Desear lo óptimo entre lo descartable

En el número del 12 de diciembre la Revista Ñ publicó una entrevista a la socióloga argentina, residente en Brasil, Paula Sibilia, sobre el fenómeno de la conexión y las socialidades emergentes de la red.

Estar conectado y visible en la Web, y buscar la perfección marcan la subjetividad hoy.

De visita en Buenos Aires –en el marco de actividades organizadas por la Universidad Nacional Tres de Febrero–, la antropóloga argentina Paula Sibilia, residente en Río de Janeiro, habló con Ñ sobre la transformación de la subjetividad contemporánea y el deseo en los tiempos de la hiperconectividad digital.Desear-optimo-descartable_CLAIMA20151212_0012_4

–Usted sostiene que al modelo de normalización de los individuos de la Modernidad se le ha superpuesto el actual modelo de optimización de los cuerpos, ¿cuál es la característica central de ese cambio?

–En la sociedad moderna, industrial, lo que se perseguía, con las distintas tecnologías –desde la escuela como tecnología normalizadora de cuerpos y subjetividades, hasta las tecnologías médicas de los siglos XIX y XX, que se dedicaban a sacar del estado patológico y volver al estado normal (la salud) a los enfermos– era ser normal. Ahora, esta búsqueda de normalidad se transformó en otra cosa. Lo que se busca, con distintas tecnologías –tanto herramientas técnicas como tecnologías político-sociales– es la optimización. Es una palabra que elegí no inocentemente: viene del campo empresarial. Implica mejorar o perfeccionar, pero siempre atravesado por la idea del rédito. Rendir más. Con el menor costo posible, obtener el mayor beneficio. Optimizar el cuerpo y la subjetividad, serían procesos que ahora están a la orden del día. Ya no se busca la normalidad, incluso en la educación: se busca ser el mejor, en algún nicho específico, el mejor entre comillas. Por eso lo de optimización, porque nunca sos el mejor. Es un proceso: podés mejorar, pero óptimo nunca vas a ser. Se es optimizable: siempre alguien va a ser mejor que vos o podés mejorar porque te falta saber algo. Hay que optimizarse en todo.

–No hay satisfacción posible…

–El mundo contemporáneo, en muchos sentidos, es semejante a la sociedad moderna y en otros se transformó para ser más eficaz y rendir más. Hoy el mercado y los medios articulan la optimización; antes era el Estado el que articulaba la normalización. Hay que optimizarse en el trabajo, por la competencia, la flexibilización laboral, o el dominio de las nuevas tecnologías. Nunca terminás de estudiar ni nada. Tampoco conformarse con el cuerpo que uno tiene, sino actualizarlo, mejorarlo. La propuesta sería ser performático y competitivo en todo los campos. De allí la mayor crueldad de nuestro tiempo. La normalización también fue tiránica y produjo sufrimiento, pero era más relajada. Para Gilles Deleuze, el hombre contemporáneo es el hombre endeudado, siempre en déficit.

–¿Los desarrollos tecnológicos son causa o efecto del cambio en la subjetividad contemporánea?

–Michel Foucault, antes de morir, se refirió a la crisis de la sociedad disciplinaria, como él la llamó, que rigió entre los siglos XVIII y XX, y sostuvo que estaba transformándose en otra cosa. Pero Deleuze, en 1990, escribió “Posdata sobre las sociedades de control” y habló de la sociedad postdisciplinaria y la llamó la sociedad de control. Detectó una nueva lógica instalándose, mucho antes de que Internet, los celulares y los aparatos con los que nos hicimos compatibles, se popularizaran. Vio una lógica que intensificaba y sofisticaba los mecanismos disciplinarios. En mis tres libros, con esos dos autores como base, parto de la hipótesis de la transformación del mundo contemporáneo. Observo con extrañeza fenómenos como las cirugías plásticas, el Photoshop, la red Tinder, la genética, observándolos con mirada de antropóloga para desnaturalizar esas prácticas. ¿Por qué nuestra tribu tiene esas costumbres? No sólo porque se inventó la tecnología. Se la inventó porque necesitábamos eso. Y para ver por qué sucede, lo contrasto con los siglos XIX y XX. ¿Por qué hay cirugía plástica ahora y no en el siglo XIX? ¿O Facebook? La tecnología está disponible porque la sociedad cambió y requirió esa invención.

–¿Necesitamos más tecnología?

–Mi foco está puesto en la relación entre subjetividad y tecnología, pero ella es fruto de cambios políticos, económicos, valores socioculturales, formas de vincularse con los otros. Hago el esfuerzo de revertir la causalidad: decimos “cambiamos porque tenemos Internet, celulares, y mutó el modo de relacionarnos”, una vez que incorporamos la tecnología. Algo de eso hay, pero apunto a preguntarme por qué inventamos estas cosas. Porque ya necesitábamos vivir de otra manera: con un aparato que nos permitiera conectar con mucha gente al mismo tiempo. En el siglo XIX, quizás estaba esa necesidad pero también la de estar encerrado, y pasar tiempo en silencio y soledad para conectarse con uno mismo, con herramientas modernas como el diario íntimo. Ahora esto tal vez no sea necesario, pues se dieron diversos cambios que afectaron las subjetividades. La subjetividad contemporánea no necesita ese aislamiento, y hasta puede resultarle problemático: ¿qué hacer cuando se está solo y sin poder conectarse? Hay una desesperación en ese sentido. Ahora lo que se necesita es conexión y visibilidad. Dos factores centrales para la subjetividad contemporánea. Proyectar la propia imagen y ver a los otros y estar en contacto con mucha gente al mismo tiempo.

–Usted plantea que aplicaciones móviles como Tinder son el emergente de un proceso cultural y económico que implica el mercadeo del deseo, el percibir al otro como objeto de consumo. ¿El plano de la afectividad corre el riesgo de quedar neutralizado por el simulacro de la imagen?

–Si uno compara Tinder con el romanticismo de las novelas epistolares, el modelo romántico burgués del siglo XIX, lo que salta a la vista es que uno es pura imagen y volatilidad, y el otro es puro afecto y densidad. Pero el tema es más complejo. No creo que no haya afecto en el mundo contemporáneo, es un elemento importante, y de hecho estoy segura de que muchas relaciones que empiezan por Tinder deben terminar en casamiento, lo cual tampoco sé si es bueno. Tal vez, más que hacer juicios morales del tipo ¡qué cosa, con Tinder ahora las relaciones son descartables!, es mejor pensar por qué este modelo o canal para conocer gente nos es tan eficaz y seductor ahora. Probablemente porque el modelo de mercado, de libre elección y de descartabilidad, se instaló en todos los aspectos de la vida contemporánea, y entonces ¿por qué no en ese? ¿Por qué estar sujetos al azar, yendo una noche a un bar para conocer a alguien, cuando tenés la posibilidad de disponer de un catálogo completo? Como nos pasa con los lugares de vacaciones, o al comprar ropa o un auto. Es un modelo de acceso al otro que copia el modelo de mercado, o de supermercado. Y tenés todo lo posible, no como cuando comprás en un lugar y quizás el producto no existe o se acabó. No me sorprende que el modelo de mercado, al internalizarse y generalizarse tanto en cada uno de nosotros, haya llegado también al plano del deseo. Lo cual no es óbice para que no pueda surgir una relación afectiva fuerte, porque uno puede comprarse el auto más lindo del mundo. Tinder aborda esa misma dinámica, de lo que llamo optimización: es un servicio para subjetividades que funcionan en la lógica de la utilización y que no tienen tiempo para perder. Elegís, sos elegido, y de los diez seleccionados cada vez que usás el servicio, te quedarán tres con los que chatear y luego encontrarte y que pueda pasar algo. Es como ir de compras. Pero a un lugar donde, se supone, tenés toda la oferta disponible y lo vas a hacer bien asesorado y con todo lo que interesa a la vista. Y no como sucede analógicamente, que vas a un bar como podías ir a otro y te perdiste quizás al amor de tu vida que estaba en otro bar. Elegís con todas las cartas sobre la mesa y optimizás tu tiempo y tu capacidad de elección.

 

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