lo que se pierde en ese deslizamiento no es únicamente la sensibilidad —esa palabra que solemos invocar cuando queremos decir otra cosa—. Lo que se pierde es la posibilidad de que el sufrimiento del otro me afecte en el sentido más preciso del término: que produzca una afección, que deje marca, que modifique algo en quien mira. Quienes trabajamos en salud mental conocemos algo de eso. Cada vez con mayor frecuencia, las personas que consultan traen un mundo que han absorbido cantidades industriales de tragedia ajena y, sin embargo, se encuentran solas ante la propia. Han llorado ante pantallas, se han indignado, han compartido, han posteado. Y aun así, cuando la tragedia ocurre en el territorio íntimo —en el cuerpo, en el vínculo, en la pérdida que no tiene hashtag— quedan desprovistos. Como si el entrenamiento en el espectáculo del dolor ajeno no solo no preparara para el dolor propio, sino que, en algún sentido, lo deja en orfandad.
Lo ominoso freudiano nos recuerda que lo más inquietante no viene de afuera, sino de lo familiar, lo ya conocido, que retorna bajo una forma irreconocible. Quizás lo verdaderamente ominoso de nuestra época no sea el horror que se transmite en las pantallas, sino ese momento en que, al apagar el dispositivo, algo de ese horror que miramos durante horas nos mira de vuelta desde el interior: la pantalla negra que refleja nuestra cara. El Black Mirror que le da nombre a la serie, ese espejo oscuro que somos nosotros mismos cuando nada nos convoca más allá de la reacción.
“Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también te devuelve la mirada”
Nietzsche
Publicado en ADNSUR el 17/4/2026